Él los colocará en Sus hombros y los llevará a casa.

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf

Uno de mis inquietantes recuerdos de la niñez comienza con el silbido distante de las sirenas antiaéreas que me despiertan. Pronto, otro sonido, el ruido y el zumbido de las hélices que paulatinamente aumenta hasta que agita el mismo aire. Bien entrenados por nuestra madre, nosotros, los niños, tomamos cada uno nuestra bolsa y corremos a la montaña hacia el refugio antiaéreo. Mientras nos apresuramos en medio de la noche oscura caen del cielo bengalas verdes y blancas para marcar los objetivos de los bombarderos. Aunque parezca raro, todos les dicen árboles de Navidad a esas bengalas.

Tengo cuatro años y soy testigo de un mundo en guerra.

Dresden

No muy lejos de donde vivía mi familia estaba la ciudad de Dresden. Quizás quienes vivían allí fueron testigos más de mil veces de lo que yo había visto. Enormes tormentas de fuego, ocasionadas por miles de toneladas de explosivos, se propagaron por Dresden, destruyendo más del noventa por ciento de la ciudad y dejando solamente escombros y cenizas a su paso.

En muy poco tiempo, la ciudad a la que una vez se llamó el “Joyero” ya no lo era. Erich Kästner, escritor alemán, escribió sobre la destrucción: “En mil años se construyó su belleza, en una noche fue totalmente destruida”1. Durante mi niñez no podía imaginarme cómo la destrucción de una guerra que nuestra propia gente había empezado podría alguna vez superarse. El mundo a nuestro alrededor aparecía totalmente sin esperanzas y sin ningún futuro.

El año pasado tuve la oportunidad de regresar a Dresden. Setenta años después de la guerra, es otra vez un “Joyero” de ciudad. Se han despejado las ruinas y la ciudad se ha restaurado, e incluso mejorado.

Durante mi visita vi la hermosa iglesia luterana Frauenkirche, la Iglesia de Nuestra Señora. Originalmente construida en el siglo XVIII, había sido una de las joyas relucientes de Dresden; pero la guerra la redujo a un montón de escombros. Por muchos años permaneció así hasta que finalmente se decidió que la Frauenkirche sería reconstruida.

Las piedras de la iglesia destruida se habían guardado y catalogado y, en lo posible, se usaron en la reconstrucción. Hoy en día se pueden ver esas piedras ennegrecidas por el fuego marcando las paredes externas. Esas “cicatrices” no solo son un recordatorio de la historia de guerra de ese edificio, sino también un monumento a la esperanza: un símbolo espléndido de la habilidad del hombre de crear vida nueva de las cenizas.

Mientras reflexionaba en la historia de Dresden y me maravillaba en el ingenio y la determinación de aquellos que restauraron lo que había sido completamente destruido, sentí la tierna influencia del Espíritu Santo. Sin duda, pensé, si el hombre puede tomar las ruinas, los escombros y los restos de una ciudad deshecha y reconstruir una estructura impresionante que se eleva hacia los cielos, ¿cuánto más capaz es nuestro Padre Todopoderoso de restaurar a Sus hijos que han caído, pasado por dificultades o que se han perdido?

No importa que tan completamente arruinada parezca estar nuestra vida. No importa lo escarlata de nuestros pecados, lo profundo de nuestro resentimiento, lo solitario, abandonado o destrozado que parezca estar nuestro corazón. Aun aquellos que no tengan esperanza, que estén desesperados, que hayan traicionado la confianza, que hayan renunciado a su integridad o que se hayan alejado de Dios pueden ser restablecidos. Excepto aquellos escasos hijos de perdición, no existe una vida que esté tan destrozada que no pueda ser restablecida.

Las gozosas nuevas del Evangelio son estas: gracias al plan eterno de felicidad proporcionado por nuestro amoroso Padre Celestial y por medio del sacrificio infinito de Jesús el Cristo, no solo podemos ser redimidos de nuestro estado caído y restablecidos a la pureza, sino que también podemos trascender la imaginación terrenal y llegar a ser herederos de la vida eterna y partícipes de la gloria indescriptible de Dios.

La parábola de la Oveja Perdida

Durante el ministerio del Salvador, los líderes religiosos de Su época desaprobaban que Jesús pasara tiempo con gente a quienes ellos catalogaban como “pecadores”.

Quizás a ellos les parecía que Él toleraba o incluso que aprobaba una conducta pecaminosa. Quizás creían que la mejor manera de ayudar a que los pecadores se arrepintieran era condenándolos, ridiculizándolos y avergonzándolos.

