Aprendan de Alma y Amulek.

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf

Alma, hijo

Entre los personajes más inolvidables de las Escrituras está Alma, hijo. Aunque era hijo de un gran profeta, se desvió del camino por un tiempo y se convirtió en un “hombre muy malvado e idólatra”. Por cuestiones que solo podemos adivinar, él se opuso activamente a su padre y procuró destruir la Iglesia; y debido a su elocuencia y persuasión, tuvo gran éxito1.

Sin embargo, la vida de Alma cambió cuando un ángel del Señor se le apareció y le habló con voz de trueno. Durante tres días y tres noches, Alma fue “[martirizado con] un tormento eterno… sí, con las penas de un alma condenada”. Y luego, de alguna manera, un vago recuerdo trajo luz a la oscuridad de su mente, una verdad eterna que su padre enseñó: que Jesucristo vendría para “[expiar] los pecados del mundo”. Alma había rechazado esos conceptos desde hacía mucho tiempo, pero ahora su “mente [se concentró] en este pensamiento” y humilde y sinceramente, depositó su confianza en el poder expiatorio de Cristo2.

Después de esa experiencia, Alma fue un hombre cambiado y desde ese momento, dedicó su vida a reparar el daño que había causado. Él es un ejemplo potente de arrepentimiento, perdón y fidelidad perpetua.

Con el tiempo, Alma fue elegido para suceder a su padre como cabeza de la Iglesia de Dios.

Cada ciudadano de la nación nefita debe haber conocido la historia de Alma. Los Twitters, Instagrams y Facebooks de esa época se habrían llenado con imágenes e historias sobre él. Probablemente apareció con frecuencia en la portada de El semanal de Zarahemla y fue el tema de editoriales y especiales de televisión. En resumen, quizás fue la celebridad más conocida de sus días.

No obstante, cuando Alma vio que su pueblo estaba olvidando a Dios y levantándose en el orgullo y la contención, eligió renunciar a su cargo público y dedicarse “completamente al sumo sacerdocio del santo orden de Dios”3, predicando el arrepentimiento entre los nefitas.

Al principio Alma tuvo mucho éxito— hasta que viajó a la ciudad de Ammoníah. Las personas de esa ciudad estaban muy al tanto de que Alma ya no era su líder político; tenían poco respeto por la autoridad de su sacerdocio. Lo denigraron, ridiculizaron y expulsaron de su ciudad.

Descorazonado, Alma le volvió la espalda a la ciudad de Ammoníah4,

pero un ángel le dijo que regresara.

Piensen en ello: se le dijo que regresara al pueblo que lo odiaba y que era hostil hacia la Iglesia. Era una asignación peligrosa y quizás una que pondría en riesgo su vida; pero Alma no dudó. “Él volvió prestamente”5.

Alma había estado ayunando muchos días cuando entró en la ciudad; al estar allí, le pidió a un completo extraño que le diera “algo de comer a un humilde siervo de Dios”6.

Amulek

El nombre de ese hombre era Amulek.

Amulek era un ciudadano rico y muy conocido de Ammoníah. Aunque descendía de una larga línea de creyentes, su propia fe se había debilitado. Más adelante confesó: “Fui llamado muchas veces, y no quise oír; de modo que sabía concerniente a estas cosas, mas no quería [creer]; por lo tanto, seguí rebelándome contra Dios”7.

Sin embargo, Dios estaba preparando a Amulek y cuando este conoció a Alma, dio la bienvenida al siervo del Señor a su casa, donde Alma se quedó por muchos días8. Durante ese tiempo, Amulek abrió su corazón al mensaje de Alma y le sobrevino un cambio maravilloso. Desde ese momento, Amulek no solo creyó, sino que también se convirtió en un defensor de la verdad.

Cuando Alma salió nuevamente a enseñar entre el pueblo de Ammoníah, tenía un segundo testigo a su lado— Amulek, que era uno de ellos.

Los acontecimientos posteriores constituyen una de las historias más agridulces de todas las Escrituras; pueden leer sobre ello en Alma, capítulos 8 al 16.

Hoy, quisiera pedirles que consideren dos preguntas:

Primero: “¿Qué puedo aprender de Alma?”.

Segundo: “¿En qué forma soy como Amulek?”.

¿Qué puedo aprender de Alma?

Para comenzar, preguntaré a todos los líderes del pasado, presente y futuro de la Iglesia de Jesucristo: “¿Qué pueden aprender de Alma?”.

