Ahora lo entiendo

Por Fábio Henrique N. Da Silva

Al oír acerca del Libro de Mormón, sentí curiosidad; cuando oré, el Espíritu me hizo saber que era verdadero.

Supe de la Iglesia por primera vez en junio de 1995, cuando tenía 13 años. Siempre tuve el deseo de saber de dónde venía y adónde iría al morir, aunque nunca había buscado la respuesta en ninguna religión; pensaba que con el tiempo llegaría a saber esas cosas.

Una noche, unos amigos, mi hermano mayor y yo nos reunimos para charlar. Mientras hablábamos, dos misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días pasaron por nuestro lado, por lo que el tema de nuestra conversación se volvió a la religión. Mi prima dijo que estaba recibiendo las charlas de los misioneros y que le parecían muy interesantes. Nos habló del Libro de Mormón y de alguien llamado José Smith. Cuando dijo “Libro de Mormón”, despertó mi interés, y le pedí que me dejara verlo. Ella me dijo: “Si alguno quiere ver el libro, los misioneros irán mañana a mi casa. Pueden pedirles un libro a ellos”. Eso fue precisamente lo que hicimos mi hermano y yo.

A la hora señalada, estábamos allí para escuchar la charla. Hicimos muchas preguntas. Me encantaba el mensaje y estaba seguro de que los misioneros decían la verdad. El Espíritu me testificó de la veracidad de sus palabras. Esa misma noche, mi hermano y yo recibimos un ejemplar del Libro de Mormón.

Después de eso, los misioneros pasaron por nuestra casa y nos dieron la primera charla y después la invitación: “¿Orarán a nuestro Padre Celestial para saber si el Libro de Mormón es verdadero?”. Ambos accedimos.

La primera noche oré antes de irme a dormir, pero estaba tan cansado que me quedé dormido sin aguardar la respuesta. La segunda noche volví a orar, pero no recibí respuesta alguna. La noche siguiente, volví a orar; deseaba sentir lo que me habían enseñado los misioneros: “…haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien” (D. y C. 9:8). Oré y esperé, pero no hubo respuesta; aún así, me acosté convencido de que algún día la recibiría.

El día siguiente era el primer domingo del mes y fuimos a la Iglesia. Fue allí donde sucedió. Durante la lección, empecé a sentir algo que no había sentido antes, algo que me hizo muy feliz. Al comienzo de la reunión de testimonios tenía el deseo de compartir mi testimonio, pero no tuve valor. Sin embargo, estaba seguro de que el Libro de Mormón era verdadero.

Mi hermano y yo aceptamos el Evangelio sin traba alguna. Teníamos un testimonio del Libro de Mormón y sabíamos que todo lo demás que nos enseñarían los misioneros también sería verdadero.

Necesitamos ese testimonio para permanecer firmes en la Iglesia, pues enfrentamos muchas pruebas. Mi madre no nos dio permiso para bautizarnos, pero no nos impidió que fuéramos a las reuniones; asistimos fielmente a la Iglesia y a seminario. En la escuela padecí persecución de quienes consideraba mis amigos. Fue difícil, pero esas experiencias fortalecieron mi testimonio.

Después de siete meses, un misionero nos alentó a ayunar con él respecto a nuestro bautismo. Al terminar el ayuno, los misioneros fueron a mi casa y hablaron con mi madre; para nuestra inmensa alegría, dio permiso para que mi hermano y yo nos bautizáramos.

Las pruebas nos fortalecen.

Mi hermano y yo seguimos fuertes en la Iglesia. Ambos hemos servido en misiones de tiempo completo. Al leer el Libro de Mormón, al asistir a las reuniones, al ir a instituto, al orar a mi Padre Celestial, al ayunar y al guardar los mandamientos, mi testimonio permanece firme.

Ahora entiendo por qué los misioneros quieren que los investigadores oren para recibir un testimonio del Libro de Mormón. Gracias al Libro de Mormón pude encontrar la Iglesia verdadera y las respuestas a mis preguntas.

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