Cuando el Salvador percibió lo que los fariseos y escribas estaban pensando, contó un relato:

“¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se le perdió, hasta que la halla?

“Y al encontrarla, la pone sobre sus hombros gozoso”2.

A través de los siglos, esta parábola ha sido interpretada en forma tradicional como un llamado a la acción para que nosotros traigamos de vuelta a la oveja perdida y tendamos la mano a aquellos que se han perdido. Aunque sin duda eso es adecuado y bueno, me pregunto si no significa algo más.

¿Será posible que el objetivo de Jesús, primero y principal, fuera el de enseñar sobre la obra del Buen Pastor?

¿Será posible que Él estuviera testificando del amor de Dios por Sus hijos descarriados?

¿Será posible que el mensaje del Salvador fuera que Dios es plenamente consciente de los que se han perdido y que Él los encontrará, que Él les tenderá la mano y que Él los rescatará?

Si es así, ¿qué debe hacer la oveja para ser merecedora de esa ayuda divina?

¿Necesita la oveja saber manejar un sextante complicado para calcular sus coordenadas? ¿Necesita ser capaz de usar un GPS [sistema de posicionamiento] para definir su posición? ¿Tiene que tener el conocimiento para crear una aplicación que pedirá ayuda? ¿Necesita la oveja el respaldo de un patrocinador antes de que el Buen Pastor venga a rescatarla?

No. ¡Claro que no! La oveja merece el rescate divino sencillamente porque el Buen Pastor la ama.

Para mí, la parábola de la Oveja Perdida es uno de los pasajes de más esperanza en todas las Escrituras.

Nuestro Salvador, el Buen Pastor, nos conoce y nos ama. Él los conoce y los ama.

Él sabe cuándo están perdidos y Él sabe dónde están. Él conoce su dolor, sus súplicas en silencio, sus temores, sus lágrimas.

No importa cómo se hayan perdido, ya sea debido a sus propias malas elecciones o debido a circunstancias más allá de su control.

Lo que importa es que ustedes son Sus hijos y Él los ama. Él ama a Sus hijos.

Debido a que Él los ama, Él los encontrará. Él los pondrá sobre Sus hombros, regocijándose; y cuando los traiga a casa, les dirá a todos: “Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido”3.

¿Qué debemos hacer?

Sin embargo, ustedes deben estar pensando, ¿cuál es la trampa? Sin duda debo hacer más que solo esperar para ser rescatado.

Aunque nuestro amoroso Padre desea que todos Sus hijos regresen a Él, no forzará a ninguno al cielo4. Dios no nos rescatará en contra de nuestra voluntad.

¿Entonces qué debemos hacer?

Su invitación es sencilla:

“Volveos a mí”5.

“Venid a mí”6.

“Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros”7.

Esa es la forma en la que le mostramos que deseamos ser rescatados.

Eso requiere un poco de fe, pero no desesperen. Si no pueden reunir fe ahora, empiecen con la esperanza.

Si no pueden decir que Dios está ahí, pueden esperar que esté allí; pueden desear creer8; eso es suficiente para empezar.

Entonces, actuando con esa esperanza, acérquense al Padre Celestial. Dios les extenderá Su amor, y Su obra de rescate y de transformación comenzará.

Con el tiempo, reconocerán la mano de Él en su vida. Sentirán Su amor; y el deseo de andar en Su luz y seguir Su camino aumentará con cada paso de fe que den.

Llamamos a esos pasos de fe “obediencia”.

Esa no es una palabra popular en estos días. Sin embargo, la obediencia es un concepto valorado en el evangelio de Jesucristo, pues sabemos que “por la expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio”9.

Al aumentar nuestra fe, también debemos aumentar nuestra fidelidad. Cité antes a un escritor alemán que lamentó la destrucción de Dresden. Él también escribió esta frase: “Es gibt nichts Gutes, ausser: Man tut es”. Para aquellos que no hablan el idioma celestial, eso se traduce como “No hay nada bueno a menos que tú lo hagas”10.

Es posible que ustedes y yo hablemos con la mayor elocuencia de las cosas espirituales. Quizás impresionemos a la gente con nuestra genial interpretación de temas religiosos; quizás hablemos con gran entusiasmo sobre religión y “[soñemos de nuestra] celeste mansión”11; pero si nuestra fe no cambia la manera en que vivimos —si nuestras creencias no influyen en nuestras decisiones diarias— nuestra religión es en vano y nuestra fe, si no está muerta, definitivamente no está bien y está en peligro de morir con el tiempo12.

