Pescadores de hombres.

Por el élder Scott D. Whiting

De los Setenta

Todos los que han aceptado un llamamiento de liderazgo en la Iglesia, han aceptado la invitación del Salvador de llegar a ser pescadores de hombres.

Mientras criábamos a nuestra familia en Hawái, mi esposa y yo estábamos agradecidos por los maravillosos Santos de los Últimos Días que nos tendían una mano; aquellos miembros tan queridos nos aceptaron con brazos abiertos y nos trataron como si fuésemos su propia familia. Muchas veces, los hombres del barrio llevaban a mi hijo a una aventura de pesca en el océano; no eran excursiones en una embarcación, sino que empleaban métodos antiguos de pesca establecidos por los primeros hawaianos.

Usando uno de esos métodos, un pescador avezado doblaba meticulosamente en capas una red circular que tenía pesas alrededor de todo el perímetro y luego la llevaba con cuidado a un sitio de la costa rocosa que estuviera sobre un remanso de agua clara. Cuando veía peces que entraban en el remanso, en el momento preciso y con suma habilidad, echaba la red al agua, la cual se abría por completo y caía rápidamente al fondo en un círculo abierto atrapando a los peces que se habían juntado allí.

Si bien la destreza de tal pescador es extraordinaria, él sería el primero en afirmar que sus empeños serían inútiles sin una buena red que esté limpia, remendada y en buen estado. Los pescadores experimentados saben que su éxito depende de la integridad de sus redes, y que la pesca eficaz y productiva no comienza hasta después de haberlas inspeccionado y encontrado en buenas condiciones.

Vemos que los primeros apóstoles, muchos de los cuales eran pescadores de oficio, entendían este principio. En los primeros capítulos de Mateo, Marcos y Lucas se nos presenta a esos pescadores en su primer encuentro con su futuro Maestro, mientras echaban sus redes, las remendaban y las lavaban (véanse Mateo 4:18, 21; Marcos 1:16, 19;Lucas 5:2). Esos hombres alimentaban a su familia y a las de otras personas con su arduo trabajo diario de la pesca; sus ingresos y su familia dependían de la preparación y la habilidad que tuvieran, y de la buena condición de sus redes.

Cuando Jesús los invitó diciendo: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres”, “dejando al instante las redes” y “dejándolo todo, le siguieron” (Mateo 4:19, 20; Lucas 5:11; véase también Marcos 1:17–18).

He pensado en ese ejemplo muchas veces al considerar que aquellos que están a la cabeza de la Iglesia han respondido a la invitación: “Venid en pos de mí” con una fe semejante. Al igual que la Iglesia de la antigüedad, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días está dirigida por profetas y apóstoles, quienes han dejado sus redes y sus profesiones, que tanto sacrificaron para obtener, y desarrollaron habilidades nuevas con el fin de servir al Maestro y de seguirlo.

Líderes de hombres

¿Qué significa llegar a ser “pescadores de hombres”? Con Sus sencillas palabras de invitación a los primeros apóstoles, el Salvador introdujo lo que llegaría a ser Su forma de enseñar habitual tan poderosa: por medio de parábolas. Él sabía que aquellos a quienes había llamado para que lo siguieran entenderían, hasta cierto punto, lo que quiso decir con las palabras “pescadores de hombres”.

El presidente Harold B. Lee (1899–1973), enseñó que “llegar a ser ‘pescadores de hombres’ no es más que otra manera de decir que se llega a ser ‘líderes de hombres’; por lo tanto, hablando como lo hacemos hoy en día diríamos… ‘Si guardan mis mandamientos, los haré líderes entre los hombres’”1.

Un líder de hombres es una persona llamada para ayudar a los demás a llegar a ser “discípulos verdaderos de… Jesucristo” (Moroni 7:48). En elManual 2: Administración de la Iglesia, dice: “Para hacer esto, los líderes primero se esfuerzan por ser discípulos fieles del Salvador, viviendo cada día de tal modo que puedan regresar a vivir en la presencia de Dios. Entonces pueden ayudar a los demás a desarrollar firmes testimonios y a acercarse más a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo”2.

Todos los que han aceptado un llamamiento de liderazgo en la Iglesia, han aceptado la invitación del Salvador de llegar a ser pescadores de hombres.

Las redes y los consejos

En la Iglesia, desde los niveles más altos de liderazgo hasta los quórumes del Sacerdocio Aarónico y las presidencias de clase de las Mujeres Jóvenes, los líderes están organizados en consejos. A los líderes se les exhorta a prepararse espiritualmente, a participar de lleno en los consejos, a ministrar a los demás, a enseñar el evangelio de Jesucristo y a administrar las organizaciones del sacerdocio y las organizaciones auxiliares de la Iglesia. Además, deben edificar la unidad y la armonía en la Iglesia, preparar a otras personas para ser líderes y maestros, delegar responsabilidades y asegurarse de que se rindan cuentas de las asignaciones3.

Así como los primeros apóstoles aplicaron su conocimiento sobre la pesca a ser pescadores de hombres, también nosotros podemos aplicar a los consejos de la Iglesia los principios que ellos seguían al utilizar las redes. Como una red, estos consejos se organizan y se preparan con el fin de recoger a los hijos del Padre Celestial, y en ellos cada uno de los integrantes actúa como parte importante e integral de él. Lo mismo que una red, que es eficaz sólo si está en buenas condiciones, nuestros consejos corren el riesgo de fracasar si sus integrantes no están organizados, concentrados y no funcionan como deben.

