Amar a los demás y vivir con las diferencias.

Elder Dallin H. Oaks

Del Quorum de los Doce Apostoles

Como seguidores de Cristo debemos vivir en paz con los demás que no compartan nuestros valores ni acepten las enseñanzas basadas en ellos.

I.

En los últimos días de Su ministerio terrenal, Jesús dio a Sus discípulos lo que Él llamó “un mandamiento nuevo” (Juan 13:34). Ese mandamiento, que repitió tres veces, era sencillo pero difícil: “Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Juan 15:12; véase también el versículo 17). La enseñanza de amarse los unos a los otros había sido una enseñanza esencial del ministerio del Salvador. El segundo grande mandamiento era “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Jesús incluso enseñó: “Amad a vuestros enemigos” (Mateo 5:44). Pero el mandamiento de amar a los demás tal como Él había amado a Su rebaño fue para Sus discípulos —y lo es para nosotros— un desafío singular. “De hecho”, el abril pasado el presidente Thomas S. Monson nos enseñó, “el amor es la esencia misma del Evangelio, y Jesucristo es nuestro ejemplo. Su vida fue un legado de amor”1.

¿Por qué es tan difícil sentir amor cristiano los unos por los otros? Es difícil porque debemos vivir entre aquellos que no comparten nuestras creencias, valores y obligaciones de los convenios. En Su gran oración intercesora, que hizo poco antes de Su crucifixión, Jesús oró por Sus seguidores: “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:14). Después, suplicó al Padre: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (versículo 15).

Debemos vivir en el mundo pero no ser del mundo. Debemos vivir en el mundo porque, como Jesús enseñó en una parábola, Su reino es “semejante a la levadura”, cuya función es leudar toda la masa con su influencia (véase Lucas 13:21; Mateo 13:33; véase también 1 Corintios 5:6–8). Sus seguidores no pueden hacer eso si se relacionan sólo con personas que compartan sus creencias y prácticas. No obstante, el Salvador también enseñó que si lo amamos, guardaremos Sus mandamientos (véase Juan 14:15).

II.

El Evangelio tiene muchas enseñanzas en cuanto a guardar los mandamientos mientras vivimos entre personas que tienen diferentes creencias y prácticas. Las enseñanzas relacionadas con la contención son fundamentales. Cuando el Cristo resucitado encontró a los nefitas que disputaban acerca de la manera de bautizar, Él dio instrucciones claras en cuanto a cómo se debía efectuar esa ordenanza. Después enseñó este gran principio:

“…no habrá disputas entre vosotros, como hasta ahora ha habido; ni habrá disputas entre vosotros concernientes a los puntos de mi doctrina, como hasta aquí las ha habido.

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí… mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:28–30; cursiva agregada).

El Salvador no limitó Su advertencia contra la contención a aquellos que no estaban guardando el mandamiento del bautismo. Él prohibió la contención por parte de cualquier persona. Incluso aquellos que guardan los mandamientos no deben irritar los corazones de los hombres para que contiendan con ira. El “padre de la contención” es el diablo; el Salvador es el Príncipe de Paz.

De igual manera, la Biblia nos enseña que “los sabios apartan la ira” (Proverbios 29:8). Los apóstoles de los primeros días enseñaron que debemos “[seguir] lo que conduce a la paz” (Romanos 14:19) y “[hablar] la verdad en amor” (Efesios 4:15), “porque la ira del hombre no produce la justicia de Dios” (Santiago 1:20). En la revelación moderna, el Señor mandó que las buenas nuevas del Evangelio restaurado se debían declarar “cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad” (D. y C. 38:41), “con toda humildad… no denigrando a los que denigran” (D. y C. 19:30).

III.

Aun al procurar ser humildes y evitar la contención, no debemos abandonar ni debilitar nuestro compromiso con las verdades que comprendemos. No debemos ceder en nuestra postura ni en nuestros valores. El evangelio de Jesucristo y los convenios que hemos hecho inevitablemente nos colocan como combatientes en la eterna batalla entre la verdad y el error. En esa batalla no hay un punto medio.

