La explosión de mis duraznos

Mary Biesinger, Utah, EE. UU.

Pensé que era una madre perfecta… hasta que tuve hijos.

Para mí, el ser madre ha sido un fuego purificador. Parecería que mis debilidades se ponen de manifiesto cuando siento estrés, no he dormido bien, estoy preocupada o algo me molesta. Claro que las bendiciones de ser madre compensan esos momentos, pero he descubierto que tengo mal genio. Es humillante decirlo, pero solía gritar o tirar cosas para que mis hijos me prestaran atención.

Vez tras vez tomaba la determinación de no enojarme, pero en momentos de estrés, perdía la paciencia. El Padre Celestial sabía que necesitaba algo drástico para cambiar.

Una tarde, después de un largo día de envasar duraznos, preparé la última tanda y decidí ir a dormir un rato. Estaba segura de que me despertaría a tiempo para sacar los últimos frascos de la olla de vapor; pero no fue así.

El ruido de frascos que explotaban hizo que mi esposo Quinn y yo nos despertáramos. Corrí a la cocina y vi vidrios rotos y duraznos pegajosos por todas partes. Al parecer, el agua de la olla se había evaporado, el calor y la presión aumentaron, la tapa de la olla saltó y seis o siete frascos de duraznos explotaron.

“Creo que limpiaré todo mañana por la mañana”, dije.

Fue una mala idea.

A la mañana siguiente, la masa de durazno caliente se había endurecido y había montoncitos llenos de vidrio por toda la cocina y el comedor. Los pedacitos de durazno con vidrio se metieron en todo rincón y grieta posibles, incluso detrás de los electrodomésticos y el refrigerador.

Me llevó varias horas limpiar todo; tuve que remojar los montoncitos con toallas de papel mojadas y luego tratar de limpiarlos sin cortarme.

Mientra limpiaba, una voz familiar me susurró: “Mary, cuando tu temperamento explota, como lo hicieron estos frascos, no puedes arreglar las cosas fácilmente. Tú no ves ni dónde ni cómo tu enojo lastima a tus hijos y a los demás; al igual que esta suciedad, ese daño endurece rápidamente y es doloroso”.

De repente, la limpieza cobró un nuevo significado para mí. Aquélla fue una lección poderosa. Al igual que mi enojo, no había forma de limpiar todo rápido; incluso semanas más tarde seguía encontrando pedacitos de vidrio con durazno.

Ruego en oración que algún día la paciencia llegue a ser un punto tan fuerte para mí como fue una debilidad; mientras tanto, estoy agradecida de que la expiación del Señor me esté ayudando a controlar mi temperamento a fin de evitar que mi enojo explosivo cause más desastres a mis seres queridos.

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