La última cena de Melva

Por Cheryl Harward Wilcox

La autora vive en Utah, EE. UU.

“¿Te gustaría intentar tomar la Santa Cena?”, pregunté a mi madre moribunda.

Mi madre vivió hasta los noventa y dos años; falleció hace poco. Ella estaba en el hospital cuando los médicos decidieron que no había nada más que se pudiera hacer, salvo mantenerla lo más cómoda posible hasta que falleciera.

Mientras hacíamos los preparativos para llevarla a casa, dos hermanos de un barrio local entraron en la habitación y me preguntaron si mi madre querría tomar la Santa Cena. Primero les dije: “No, gracias”; mamá apenas podía tragar. Luego dije: “Pensándolo bien, déjenme preguntarle”. Me incliné y le dije al oído: “Hay dos poseedores del sacerdocio aquí, ¿te gustaría intentar tomar la Santa Cena?”. Con una voz débil, pero clara, respondió: “Sí”.

Después de la bendición, tomé un pedazo de pan de la bandeja, partí una pequeña migaja y suavemente se la coloqué en la boca. La masticó por un rato y en voz baja me disculpé con los hombres porque tardaba tanto; ellos me aseguraron que estaba bien. Después de la segunda oración, tomé un pequeño vaso de plástico y lo sostuve sobre sus labios. Ella solo tomó un pequeño sorbo, pero me sorprendió lo bien que pudo tragar el agua.

Agradecí a los hermanos y se fueron a la próxima habitación. Alrededor de una hora después, mamá falleció tranquilamente.

En los días siguientes, me di cuenta del momento sagrado que se me permitió compartir con mi madre. Lo último que hizo en esta vida fue tomar la Santa Cena. La última palabra que dijo fue “Sí”; sí a recibir la Santa Cena, sí a ofrecer su sacrificio de “un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:20), sí a tomar sobre sí el nombre de Jesucristo y prometer recordarlo siempre, sí a recibir Su Espíritu. Lo último que sus labios tocaron fueron los emblemas de la Santa Cena.

¡Cuán dulce debe haber sabido para ella su última cena! Aunque demasiado débil para moverse o hablar, ¡cuán viva en Cristo debe haberse sentido! Cuán agradecida se habrá sentido por Su poder redentor y habilitador, el cual la ayudó a pasar los últimos momentos de su trayecto terrenal y le dio la esperanza de la vida eterna.

Cada semana, al participar de la Santa Cena, agradezcamos la oportunidad que tenemos de renovar nuestros convenios y sentir el perdón y la gracia a medida que nos esforzarnos por llegar a ser más como nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo. Entonces, el pan y el agua serán para nosotros, como deben haber sido para mi madre, “más dulce que todo lo dulce… más puro que todo lo puro” (Alma 32:42).

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