Una Navidad bajo láminas de metal corrugado

Erwin E. Wirkus, Idaho, EE. UU.

En la Segunda Guerra Mundial, mientras estaba destacado en Manila, Filipinas, solía reunirme con un pequeño grupo de militares SUD para efectuar reuniones sacramentales. En una reunión, vi a una mujer filipina en la parte de atrás de nuestro edificio bombardeado que observaba con sigilo desde la abertura de lo que alguna vez había sido una puerta. Pensé que tal vez nuestros himnos le habían llamado la atención. Cuando cerramos los ojos para la oración final, se escabulló en silencio.

En una de sus subsiguientes visitas, la invitamos a que nos acompañara. Se llamaba Aniceta Fajardo, y aceptó nuestra amistad con gran entusiasmo. Conforme siguió asistiendo a las reuniones, aprendió más sobre el evangelio restaurado de Jesucristo.

Al aproximarse la Navidad, resolvimos bendecir a Aniceta y a su familia con algunos presentes navideños. Reunimos leche, carne y vegetales enlatados; algunas mantas y un botiquín con productos sanitarios que incluía penicilina, para la enfermedad del hijo de Aniceta.

En la víspera de Navidad, reunimos los presentes y nos dirigimos a la casa de Aniceta, que vivía con su hija y su nieto debajo de unas láminas de metal corrugado apoyadas contra una pared de ladrillos, vestigios de un edificio que había explotado. Nos preguntamos cómo podían sobrevivir con tan escasa protección durante las frecuentes lluvias tropicales de aquella época del año.

Uno de nuestros hombres arrancó una rama de un árbol de mango y la insertó en el suelo. Lo decoramos con trozos de desperdicios que hallamos.

Aniceta y su familia se quedaron observando con fascinación y sorpresa. Al ver los presentes que habíamos llevado, la fascinación se transformó en lágrimas de dicha y agradecimiento. No habían visto ni comido ese tipo de alimentos por mucho tiempo y lloraron tanto que les fue imposible hablar durante unos instantes.

Puesto que era la víspera de Navidad, comenzamos a pensar en nuestros hogares y seres queridos. Pensé en el cablegrama que había recibido sólo dos días antes, en el que se me informaba que había sido padre por primera vez. Hablamos de nuestros sentimientos, y concluimos con nuestros testimonios del Salvador y del evangelio restaurado.

Le afirmamos a esa maravillosa familia que el Salvador la amaba. Nuestras palabras los consolaron y un sentimiento de paz invadió el aire de la noche. Luego nos despedimos de nuestros queridos amigos y les deseamos una feliz Navidad.

Poco después, me trasladaron a otra zona y jamás volví a ver a Aniceta ni a su familia. No obstante, algunos años después, abrí el Church Almanac [Almaque de la Iglesia] en la sección dedicada a las Filipinas y leí que Aniceta Pabilona Fajardo había sido la primera persona filipina que se unió a la Iglesia en las islas1. ¡Qué maravillosa bendición es pensar en las semillas que se plantaron durante aquella época navideña de 1945!

Referencias

Véase “Philippines”, Deseret News 1991–1992 Church Almanac, pág. 157; en los ejemplares recientes del Church Almanac el nombre de pila de la hermana Fajardo aparece como “Aneleta”.

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