Como amar a mi hija descarriada.

Nombre omitido

A través del Espíritu del Señor, me di cuenta de que la mejor forma de ayudar a mi hija era hacer cambios en mi propia vida.

Años atrás, cuando era una joven madre, mi corazón se quebrantó cuando mi esposo abandonó la Iglesia y después a mí. Acogí a mi lado a mis dos hijitas y centré nuestra vida en el Evangelio.

Oraba por mis hijas diariamente y les hacía participar en actividades saludables. Los maestros orientadores y los obispos me aseguraron que mis pequeñas serían mías por las eternidades y que apreciarían los sacrificios que hacía por ellas. Me consolé en el hecho de que, como ellas habían nacido en el convenio, serían herederas de las bendiciones prometidas. Tres años después del divorcio, me casé con un fiel Santo de los Últimos Días y tenía la certeza de que todo iría bien.

Pero pronto comenzamos a tener serios problemas con mi hija menor. De pequeña había sido una niña feliz y llena de energía, pero en la adolescencia se convirtió en un ser exigente, rebelde y agresivo. Empezó a fumar, a beber, a experimentar con drogas y a hurtar en las tiendas; empleaba un lenguaje soez y empezó a tener relaciones sexuales. Desafiaba toda clase de autoridad y terminó por abandonar la escuela secundaria.

Momentos Desesperados

Ese era uno de los desafíos más difíciles que jamás había enfrentado. Mi esposo y yo deseábamos que se arrepintiera, obtuviera un testimonio y sintiera paz en su vida. Me desanimé y estaba inconsolable; no soportaba la idea de que pudiera “perder” a otro ser querido.

Ayunamos y oramos para suplicar a nuestro Padre Celestial que no permitiera que esa hija se extraviara. Mi esposo y yo hablamos y decidimos pedir consejo a nuestro obispo. Pusimos el nombre de ella en la lista de oración del templo, y aunque mi paciente esposo fue una gran ayuda para mí, sus esfuerzos para con mi hija eran en su mayor parte ineficaces porque ella se negaba a aceptarlo como una figura con autoridad.

Durante esa época recibí numerosas bendiciones del sacerdocio; pasé horas intentando hablar con ella. Leí las Escrituras y libros que hablaban sobre el trato con hijos difíciles; pedí consejo, hablé con amigos y familiares, y supliqué a los líderes de las jóvenes que me ayudaran y que ejercieran algún tipo de influencia en ella.

Me preguntaba: ¿Dónde está la dicha de la vida familiar? ¿Cuándo cesarán todos estos problemas?. Teníamos miedo de casi todas las pesadillas actuales: adolescentes embarazadas, enfermedades de transmisión sexual, adicción a las drogas, muerte por accidente al conducir bajo los efectos del alcohol. Al no encontrar solución alguna al problema, perdí la confianza en mi capacidad de ser una buena madre; me sentía desesperada, afligida, preocupada, enojada y desvalida.

Mis Propios Cambios

Tras varios años de frustración, empecé a darme cuenta de que hacía falta hacer ciertos cambios en mi propia vida. Empecé a ver que, en mis esfuerzos por ayudar a mi hija, actuaba motivada por el terror y no por la fe. El camino del Señor no es un arrebato de temor; Jesucristo nos brinda esperanza y no desesperación. Satanás es el autor del desánimo y de la infelicidad, y yo había estado prestando atención a la voz equivocada.

Decidí volver a los principios básicos del Evangelio y edificar una espiritualidad más sólida y fuerte. Por ejemplo, me pregunté cuándo había sido la última vez que había ofrecido una oración de gratitud. ¿Me había olvidado por completo de mis muchas bendiciones? ¿Había buscado conscientemente las buenas cualidades de mi hija? ¿Apreciaba a los miembros obedientes de la familia? ¿Reconocía los momentos dichosos de cada día? ¿Disfrutaba de una hermosa puesta de sol o de una tenue llovizna?

Estaba avergonzada. Me había vuelto tan negativa y desdichada que mis pensamientos y hechos no reflejaban mi testimonio de Jesucristo. Mi rostro no mostraba mi amor por el Salvador ni la esperanza que Él nos brinda.

Decidí cambiar y me concentré en llenar el alma con pensamientos y sentimientos positivos. Leí libros edificantes y dejé de ver programas de televisión carentes de sustancia. Me volví más diligente en un programa de ejercicio personal, el que contribuyó a aliviar la tensión y a levantarme el ánimo.

Pero lo más importante es que cambié mi forma acostumbrada de estudiar las Escrituras. Tengo la mente más despejada por la mañana, así que empecé a leerlas temprano. A veces leía sólo unos cuantos versículos; y otras, capítulos enteros. Al estar en el coche, apagaba la radio y reflexionaba en lo que había leído esa mañana. Las experiencias espirituales que tenía en esos momentos, en el auto, satisfacían con creces los noticieros e informativos que dejaba de escuchar sobre la circulación del tráfico.