Los líderes de los consejos siguen el ejemplo de los antiguos apóstoles pescadores al inspeccionar y remendar regularmente esas “redes”; lo hacen proporcionando capacitación con regularidad, liderando en las reuniones de consejo, ofreciendo sugerencias y consejos oportunos y apropiados a los integrantes, demostrando amor y dando estímulo y elogio. No hay nada que pueda substituir la fuerza eficaz y la capacidad de recogimiento de un consejo que funcione en la debida forma.

El consejo de barrio

Quizás el consejo que tiene mayor oportunidad de influir en los miembros de la Iglesia individualmente sea el consejo de barrio. Los hombres y las mujeres que lo integran son llamados verdaderamente a ser pescadores de hombres con el mandato de llevar a cabo la obra de salvación del barrio, bajo la dirección del obispo. Ellos viven y prestan servicio en sus respectivos barrios, donde pueden llegar a conocer y a relacionarse con aquellos a los que han sido llamados a dirigir.

“Los miembros del consejo de barrio se esfuerzan por ayudar a las personas a edificar testimonios, recibir ordenanzas salvadoras, guardar convenios y llegar a ser seguidores consagrados de Jesucristo (véaseMoroni 6:4–5). Todos los miembros del consejo de barrio tienen la responsabilidad general del bienestar de los miembros del barrio”4.

Los que forman parte de los consejos de barrio tienen una función integral en la acción de apresurar la obra de salvación. Cuando este consejo no funciona debidamente, la obra se demora, disminuye la capacidad de la “red” para recoger y los empeños del consejo producen resultados limitados. En cambio, cuando el consejo de barrio está organizado y concentrado en fortalecer a las familias y a las personas individualmente, los resultados pueden ser asombrosos.

Conozco un barrio que funcionaba con dificultad porque tenía un consejo ineficaz; al obispo le era difícil seguir las directivas del Manual 2porque se sentía cómodo con lo que estaba acostumbrado a hacer y le gustaban sus viejos métodos. Sin embargo, después de recibir muchos consejos y capacitación de un amoroso presidente de estaca, se le ablandó el corazón, se arrepintió y empezó a organizar seriamente el consejo de barrio como se le había enseñado. Vio videos de capacitación en LDS.org, leyó las secciones 4 y 5 del Manual 2 y luego puso en acción lo que había aprendido.

Los integrantes del consejo de barrio rápidamente aceptaron los cambios, y sintieron un espíritu de amor y unidad al concentrarse en fortalecer a las familias y a los miembros de forma individual. En todas las reuniones hablaban extensamente de los investigadores, los nuevos conversos, los miembros menos activos y los que tenían necesidades; sus corazones se volcaron hacia esos hermanos y hermanas, y comenzaron a ocurrir milagros.

El obispo comentó que, casi inmediatamente después de hacer los cambios en el consejo de barrio, hubo miembros menos activos que antes no conocían que empezaron a asistir a la Iglesia. El comentario entre esos miembros era que de pronto se habían sentido motivados a regresar; dijeron que habían recibido una impresión clara e imperiosa de que necesitaban volver a asociarse con los santos; sabían que iban a recibir amor y necesitaban el apoyo que los miembros ofrecían.

El obispo me dijo que está seguro de que el Padre Celestial estaba esperando que él siguiera los consejos que había recibido y organizara el consejo de barrio tal como se le había enseñado, para entonces poner en el corazón y en los pensamientos de aquellos miembros menos activos el deseo de regresar a la actividad en la Iglesia; se dio cuenta de que, antes de que el Espíritu los motivara a volver, tenía que crear el ambiente de amor y solicitud que ellos necesitaban. Sus palabras me hicieron recordar la experiencia de Pedro, el pescador:

“Y [Jesús] entró en una de esas barcas, la cual era de Simón, y le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la gente.

“Y cuando cesó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.

“Y respondiendo Simón, le dijo: Maestro, hemos trabajado toda la noche y nada hemos pescado; pero por tu palabra echaré la red.

“Y habiéndolo hecho, recogieron tal cantidad de peces que su red se rompía” (Lucas 5:3–6).

Cuando escuchamos y seguimos el consejo que nos dan los profetas, videntes y reveladores de nuestros días —verdaderos “pescadores de hombres”— y si inspeccionamos y reparamos nuestras redes mientras prestamos servicio, veremos que aumenta considerablemente nuestra capacidad de apresurar la obra de salvación y que nos convertimos en instrumentos en las manos del Padre Celestial para el recogimiento de Sus hijos.

Únete a las filas

“Durante Su ministerio entre los hombres, el Maestro llamó a los pescadores de Galilea para que dejaran sus redes y lo siguieran; les dijo: ‘…os haré pescadores de hombres’. Espero que nos unamos a las filas de los pescadores de hombres y mujeres para que podamos brindar la ayuda que nos sea posible”.

Presidente Thomas S. Monson, “Nuestra responsabilidad de rescatar”,Liahona, octubre de 2013, pág. 4.

Referencias

  1. Harold B. Lee, en Conference Report, octubre de 1960, pág. 15.
  2. Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 3.1.
  3. Véase Manual 2, 3.2, 1–5, 3.3, 2–4.
  4. Manual 2, 4.4.

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