Alma era un hombre excepcionalmente dotado y capaz. Debe haber sido fácil pensar que él no necesitaba la ayuda de nadie. Sin embargo, ¿qué hizo Alma cuando regresó a Ammoníah?

Encontró a Amulek y le pidió ayuda.

Y Alma recibió ayuda.

Por la razón que sea, algunas veces, nosotros como líderes somos reacios a buscar y pedir ayuda a nuestros Amuleks; quizás pensamos que podemos hacer mejor el trabajo nosotros mismos, o no deseamos causar molestias a los demás, o suponemos que los demás no querrán participar. Muy frecuentemente, dudamos en invitar a las personas a que utilicen los talentos que Dios les ha dado y participen en la gran obra de salvación.

Piensen en el Salvador, ¿comenzó Él a establecer Su Iglesia solo?

No.

Su mensaje no fue “Aléjate; yo me encargaré de esto”. Más bien fue “Ven, sígueme”9. Él inspiró, invitó, instruyó y luego confió a Sus seguidores que hicieran “las cosas que me habéis visto hacer”10. De esa manera, Jesucristo edificó no solo Su Iglesia, sino también a Sus siervos.

Cualquiera que sea la posición en la que actualmente sirvan —ya sea como presidente de cuórum de diáconos, presidente de estaca o presidente de Área— para tener éxito, deben encontrar a sus Amuleks.

Quizás sea una persona que es modesta o incluso invisible en sus congregaciones; quizás sea alguien que parece no estar dispuesto a prestar servicio o incapaz de hacerlo. Sus Amuleks pueden ser jóvenes o mayores, hombres o mujeres, sin experiencia, cansados o que no estén activos en la Iglesia; pero lo que quizás no se vea a simple vista es que ellos están esperando escuchar de ustedes las palabras: “¡El Señor los necesita! ¡Yo los necesito!”.

En el fondo, muchos quieren servir a su Dios; quieren ser un instrumento en Sus manos; quieren meter su hoz y esforzarse con su fuerza para preparar la tierra para el regreso de nuestro Salvador. Ellos quieren edificar Su Iglesia, pero son reacios a comenzar y a menudo esperan que se les pida.

Los invito a que piensen en aquellas personas de sus ramas y barrios, de sus misiones y estacas, que necesitan escuchar el llamado a actuar. El Señor ha estado trabajando con ellos, preparándolos, ablandándoles el corazón; Búsquenlos, mirando con el corazón.

Acérquense a ellos, enséñenles, inspírenlos, pídanles.

Compartan con ellos las palabras que el ángel dijo a Amulek: que las bendiciones del Señor reposarán sobre ellos y sus casas11. Tal vez les sorprenda descubrir a un valiente siervo del Señor, quien de lo contrario habría permanecido escondido.

¿En qué forma soy como Amulek?

Si bien algunos de nosotros debemos estar buscando a un Amulek, quizás para otros la pregunta sea: “¿En qué forma soy como Amulek?”.

Quizás ustedes, a lo largo de los años, han llegado a estar menos comprometidos en su discipulado; quizás el fuego de su testimonio ha disminuido; quizás se han distanciado del cuerpo de Cristo; quizás se han ofendido o incluso enojado. Al igual que algunos de la antigua iglesia de Éfeso, tal vez ustedes hayan dejado a su “primer amor”12: las verdades sublimes y eternas del evangelio de Jesucristo.

Quizás, al igual que Amulek, saben en su corazón que el Señor los ha “llamado muchas veces”, pero “no quisieron oír”.

No obstante, el Señor ve en ustedes lo que vio en Amulek— el potencial de un siervo valiente con una importante obra que realizar y un testimonio que compartir. Hay servicio que nadie más puede prestar de la misma manera. El Señor les ha confiado Su santo sacerdocio, el cual posee el potencial divino para bendecir y edificar a los demás. Escuchen con el corazón y sigan los susurros del Espíritu.

La trayectoria de un miembro

Me conmovió la trayectoria de un hermano que se preguntó: “Cuando el Señor llame, ¿escucharé?”. Llamaré a ese buen hermano David.

David se convirtió a la Iglesia hace unos 30 años; sirvió una misión y asistió a la facultad de leyes. Mientras estudiaba y trabajaba para mantener a su joven familia, encontró información sobre la Iglesia que lo confundió; cuanto más leía esos materiales negativos, más perturbado se sentía. Finalmente, pidió que se borrara su nombre de los registros de la Iglesia.

