Los líderes más grandes son los seguidores más fieles

Por Stephen W. Owen

Cuando tenía 12 años, mi padre me llevó a cazar a las montañas. Nos despertamos a las tres de la mañana, ensillamos los caballos y subimos por la boscosa ladera de la montaña totalmente a oscuras. Aunque me encantaba cazar con mi papá, en ese momento me sentí algo nervioso. Nunca antes había estado en esas montañas y no podía ver el camino. ¡La verdad es que no se veía nada! Lo único que veía era la pequeña linterna que llevaba mi padre, que arrojaba una luz débil sobre los pinos que teníamos delante. ¿Y si mi caballo resbalaba y se caía? ¿Acaso podía él ver por dónde iba? Pero me reconfortó este pensamiento: “Mi papá sabe a donde va. Si lo sigo, todo estará bien”.

Y todo estuvo bien. Por fin salió el sol y pasamos juntos un día maravilloso. Al iniciar el regreso a casa, mi papá señaló una cima majestuosa e inclinada que se destacaba del resto y me dijo: “Esa es Windy Ridge; ahí es donde está la buena caza”. Inmediatamente supe que quería regresar algún día y subir a Windy Ridge.

Durante los años siguientes, escuché a mi padre hablar con frecuencia de Windy Ridge, pero nunca volvimos, hasta que un día, 20 años después, lo llamé y le dije: “Vamos a Windy”. De nuevo ensillamos los caballos e iniciamos el ascenso por la ladera de la montaña. Aunque en ese momento tenía más de 30 años y era un jinete experimentado, me sorprendí al sentir el mismo nerviosismo que sentí a los 12 años, pero mi papá conocía el camino y yo lo seguí.

Por fin llegamos a la cima de Windy. La vista era impresionante; y el irresistible deseo que tuve fue que quería regresar, no por mí esta vez, sino por mi esposa y mis hijos. Quería que ellos sintieran lo que yo había experimentado.

Con los años, he tenido muchas oportunidades de guiar a mis hijos y a otros jóvenes hacia la cima de las montañas, como había hecho mi padre conmigo. Esas experiencias me han llevado a meditar sobre lo que significa liderar y lo que significa seguir.

Jesucristo, el líder más grande y el seguidor más fiel

Si les preguntara quién es el líder más grande que ha existido, ¿qué dirían? La respuesta, por supuesto, es Jesucristo. Él es el ejemplo perfecto de toda cualidad de liderazgo que puedan imaginar.

Y si les preguntara: “¿Quién es el seguidor más fiel que ha existido?”. ¿No sería la respuesta, de nuevo, Jesucristo? Él es el líder más grande porque Él es el seguidor más fiel: Él sigue a Su Padre a la perfección, en todas las cosas.

El mundo enseña que los líderes deben ser poderosos; el Señor enseña que deben ser mansos. Los líderes del mundo obtienen poder e influencia por medio de su talento, sus habilidades y sus riquezas. Los líderes semejantes a Cristo obtienen poder e influencia “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero”1.

A la vista de Dios, los líderes más grandes siempre han sido los seguidores más fieles.

Permítanme compartir dos experiencias de mis interacciones recientes con los hombres jóvenes de la Iglesia que me han enseñado acerca de cómo liderar y seguir.

Todos somos líderes

Hace poco, mi esposa y yo asistimos a una reunión sacramental en otro barrio. Justo antes del comienzo de la reunión, un joven se acercó a mí y me preguntó si podía ayudar a repartir la Santa Cena. Le contesté: “Lo haré encantado”.

Me senté con el resto de diáconos y pregunté al que estaba sentado a mi lado: “¿Cuál es mi asignación?”. Él me dijo que debía empezar a repartir por la parte de atrás del salón, en la sección de en medio, y que él se colocaría al otro lado de la misma sección y juntos nos dirigiríamos hacia delante.

Le dije: “Hace mucho tiempo que no hago esto”.

Él respondió: “No hay problema. Lo hará bien. Yo sentí lo mismo cuando empecé”.

Luego, el diácono más joven del cuórum, ordenado solo unas semanas antes, dio un discurso en la reunión sacramental. Después de la reunión, el resto de diáconos lo rodearon para decirle lo orgullosos que estaban de que fuera miembro del cuórum.

Mientras conversaba con ellos ese día, me enteré que cada semana los miembros de todos los cuórums del Sacerdocio Aarónico de ese barrio se comunicaban con otros jóvenes y los invitaban a formar parte de sus cuórums.

Todos esos jóvenes eran grandes líderes y era obvio que, tras bastidores, contaban con maravillosos poseedores del Sacerdocio de Melquisedec, padres y otras personas que los guiaban en sus deberes. Ese tipo de adultos responsables no solo ven a los hombres jóvenes como son, sino como aquello en lo que se pueden convertir. Cuando hablan con ellos, o acerca de ellos, no se enfocan en sus defectos, por el contrario, recalcan las grandes cualidades de liderazgo que están demostrando.

