No es un pecado ser débil

Por Wendy Ulrich

La autora vive en Utah, EE. UU.

Las limitaciones y las ineptitudes no son pecados y no nos impiden ser limpios y dignos del Espíritu.

“¿Soy verdaderamente digna de entrar en la casa de Dios? ¿Cómo puedo serlo si no soy perfecta?”

“¿Puede Dios en verdad convertir mi debilidad en un punto fuerte? He ayunado y orado durante varios días para verme libre de este problema, pero nada parece cambiar”.

“En el campo misional viví el Evangelio de forma más constante que en cualquier otro periodo de mi vida, pero nunca he sido más consciente de mis faltas. ¿Por qué, a pesar de que vivía tan bien, a veces me sentía tan mal?”

Al meditar sobre esas preguntas, es muy importante que comprendamos que aunque el pecado inevitablemente nos aleja de Dios, la debilidad, irónicamente, nos puede conducir hacia Él.

Distinguir entre el pecado y la debilidad

Con frecuencia consideramos el pecado y la debilidad simplemente como dos marcas negras de diferentes tamaños en la fibra de nuestra alma, transgresiones de distintos grados de severidad. No obstante, las Escrituras sugieren que el pecado y la debilidad son esencialmente diferentes, requieren soluciones diferentes y tienen el potencial de producir distintos resultados.

La mayoría de nosotros estamos más familiarizados con el pecado de lo que quisiéramos admitirlo, pero hagamos un análisis: El pecado es la decisión de desobedecer los mandamientos de Dios o de rebelarse contra la Luz de Cristo en nuestro interior. El pecado es la decisión de confiar más en Satanás que en Dios, lo que nos coloca en enemistad con nuestro Padre. A diferencia de nosotros, Jesucristo era completamente sin pecado y pudo expiar nuestros pecados. Cuando nos arrepentimos con sinceridad —lo que incluye cambiar nuestra mente, corazón y conducta; ofrecer las debidas disculpas o confesiones; hacer restitución cuando sea posible y no repetir ese pecado en el futuro— podemos tener acceso a la expiación de Jesucristo, ser perdonados por Dios y ser limpios nuevamente.

El ser limpios es esencial, porque ninguna cosa inmunda puede morar en la presencia de Dios; pero si nuestra única meta fuese ser tan inocentes como lo éramos cuando salimos de la presencia de Dios, sería mejor que permaneciéramos acostados cómodamente en nuestra cuna de bebé durante el resto de nuestra vida. En vez de ello, venimos a la Tierra a aprender por propia experiencia a distinguir el bien del mal, a aumentar nuestra sabiduría y aptitud, a vivir los valores que consideramos importantes y a adquirir características divinas; progreso que no podríamos lograr si permaneciésemos a salvo en un moisés.

La debilidad humana cumple una función importante en esos propósitos esenciales de la mortalidad. Cuando Moroni se preocupó de que su debilidad para escribir pudiera causar que los gentiles se burlaran de las cosas sagradas, el Señor lo consoló con estas palabras:

“Y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27; véanse también 1 Corintios 15:42–44; 2 Corintios 12:7–10; 2 Nefi 3:21; y Jacob 4:7).

Las implicaciones de este conocido pasaje de las Escrituras son profundas y nos invitan a distinguir el pecado (que Satanás fomenta) de la debilidad (que aquí se describe como una condición que Dios nos “da”).

Podríamos definir debilidad como la limitación de nuestra sabiduría, poder y santidad que resultan del hecho de ser humanos. Como seres mortales, nacemos indefensos y dependientes, con varias fallas y predisposiciones físicas. Nos crían y nos rodean otros seres mortales débiles, y sus enseñanzas, ejemplos y el trato que nos dan son imperfectos y a veces perjudiciales. En nuestro débil estado mortal padecemos afecciones físicas y emocionales, hambre y fatiga; experimentamos emociones humanas como la ira, la angustia y el temor; carecemos de sabiduría, aptitud, vigor y resistencia; y estamos sujetos a toda clase de tentaciones.

A pesar de que Él estaba libre de pecado, Jesucristo asumió plenamente, junto con nosotros, la condición de la debilidad humana (véase 2 Corintios 13:4). Nació como niño indefenso en un cuerpo mortal y fue criado por personas imperfectas; tuvo que aprender a caminar, hablar, trabajar y llevarse bien con los demás; sintió hambre, cansancio y las emociones humanas; y podía enfermar, sufrir, sangrar y morir. Fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, sometiéndose a la mortalidad a fin de que pudiese “compadecerse de nuestras flaquezas” y socorrernos en nuestras enfermedades o debilidades (Hebreos 4:15; véase también Alma 7:11–12).

No podemos simplemente arrepentirnos por ser débiles, ni tampoco nos hace impuros la debilidad por sí misma. No podemos progresar espiritualmente a menos que rechacemos el pecado; pero tampoco crecemos espiritualmente a menos que aceptemos nuestro estado de debilidad humana, reaccionemos ante ella con humildad y fe, y aprendamos a confiar en Dios por medio de ella. Cuando Moroni se preocupó por su debilidad para escribir, Dios no le dijo que se arrepintiera; en vez de ello, el Señor le enseñó a ser humilde y a tener fe en Cristo. Si somos mansos y fieles, Dios nos proporciona la gracia —no el perdón— como el remedio para la debilidad. En la Guía para el Estudio de las Escrituras se define la gracia como el poder habilitador de Dios para hacer lo que no podemos hacer por nosotros mismos (véase: Guía para el Estudio de las Escrituras, “Gracia”), el remedio divino apropiado mediante el cual Él puede hacer “que las cosas débiles sean fuertes”.