La obediencia es lo que sostiene la fe. Es mediante la obediencia que adquirimos luz en nuestra alma.

No obstante, a veces creo que comprendemos mal la obediencia. Es posible que veamos la obediencia como un fin en sí mismo en vez de un medio para lograr un fin; o es posible que golpeemos el martillo metafórico de la obediencia contra el yunque de hierro de los mandamientos en un esfuerzo por moldear a aquellos a quienes amamos, mediante el fuego constante y el golpeteo repetitivo, en materia más santa y celestial.

Sin duda alguna, hay épocas en las que necesitamos un severo llamado al arrepentimiento. Definitivamente, hay algunas personas a las que solo se puede llegar de esa manera.

Pero quizás haya una metáfora diferente que pueda explicar por qué obedecemos los mandamientos de Dios. Quizás la obediencia no consiste tanto en el proceso de doblar, torcer y golpear nuestras almas para convertirlas en algo que no somos; más bien, es el proceso mediante el cual descubrimos de lo que en verdad estamos hechos.

Fuimos creados por el Dios Todopoderoso. Él es nuestro Padre Celestial; somos literalmente Sus hijos en espíritu. Estamos hechos del material celestial más precioso y altamente refinado y, por lo tanto, llevamos dentro de nosotros la substancia de la divinidad.

Sin embargo, aquí en la tierra, nuestros pensamientos y acciones se ven abrumados por aquello que es corrupto, pecaminoso e impuro. El polvo y la suciedad del mundo manchan nuestras almas, dificultando que reconozcamos y recordemos nuestra herencia y propósito.

Pero todo eso no puede cambiar quienes somos en verdad. La divinidad fundamental de nuestra naturaleza permanece y el momento en que elegimos entregar nuestro corazón a nuestro amado Salvador y poner el pie en el sendero del discipulado, sucede algo milagroso. El amor de Dios llena nuestro corazón, la luz de la verdad llena nuestra mente, empezamos a perder el deseo de pecar y ya no deseamos andar más en tinieblas13.

Llegamos a ver la obediencia no como un castigo sino como un sendero que nos libera hacia nuestro destino divino y, paulatinamente, la corrupción, el polvo y las limitaciones de esta tierra comienzan a desvanecerse. Con el tiempo, el espíritu invalorable y eterno del ser celestial en nosotros se revela y nuestra naturaleza llega a ser un resplandor de bondad.

Ustedes son merecedores del rescate

Mis queridos hermanos y hermanas, mis queridos amigos, testifico que Dios nos ve como en verdad somos; y Él nos ve merecedores del rescate.

Es posible que sientan que su vida está en ruinas. Es posible que hayan pecado; es posible que tengan temor, estén enojados, apenados o que las dudas los torturen; pero así como el Buen Pastor encuentra a Su oveja perdida, si solo elevan su corazón al Salvador del mundo, Él los encontrará.

Él los rescatará.

Él los levantará y colocará en Sus hombros.

Él los llevará a casa.

Si las manos mortales pueden transformar los escombros y las ruinas en una hermosa casa de adoración, entonces podemos tener confianza y seguridad de que nuestro amoroso Padre Celestial puede restaurarnos y lo hará. Su plan es hacernos algo mucho mejor de lo que fuimos, mucho mejor de lo que podamos imaginarnos. Con cada paso de fe en el sendero del discipulado, nos convertimos en los seres de gloria eterna y gozo infinito que fuimos designados a llegar a ser.

Este es mi testimonio, mi bendición y mi humilde ruego. En el sagrado nombre de nuestro Maestro, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Véase de Erich Kästner, Als ich ein kleiner Junge war, 1996, págs. 51–52 (traducción libre).
  2. Lucas 15:4–5.
  3. Lucas 15:6.
  4. Véase “Know This, That Every Soul Is Free”, Hymns, nro. 240.
  5. Joel 2:12.
  6. Mateo 11:28.
  7. Doctrina y Convenios 88:63.
  8. Véase Alma 32:27.
  9. Artículos de Fe 1:3.
  10. Erich Kästner, Es gibt nichts Gutes, ausser: Man tut es, 1950.
  11. “¿En el mundo he hecho bien?”, Himnos, nro. 141.
  12. Véase Santiago 2:26.
  13. Véase Juan 8:12.

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