La búsqueda para encontrar a Jesús

Presidente Thomas S. Monson

“La fórmula para encontrar a Jesucristo ha sido y será siem­pre la misma: La sin­cera y fervorosa oración de un corazón humilde y puro”.

En el Nuevo Testamento de nuestro Señor, Juan habla de ciertas personas que habían ido a Jerusalén con el deseo de adorar.

“Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta.

“Estos, pues, se acercaron a Felipe… y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús” (Juan 12:20-21; cursiva agregada).

Los niños de la Primaria expresan el mismo deseo con otras palabras, que a menudo repiten: “Dime la historia de Cristo, hazme sentir cosas que yo de sus labios quisiera oír” (Canta conmigo, B—46). Ellos también buscan a Jesús, y así ha sido siempre. Ninguna búsqueda es tan universal como ésta; ninguna empresa tan abundantemente recompensada; ningún esfuerzo tan ennoblecedor; ningún propósito tan divino.

La búsqueda para encontrar a Jesús no es nueva ni se limita exclusivamente a nuestra época. En la emotiva y tierna despedida que dirigió a los gentiles, Moroni dio énfasis a la importancia de esa búsqueda:

“Y ahora yo, Moroni, me despido…

“Y… quisiera exhortaros a buscar a este Jesús de quien han escrito los profetas y apóstoles…” (Eter 12:38, 41).

Durante muchos siglos, tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo, los hombres de amplio conocimiento esperaron anhelosamente ver el cumplimiento de las profecías que habían hecho otros hombres justos e inspirados por el Todopoderoso. Entonces llegó aquella grandiosa noche en que el ángel del Señor se presentó a los pastores “…que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño”, y les dijo: “…os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO, el Señor” (Lucas 2:8, 11).

Al invitárseles así, personalmente, a emprender la búsqueda para hallar “…al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre”, ¿se preocuparon los pastores por la seguridad de sus posesiones materiales? ¿Pospusieron su jomada en busca de Jesús? El registro afirma “…que se dijeron unos a otros: “Pasemos, pues, hasta Belén…” Y “…Vinieron, pues, apresuradamente” (Lucas 2:12, 15-16).

Y del Oriente llegaron a Jerusalén unos magos, diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.

“Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.

“Y… vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mateo 2:2, 10-11).

Con el nacimiento del Niño de Belén, surgió un maravilloso don, un poder más fuerte que las armas, un tesoro más perdurable que el oro del César. Ese Niño sería el Rey de reyes, el Señor de señores, el prometido Mesías; sí, Jesucristo, el Hijo de Dios.

Nacido en un establo, acunado en un pesebre, descendió de los cielos para vivir en la tierra como hombre y para establecer el Reino de Dios. Durante su ministerio terrenal enseñó a la humanidad la ley más alta. Su glorioso evangelio reformó las creencias del mundo. Bendijo a los enfermos, hizo caminar a los cojos, devolvió la vista a los ciegos y restituyó el oído a los sordos; hasta hizo revivir a los muertos.

¿Y cómo reaccionó el mundo ante Su mensaje de misericordia, Sus palabras de sabiduría, Sus lecciones sobre la vida? Hubo unas cuantas almas preciosas que lo apreciaron, le lavaron los pies, aprendieron Su palabra y siguieron Su ejemplo.

Por otro lado, hubo muchos que lo rechazaron. Cuando Pilato les preguntó: “… ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?”, ellos gritaron: “… ¡Sea crucificado!” (Mateo 27:22). Y lo ridiculizaron, le dieron a beber vinagre, lo injuriaron, lo golpearon con una caña, le escupieron y lo crucificaron.

¿Podemos nosotros imaginar, aunque sea en parte, el dolor de Dios, nuestro Padre Eterno, cuando pusieron en la cruz a Su Hijo Unigénito y lo crucificaron? Quisiera saber si existe un padre o una madre que no se conmovería profundamente al oír a su hijo exclamar en medio del sufrimiento de su propio calvario: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

A todos nos gusta la hermosa historia de Abraham e Isaac que se encuentra en la Biblia. Cuán terriblemente difícil debe de haber sido para Abraham, obedeciendo al mandato de Dios, tomar a Isaac y llevarlo a la tierra de Moriah para presentarlo allí como holocausto. ¿Os imagináis el tormento de su corazón mientras juntaba la leña para el fuego y emprendía la jornada al lugar señalado? No hay duda del dolor que le habrá agobiado el cuerpo y torturado la mente al atar a Isaac, ponerlo sobre el altar y al estirar el brazo para tomar el cuchillo con el que mataría a su hijo. ¡Qué gloriosa sería la declaración que oyó entonces y con cuán asombrada gratitud la recibiría! “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Génesis 22:12).

Más cuando Dios fue testigo del sufrimiento de Jesús, Su Unigénito en la carne, y contempló Su tormento y agonía, no hubo voz de los cielos que salvara la vida de Su Hijo; no hubo carnero en el zarzal para ofrecer como sacrificio en lugar de Él. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él crea, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16).