Ejercer humildad y fe

Desde un principio, como miembros de la Iglesia, se nos enseñan los elementos esenciales del arrepentimiento, pero, ¿cuál es la manera precisa para fomentar la humildad y la fe? Tengan en cuenta lo siguiente:

  • Meditar y orar. Ya que somos débiles, tal vez no reconozcamos si estamos lidiando con un pecado (que requiere un cambio inmediato y total de mente, corazón y conducta), o con una debilidad (que requiere un empeño humilde y constante, aprendizaje y mejora). La forma en que consideremos estas cosas puede depender del modo en que se nos crió y de nuestra madurez. Tal vez en un solo comportamiento haya incluso elementos tanto de pecado como de debilidad. El afirmar que un pecado es en realidad una debilidad conduce a la justificación en vez de al arrepentimiento. El decir que una debilidad es un pecado puede resultar en vergüenza, culpa, desesperanza y en perder la fe en las promesas de Dios. La meditación y la oración nos ayudan a hacer esas distinciones.

  • Establecer prioridades. A causa de que somos débiles, no podemos realizar todos los cambios necesarios a la vez. A medida que, con humildad y fe, afrontemos nuestra debilidad humana tratando de superar unos pocos aspectos a la vez, podemos disminuir de forma gradual la ignorancia, hacer de los buenos hábitos una costumbre, aumentar nuestra salud y vigor físico y emocional, y fortalecer nuestra confianza en el Señor. Dios nos puede ayudar a saber por dónde empezar.

  • Planificar. Debido a que somos débiles, el fortalecernos requerirá más que un deseo justo, y mucha autodisciplina. También es necesario que planifiquemos, que aprendamos de nuestros errores, desarrollemos estrategias más eficaces, revisemos nuestros planes y lo intentemos una vez más. Necesitamos la ayuda de las Escrituras, de libros que sean pertinentes y de otras personas. Comenzamos con algo pequeño, nos regocijamos en las mejoras y tomamos riesgos (a pesar de que esos riesgos nos hagan sentir vulnerables y débiles). Necesitamos apoyo para ayudarnos a tomar buenas decisiones, incluso cuando estemos cansados o desanimados, y también para hacer planes para seguir adelante cuando cometamos un error.

  • Ejercitar la paciencia. Debido a que somos débiles, tal vez se necesite tiempo para cambiar. No dejamos de lado nuestra debilidad de la forma en que abandonamos el pecado. Los discípulos humildes hacen de buen grado lo que sea necesario, aprenden a ser fuertes, se siguen esforzando y no se dan por vencidos. La humildad nos ayuda a tener paciencia con nosotros mismos y con otras personas que también son débiles. La paciencia es una manifestación de nuestra fe en el Señor, de gratitud por la confianza que Él deposita en nosotros y de que confiamos en Sus promesas.

Incluso cuando nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados, obtenemos el perdón y volvemos a ser limpios, seguimos siendo débiles; aún estamos sujetos a las enfermedades, emociones, ignorancia, predisposiciones, fatiga y tentaciones. Sin embargo, las limitaciones y las ineptitudes no son pecados y no nos impiden ser limpios y dignos del Espíritu.

De la debilidad a la fortaleza

Mientras que Satanás está ansioso por utilizar nuestra debilidad para tentarnos a pecar, Dios puede utilizar nuestra debilidad para enseñarnos, fortalecernos y bendecirnos. No obstante, contrariamente a lo que podríamos anticipar o esperar, Dios no siempre elimina nuestra debilidad a fin de hacer “que las cosas débiles sean fuertes” para nosotros. Cuando el apóstol Pablo oró en repetidas ocasiones para que Dios le quitara el “aguijón en [su] carne” del que se valía Satanás para abofetearlo, Dios le dijo a Pablo: “Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:7, 9).

El Señor hace “que las cosas débiles sean fuertes” de muchas maneras. Aunque tal vez el Señor elimine la debilidad por medio de la curación espectacular que esperamos, según mi experiencia, eso ocurre rara vez. Por ejemplo, tras el famoso versículo que se encuentra en Éter 12, no veo ninguna evidencia de que Dios haya eliminado la debilidad que Moroni tenía para escribir. Es posible que Dios también haga que las cosas débiles sean fuertes al ayudarnos a seguir adelante pese a nuestras debilidades, a obtener el debido sentido del humor y la debida perspectiva con respecto a ellas, y poco a poco, ir mejorando. Además, los puntos fuertes y los puntos débiles muchas veces se relacionan entre sí (como la fuerza de la perseverancia y la debilidad de la obstinación), y podemos aprender a valorar el punto fuerte y a moderar la debilidad que lo acompaña.

Existe otra manera incluso más poderosa por medio de la cual Dios hace que las cosas débiles sean fuertes para nosotros. En Éter 12:37, el Señor le dice a Moroni: “Y porque has visto tu debilidad, serás fortalecido, aun hasta sentarte en el lugar que he preparado en las mansiones de mi Padre”.

Aquí Dios no propone cambiar la debilidad de Moroni, sino cambiarlo a él. Al hacer frente al desafío de la debilidad humana, Moroni, y nosotros, podemos aprender caridad, compasión, mansedumbre, paciencia, valor, longanimidad, sabiduría, resistencia, perdón, resiliencia, gratitud, creatividad, y un sinfín de virtudes que nos hacen ser más como nuestro Padre Celestial. Ésas son las cualidades mismas que vinimos a perfeccionar en la Tierra, los atributos semejantes a los de Cristo que nos preparan para las mansiones de los cielos.

En ninguna otra parte se manifiestan más el amor, la sabiduría y el poder redentor de Dios que en Su habilidad para convertir nuestra lucha con la debilidad humana en valiosas virtudes divinas que nos hacen más como Él.

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