Jóvenes, así es como el Señor los ve. Los invito a verse de esa manera. Habrá momentos en su vida en los que serán llamados a liderar. Otras veces, se esperará de ustedes que sean seguidores. Sin embargo, el mensaje que les dirijo hoy es que, sea cual sea su llamamiento, siempre son líderes y siempre son seguidores. El liderazgo es una expresión del discipulado; consiste, sencillamente, en ayudar a los demás a venir a Cristo, que es lo que hacen los verdaderos discípulos. Si se esfuerzan por ser seguidores de Cristo, entonces podrán ayudar a los demás a seguirlo a Él y podrán ser líderes.

Su capacidad para liderar no procede de una personalidad extrovertida, de la habilidad para motivar, ni siquiera del talento para hablar en público; procede de su compromiso para seguir a Jesucristo. Procede de su deseo de ser, como dijo Abraham, “un seguidor más fiel de la rectitud”2. Si consiguen hacer eso —aunque no lo hagan a la perfección, pero lo intenten—, entonces serán líderes.

El servicio del sacerdocio es liderazgo

En otra ocasión, estaba en Nueva Zelanda visitando el hogar de una madre que criaba sola a sus tres hijos adolescentes. El hijo mayor tenía 18 años y había recibido el Sacerdocio de Melquisedec el domingo anterior. Le pregunté si había podido ejercer ya su sacerdocio. Él respondió: “No estoy seguro de qué significa eso”.

Le dije que ahora tenía autoridad para dar una bendición del sacerdocio de consuelo o sanación. Miré a su madre, quien llevaba años sin tener a su lado a un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec, y le dije: “Creo que sería maravilloso si le dieras una bendición a tu madre”.

Él contestó: “No sé cómo hacerlo”.

Le expliqué que podía poner las manos sobre la cabeza de su madre, decir su nombre, indicar que estaba dándole una bendición por la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec, decir lo que el Espíritu indicara a su mente y a su corazón y concluir en nombre de Jesucristo.

Al día siguiente, recibí un correo electrónico de ese joven. Una parte del mensaje decía: “¡Hoy bendije a mi mamá!… Me sentí muy nervioso e inadecuado, así que oré continuamente para asegurarme de tener el Espíritu, porque no podía dar una bendición sin Él. Al empezar, me olvidé por completo de mí mismo y de mis debilidades… [No esperaba] el inmenso poder espiritual y emocional que sentí… Después, sentí el espíritu de amor con tanta fuerza que no pude contener mis emociones, así que abracé a mi mamá y lloré como un bebé… Incluso ahora, al escribir esto, [siento] el Espíritu [con tanta fuerza] que no deseo volver a pecar nunca… Amo este Evangelio”3.

¿No resulta inspirador ver cómo un joven, aparentemente común y corriente, puede lograr grandes cosas por medio del servicio del sacerdocio, aunque se sienta inadecuado? Hace poco me enteré de que este joven élder había recibido su llamamiento misional y entrará en el centro de capacitación misional el mes que viene. Creo que llevará muchas almas a Cristo porque ha aprendido a seguir a Cristo en su servicio del sacerdocio, empezando por su hogar, donde su ejemplo está teniendo una influencia profunda en su hermano de 14 años.

Hermanos, nos demos cuenta o no, hay personas que se fijan en nosotros: familiares, amigos e incluso desconocidos. No basta que nosotros como poseedores del sacerdocio vengamos a Cristo; nuestro deber es “invitar a todosa venir a Cristo”4. No podemos darnos por satisfechos con nuestras bendiciones espirituales; debemos llevar a las personas que amamos hasta esas mismas bendiciones; y, como discípulos de Jesucristo, debemos amar a todos. El encargo del Salvador a Pedro también es un encargo para nosotros: “… tú, una vez vuelto, fortalece a tus hermanos”5.

Sigan al Varón de Galilea

A veces, el camino que tengamos por delante parecerá oscuro, pero continúen siguiendo al Salvador. Él conoce el camino; de hecho, Él es el camino6. Con cuanto más fervor vengan a Cristo, más profundo será su deseo de ayudar a los demás a experimentar lo que ustedes han sentido. Otra palabra que define ese sentimiento es la caridad, “que [el Padre] ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo”7. Entonces descubrirán que, en el mismo acto de seguir a Cristo, también están guiando a otras personas hasta Él porque, tal como lo expresó el presidente Thomas S. Monson: “Al seguir al Varón de Galilea, el Señor Jesucristo, nuestra influencia personal surtirá un efecto positivo dondequiera que estemos, cualesquiera que sean nuestros llamamientos”8.

Doy testimonio de que esta es la Iglesia verdadera de Cristo. Somos guiados por un profeta de Dios, el presidente Monson, un gran líder que también es un seguidor verdadero del Salvador. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Doctrina y Convenios 121:41.
  2. Abraham 1:2.
  3. Correspondencia personal; ortografía y puntuación uniformizadas.
  4. Doctrina y Convenios 20:59; cursiva agregada.
  5. Lucas 22:32.
  6. Véase Juan 14:6.
  7. Moroni 7:48.
  8. Thomas S. Monson, “Su influencia personal”, Liahona, mayo de 2004, pág. 20.

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