El Salvador mostró el camino cuando Sus adversarios lo confrontaron con la mujer que había “sido sorprendida en el acto mismo de adulterio” (Juan 8:4). Al sentirse avergonzados por su propia hipocresía, los que la acusaban se alejaron y dejaron solo a Jesús con la mujer. Él la trató con bondad al negarse a condenarla en ese momento, pero a la vez le indicó firmemente “no peques más” (Juan 8:11). Es necesario tener bondad amorosa, pero un seguidor de Cristo —al igual que el Maestro— será firme en la verdad.

IV.

Al igual que el Salvador, Sus seguidores a veces se enfrentarán a una conducta pecaminosa, y hoy día cuando proclaman el bien y el mal, según ellos lo entienden, a veces se les tilda de “intolerantes” o “fanáticos”. Muchos de los valores y las prácticas mundanas presentan ese tipo de desafíos para los Santos de los Últimos Días. Entre ellos se destaca hoy día la fuerte tendencia que está legalizando el matrimonio entre personas del mismo sexo en muchos estados y provincias de Estados Unidos y Canadá, y muchos otros países del mundo. También vivimos entre personas que no creen en el matrimonio; algunos no creen en tener hijos; otros se oponen a cualquier restricción que se imponga a la pornografía o a las drogas peligrosas. Otro ejemplo, que reconocerán la mayoría de los creyentes, es el desafío de vivir con un cónyuge, familiar, o relacionarse con compañeros de trabajo, que no sean creyentes.

En lugares que han sido dedicados, como los templos, los centros de adoración y nuestros propios hogares, debemos enseñar la verdad y los mandamientos de manera sencilla y completa, según nuestro entendimiento de ellos en el Plan de Salvación que se ha revelado en el Evangelio restaurado. Nuestro deber de hacerlo está protegido por las garantías constitucionales de la libertad de expresión y la libertad religiosa, así como por las leyes de privacidad que se practican incluso en países que no tienen garantías constitucionales formales.

En público, lo que las personas religiosas digan y hagan implica otras consideraciones. El libre ejercicio de la religión protege la mayoría de los actos públicos, pero está sujeto a restricciones que son necesarias para dar cabida a las creencias y a las prácticas de los demás. Las leyes pueden prohibir la conducta que por lo general se reconoce como equivocada o inaceptable, como la explotación sexual, la violencia o conducta terrorista, incluso cuando la lleven a cabo extremistas en nombre de la religión. Las conductas menos graves, a pesar de que sean inadmisibles para algunos creyentes, tal vez simplemente se tengan que soportar si se legalizan de acuerdo con lo que un profeta del Libro de Mormón llamó “la voz del pueblo” (Mosíah 29:26).

Sobre el tema del diálogo público, todos debemos seguir las enseñanzas del Evangelio de amar a nuestro prójimo y evitar la contención. Los seguidores de Cristo deben ser ejemplos de civismo. Debemos amar a todas las personas, ser buenos oyentes, y demostrar interés por sus creencias sinceras. Aunque podamos estar en desacuerdo, no es apropiado ser desagradables. Nuestra postura y comunicaciones relacionadas con temas polémicos, no deben ser contenciosas. Debemos ser prudentes al explicar y poner en práctica nuestras posturas y al ejercer nuestra influencia. Al hacerlo, pedimos que los demás no se sientan ofendidos por nuestras sinceras creencias religiosas y el libre ejercicio de nuestra religión. Exhortamos a todos para que pongamos en práctica la regla de oro del Salvador: “…las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12).

Cuando nuestras posturas no sean convincentes ante la oposición, debemos aceptar con gentileza los resultados desfavorables y poner en práctica la cortesía con nuestros adversarios. En cualquier caso, debemos ser personas de buena voluntad hacia todos, rechazando la persecución en cualquiera de sus formas, incluyendo la persecución basada en raza, origen étnico, creencia religiosa o incredulidad, y diferencias en la orientación sexual.

V.

He hablado sobre principios generales; ahora hablaré en cuanto a la forma en que esos principios se deben llevar a la práctica en una variedad de circunstancias comunes en las que las enseñanzas del Salvador se deben seguir con más fidelidad.

