Del temor al deleite

He sido activo en la Iglesia toda mi vida. Serví una misión de tiempo completo, me casé en el templo y ayudé a criar a cuatro maravillosas hijas. Con el paso de los años, sin embargo, noté que algunos de mis amigos habían dejado de ser miembros de la Iglesia. Algunos familiares estaban usando las redes sociales para cuestionar y criticar a los líderes de la Iglesia y yo estaba comenzando a tener mis propias dudas sobre la Iglesia por primera vez en mi vida. Mis dudas me hicieron temer el futuro. A veces me sentía abrumado por la desesperanza.

Durante este periodo difícil, me obligué a asistir a la conferencia de estaca. Cuando habló, mi presidente de estaca dijo: “Si queremos sobrevivir en los tiempos difíciles que vendrán, debemos pasar de tener un banquete casual a deleitarnos de manera urgente en la palabra de Dios. Debemos hacer del estudio regular y concentrado de las Escrituras una prioridad en nuestra vida. Si lo hacemos, les prometo que no temeremos”.

La palabra “temor” captó mi atención. Me di cuenta de que había permitido que mi estudio del Evangelio se volviera informal; como resultado, el temor se apoderó de mi vida. Decidí probar el consejo de mi presidente de estaca.

Fui a casa y preparé un espacio para el estudio del Evangelio. En la esquina de una habitación coloqué un pequeño escritorio con una silla cómoda. Coloqué algunas láminas del Salvador en la pared. Reuní mis ejemplares de las Escrituras, algunos lápices y una libreta. Comencé mi estudio con una oración.

Después de una semana o dos, adquirí una rutina diaria. Primero escuchaba un discurso de una conferencia general y luego estudiaba un tema del Evangelio en particular. A continuación, leía algunos capítulos del Libro de Mormón y terminaba mi estudio con una oración sincera a mi Padre Celestial.

Durante seis meses, a pesar de varias distracciones, casi nunca perdí un día de estudio del Evangelio. Obtuve una mayor comprensión de muchos temas del Evangelio y fortalecí mi relación con mi Padre Celestial mediante la oración regular y sincera.

Mi testimonio nuevamente se estaba convirtiendo en algo en lo que podía apoyarme. Mis dudas se desvanecieron debido a los nuevos testimonios que recibí del Evangelio restaurado. Me hallé preocupándome menos, porque confiaba más en Dios. Sentí que el temor y la desesperación me abandonaban. También dejé de tener interés en las actividades que hacen perder el tiempo y noté que me estaba volviendo más generoso y amable con los demás.

Al hacer caso al consejo de mi presidente de estaca, Dios pudo transformarme. Fui sanado y restaurado por el Maestro mismo mientras me deleitaba en Su palabra.

Matt Maxwell, Utah, EE. UU.

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