El Recibir Revelación Personal

Empezaron a suceder cosas asombrosas. Mi mente comenzó a recibir impresiones: ideas sobre cómo manejar las situaciones cotidianas y cómo prepararme para las asignaciones en la Iglesia; incluso recibí inspiración sobre cómo tratar a mi preciada hija.

Un día percibí que debía orientar las conversaciones que tenía con mi hija hacia las cosas positivas que teníamos en común. Indiscutiblemente, los gustos que compartíamos en la música, el arte y las películas antiguas nos facilitaron temas amenos de conversación, y ese cambio de gran utilidad fue el primer paso hacia la reparación de nuestra dañada relación.

Otra mañana, recibí una fuerte impresión que persistió durante los meses siguientes: la fuerza no es la respuesta. Con lágrimas, supliqué a mi Padre Celestial que me perdonara por olvidar que el albedrío es un elemento básico de Su plan. Me di cuenta de que no es apropiado intentar obligar a alguien a hacer algo, aun cuando ese algo sea correcto. Ése es el plan de Satanás.

El cambio no se produjo de la noche a la mañana; fue difícil y exigió gran esfuerzo. A veces sufría reveses, pero continuaba intentándolo. Como padres, todavía teníamos que fijar normas en cuanto a lo que era aceptable en casa, pero nuestra hija empezó a reaccionar de forma más positiva porque ahora yo me mostraba más confiada y menos susceptible a dejarme llevar por las emociones.

Las constantes impresiones espirituales que recibimos fueron una gran bendición. Línea por línea, el Espíritu nos enseñaba qué hacer y cuándo debíamos hacerlo. Si obedecíamos, éramos bendecidos; y cuando fallábamos, recibíamos un tierno recordatorio.

Fe En Jesucristo

En una ocasión, el Espíritu me recordó que la verdadera conversión procede del Señor, así que en vez de simplemente orar para que mi hija hiciera lo que le pidiera, empecé a suplicar que la bendijera con un cambio de corazón. Incluso busqué momentos para hablar con ella sobre el Salvador. Por ejemplo, ella estuvo de acuerdo en que un mundo violento necesita más de los tiernos caminos del Señor.

A medida que el Espíritu me enseñaba, empecé a tener más conciencia de la gran misericordia que Cristo tiene por mí. Un día pensé: “Quizás las experiencias que estoy teniendo con los miembros descarriados de mi familia me sirvan para darme cuenta de que yo también me descarrío cuando no deposito toda mi fe y confianza en Él. Quizás los problemas que la familia tiene con esta hija pródiga lleguen a ser para nuestro beneficio. Incluso, es posible que nuestras debilidades, aunque no sean tan visibles como las de ella, precisen también refinamiento”.

Al empezar a tener esos pensamientos, estuve más agradecida que nunca por la expiación de Cristo; y al aumentar mi gratitud, también se incrementó mi fe en la capacidad que Él tenía de influir en la vida de mi hija. Obtuve la firme convicción de que Él continuará dándole Su influencia y tratar de que regrese, ¡ya que Él incluso la ama más que yo! Ahora, mi papel es el de estar más cerca de ella y luchar por llegar a ser el mejor ejemplo posible del Salvador.

Una Esperanza Brillante En el Porvenir

Hoy día, esta hija todavía sigue inactiva en la Iglesia, pero lleva una vida mejor. Hace poco se casó con un buen hombre; tiene una buena profesión y es responsable y capaz en su trabajo. Ambas sostenemos una buena relación y tengo mucha esperanza en que un día vuelva a las enseñanzas de su infancia.

A través de esos momentos difíciles he aprendido que en nuestra vida tenemos derecho a la inspiración, y creo firmemente que el Espíritu Santo puede ayudarnos al prepararnos para percibir Sus impresiones y actuar de acuerdo con ellas.

Las experiencias que he tenido con esta hija también me han acercado más al Salvador; me han enseñado a escudriñar mi propia alma, a buscar la guía del Espíritu Santo, a confiar en la Expiación, a estar agradecida por lo que tengo y a tener esperanza en el futuro.

“Acérquenlos a ustedes”

“El corazón se me enternece por aquellos de nuestros jóvenes que en muchos casos deben recorrer un camino solitario por la vida. Ellos se encuentran en medio de esos males. Espero que puedan compartir sus problemas con ustedes, sus padres y sus madres. Confío en que ustedes los escuchen, que sean pacientes y comprensivos, que los acerquen a ustedes y los consuelen y los apoyen en su soledad. Oren para pedir orientación, para pedir paciencia. Oren y supliquen tener la fortaleza necesaria para querer[los] aunque la infracción haya sido grave. Oren para pedir entendimiento y bondad, y, sobre todo, sabiduría e inspiración” —Presidente Gordon B. Hinckley (“‘Y se multiplicará la paz de tus hijos’”, Liahona, enero de 2001, pág. 67).

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