Empiezo con lo que nuestros niños pequeños aprenden en sus actividades de juego. Con mucha frecuencia, las personas de aquí de Utah que no son mormonas se han sentido ofendidas cuando algunos de nuestros miembros se han distanciado de ellas y no permiten que sus hijos se hagan amigos de niños de otras religiones. Seguramente podemos enseñar a nuestros hijos valores y normas de comportamiento sin que se alejen ni muestren falta de respeto hacia cualquier persona que sea diferente.

Muchos maestros de la Iglesia y de las escuelas se han lamentado por la manera en que algunos adolescentes, incluyendo jóvenes SUD, se tratan mutuamente. El mandamiento de amarse unos a otros ciertamente incluye el amor y el respeto entre diferentes religiones y también entre razas, niveles culturales y económicos. Instamos a todos los jóvenes a que eviten el acoso, los insultos o el lenguaje y las prácticas que de manera deliberada causen dolor a los demás. Todas esas cosas quebrantan el mandamiento del Salvador de amarse los unos a los otros.

El Salvador enseñó que la contención es una herramienta del diablo. Eso ciertamente nos enseña en cuanto al lenguaje y a la práctica de la política en la actualidad. El vivir con diferencias políticas es esencial para la política, pero las diferencias políticas no tienen que conllevar ataques personales que interfieran con el proceso del gobierno y castiguen a los participantes. Todos debemos deshacernos de las comunicaciones llenas de odio y practicar el civismo hacia las diferencias de opinión.

El entorno más importante donde evitar la contención y practicar el respeto por las diferencias es en nuestros hogares y en nuestras relaciones familiares. Las diferencias son inevitables —algunas leves y otras mayores. Con respecto a las mayores, supongamos que un familiar esté en una relación de cohabitación. Eso supone un conflicto entre dos importantes valores: nuestro amor por el familiar, y nuestro compromiso hacia los mandamientos. Al seguir el ejemplo del Salvador, podemos demostrar bondad y aún ser firmes en la verdad al abstenernos de acciones que faciliten o que parezcan aprobar lo que sabemos que está mal.

Finalizo con otro ejemplo de una relación familiar. En una conferencia de estaca del Medio Oeste de Estados Unidos, hace más o menos diez años, conocí a una hermana que me dijo que su esposo, que no era miembro, la había estado acompañando a la Iglesia durante doce años, pero que nunca se había unido a la Iglesia. ¿Qué debía hacer?, preguntó. Le aconsejé que siguiera haciendo todo lo correcto y fuera paciente y amable con su esposo.

Más o menos después de un mes me escribió lo siguiente: “Bueno, pensé que doce años eran suficiente muestra de paciencia, pero no sabía si yo estaba siendo muy amable. De modo que me esforcé mucho durante un mes, y se bautizó”.

La bondad es algo potente, en especial en un entorno familiar. En la carta, continuó: “Me estoy esforzando aún más para ser bondadosa porque nos estamos preparando para sellarnos en el templo este año”.

Seis años más tarde me escribió otra vez: “A mi esposo lo acaban de llamar y apartar como obispo de nuestro barrio”2.

VI.

En tantas relaciones y circunstancias de la vida, debemos vivir con diferencias. En los casos de vital importancia, no debemos negar ni abandonar nuestra opinión respecto a esas diferencias, pero como seguidores de Cristo debemos vivir en paz con los demás que no compartan nuestros valores ni acepten las enseñanzas basadas en ellos. El Plan de Salvación del Padre, el que conocemos por medio de la revelación profética, nos coloca en una situación terrenal en la que debemos guardar Sus mandamientos. Eso incluye amar a nuestro prójimo de diversas culturas y creencias, así como Él nos ha amado. Tal como enseñó un profeta del Libro de Mormón, debemos seguir adelante, teniendo “amor por Dios y por todos los hombres” (2 Nefi 31:20).

Por difícil que sea vivir en la agitación que nos rodea, el mandato del Salvador de amarnos los unos a los otros como Él nos ama, probablemente sea nuestro más grande desafío. Ruego que podamos comprender esto y procuremos vivirlo en todas nuestras relaciones y actividades. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Thomas S. Monson, “El amor: la esencia del Evangelio”,Liahona, mayo de 2014, pág. 91.
  2. Cartas a Dallin H. Oaks, 23 de enero de 2006, y 30 de octubre de 2012.

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