A partir de ese momento, al igual que Alma en sus días de rebeldía, David pasó mucho tiempo discutiendo con miembros de la Iglesia y participando en conversaciones en línea con el propósito de cuestionar sus creencias.

Él era muy bueno para esas cosas.

A uno de los miembros con quien debatía le llamaré Jacob. Jacob era siempre amable y respetuoso con David, pero también firme en su defensa de la Iglesia.

Con los años, David y Jacob desarrollaron respeto y amistad mutuos. Lo que David no sabía era que Jacob estaba orando por David y que lo hizo fielmente durante más de una década; incluso ponía el nombre de su amigo para que oraran por él en los templos del Señor y esperaba que el corazón de David se ablandara.

Con el tiempo, lentamente, David cambió; comenzó a recordar con cariño las experiencias espirituales que una vez tuvo y recordó la felicidad que sentía cuando era miembro de la Iglesia.

Al igual que Alma, David no había olvidado por completo las verdades del Evangelio que una vez abrazó. Como Amulek, David sintió que el Señor le tendía la mano. David era ahora socio en un bufete de abogados, un trabajo prestigioso; tenía la reputación de ser crítico de la Iglesia y tenía demasiado orgullo para pedir que lo readmitieran.

No obstante, continuó sintiendo el llamado del Pastor.

Creyó plenamente en la Escritura “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”13. Oró: “Querido Dios, quiero volver a ser Santo de los Últimos Días, pero tengo preguntas que necesitan respuestas”.

Comenzó a escuchar los susurros del Espíritu y las respuestas inspiradas de amigos como nunca antes lo había hecho. Una tras otra, sus dudas se tornaron en fe, hasta que por fin se dio cuenta de que, una vez más, podía sentir un testimonio de Jesucristo y Su Iglesia restaurada.

En ese momento, supo que podría superar su orgullo y hacer lo que fuera necesario para ser aceptado de nuevo en la Iglesia.

Con el tiempo, David entró en las aguas del bautismo y entonces comenzó a contar los días hasta que se le pudiesen restaurar sus bendiciones.

Me complace informar que este verano pasado se le restauraron a David sus bendiciones. Otra vez participa plenamente en la Iglesia y presta servicio como maestro de Doctrina del Evangelio en su barrio; aprovecha toda oportunidad para hablar a los demás sobre su transformación, para reparar el daño que ocasionó y para dar testimonio del Evangelio y de la Iglesia de Jesucristo.

Conclusión

Mis queridos hermanos, mis queridos amigos, busquemos, encontremos, inspiremos y confiemos en los Amuleks de nuestros barrios y estacas. Hay muchos Amuleks en la Iglesia hoy en día;

tal vez conozcan a uno y quizás ustedes sean uno de ellos.

Quizás el Señor les ha estado susurrando, instándolos a regresar a su primer amor, a contribuir con sus talentos, a ejercer dignamente el sacerdocio y a servir, hombro a hombro, con los demás santos para acercarse más a Jesucristo y edificar el reino de Dios aquí en la tierra.

Nuestro amado Salvador sabe dónde se encuentran; conoce el corazón de ustedes; Él quiere rescatarlos; Él les extenderá la mano; solo ábranle su corazón. Es mi esperanza que quienes se hayan apartado del camino del discipulado —incluso solo unos grados— contemplen la bondad y la gracia de Dios, vean con el corazón, aprendan de Alma y Amulek y escuchen las palabras del Salvador que cambian la vida: “Ven, sígueme”.

Los insto a que den oído a Su llamado, porque ciertamente recibirán la cosecha del cielo; las bendiciones del Señor reposarán sobre ustedes y su casa14.

De esto testifico y les dejo mi bendición en calidad de Apóstol del Señor, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Véase Mosíah 27:8–10.
  2. Véase Alma 36:6–20.
  3. Alma 4:20.
  4. Véase Alma 8:24.
  5. Alma 8:18.
  6. Alma 8:19.
  7. Véase Alma 10:2–6.
  8. Véase Alma 8:27.
  9. Lucas 18:22.
  10. Traducción de José Smith, Mateo 26:25 (en el apéndice de la Biblia).
  11. Véase Alma 10:7.
  12. Véase Apocalipsis 2:4.
  13. Santiago 1:5.
  14. Véase Alma 10:7.

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