A través de todas las épocas, el mensaje de Jesús ha sido siempre el mismo. Junto a la ribera del hermoso mar de Galilea, les dijo a Pedro y su hermano: “Venid en pos de mí” (Mateo 4:18-19); y llamó a Felipe, diciendo: “Sígueme” (Juan 1:43). A Mateo, que estaba sentado en el banco de los tributos, le dijo: “Sígueme” (Mateo 9:9). Y a todos nosotros, con tan sólo escucharlo, nos llega la misma invitación: “Sígueme”.

Sin embargo, ¿cómo podemos seguirlo si primeramente no lo hallamos? ¿Y cómo lo hallaremos si no lo buscamos? ¿Dónde y de qué manera debemos empezar a buscar a Jesús?

La fórmula para encontrar a Jesucristo ha sido y será siempre la misma: la sincera y fervorosa oración de un corazón humilde y puro. El profeta Jeremías aconsejó lo siguiente: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13).

Antes de que logremos el éxito al emprender personalmente la búsqueda de Jesús, debemos apartar tiempo para El en nuestra vida y hacerle lugar dentro de nuestro corazón. En estos días tan ocupados hay muchas personas que tienen tiempo para hacer deportes, para salir de compras, para trabajar, para divertirse, pero no tienen tiempo para Cristo.

En muchos buenos hogares hay un lugar destinado para comer, un lugar para dormir, un lugar para reuniones y actividades familiares, pero no hay lugar para Cristo.

¿Nos remuerde la conciencia al recordar Sus propias palabras?: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; más el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20). ¿Nos causa vergüenza recordar estas otras?: “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (Lucas 2:7). No había lugar. No hubo lugar. No hay lugar. Siempre ha sido así.

Cuando emprendamos nuestra búsqueda para encontrar a Jesús, con la ayuda y la guía del principio de la oración, es fundamental que tengamos un claro concepto de Aquel a quien buscamos. Los pastores de la antigüedad buscaban al Niño Jesús; pero nosotros buscamos al Cristo, nuestro Hermano mayor, nuestro Mediador con el Padre, nuestro Redentor, el Autor de nuestra salvación; a Aquel que estuvo en el principio con el Padre, el que tomó sobre sí los pecados del mundo y tuvo tan buena disposición para morir a fin de que nosotros vivamos para siempre. Este es el Jesús a quien buscamos.

Y cuando lo encontremos, ¿estaremos preparados, como los magos de antaño, para darle regalos de nuestros muchos tesoros? Ellos le presentaron oro, incienso y mirra, pero no es eso lo que Jesús nos pide que le demos. Él quiere que le demos del tesoro de nuestro corazón, de nosotros mismos: “He aquí, el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (D. y C. 64:34).

En esta maravillosa dispensación del cumplimiento de los tiempos, nuestras oportunidades de dar de nosotros mismos son ciertamente ilimitadas; pero son también perecederas. Hay corazones que alegrar, palabras amables que decir, dádivas que dar, acciones que llevar a cabo; hay almas que salvar. Y recordad que “cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17).

Felizmente, el privilegio de rendir servicio a nuestros semejantes está al alcance de todos. Con tan sólo mirar, veremos también nosotros esa estrella brillante y destacada que nos guiará a nuestra oportunidad.

Una persona que vio esa estrella y la siguió es Boyd Hatch, de Salt Lake City, estado de Utah. Privado del uso de las piernas y enfrentando toda una vida en silla de ruedas, bien podría haber mirado hacia sí y, a causa de la auto conmiseración, haber existido en lugar de vivir. Sin embargo, el hermano Hatch no se dedicó a la propia contemplación sino que miró hacia afuera, contempló la vida de otras personas y miró hacia Dios en los cielos; y la estrella de la inspiración lo guio, no hacia una sino hacia cientos de oportunidades: se dedicó a organizar tropas de Boy Scouts con muchachos minusválidos; y les enseñó a acampar, a nadar, a jugar al básquetbol; les enseñó a tener fe. Algunos de los muchachos estaban desalentados y llenos de autocompasión y desconsuelo; él puso en sus manos una antorcha de esperanza; puso ante ellos su propio ejemplo de lucha y triunfos. Con un valor que nunca llegaremos a conocer ni entender completamente, esos muchachos de diferentes religiones vencieron obstáculos insuperables y volvieron a encontrarse a sí mismos. Y en sus esfuerzos, Boyd Hatch no sólo encontró gozo sino que, al dar de sí voluntaria y abnegadamente, encontró a Jesús.

Todo miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha hecho convenio, en las aguas del bautismo, de ser testigo- “…de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar…” (Mosíah 18:9); hemos expresado también que estamos “…dispuestos a llevar las cargas de unos y otros para que sean ligeras” (Mosíah 18:8).

Al cumplir ese convenio, llegaremos a conocer a Aquel que dijo: “He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo” (3 Nefi 11:10). Este es el Jesús a quien buscamos; éste es nuestro Hermano a quien amamos; es Cristo el Señor, a quien servimos. Testifico que Él vive, porque hablo con la autoridad de quien lo ha encontrado. □

“Hay corazones que alegrar, palabras amables que decir, dádivas que dar, acciones que llevar a cabo; hay almas que salvar”.

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