El compañero menor.

Por John L. Hauter

¿Que efecto podria tener un joven de 14 años en la orientacion familiar?Yo no era más que un muchacho.
¿Quién era yo para decirle a un élder que hiciera sus visitas?

compañero menor

 

 

 

No era sólo un élder, sino un élder al que nunca había conocido ni siquiera visto en las reuniones. Lo único que sabía de él era su nombre y que había sido un atleta.

Tres meses antes me habían llamado para ser compañero menor de orientación familiar y aún no había visitado a nadie; y el que mis dos mejores amigos fueran maestros orientadores activos no me servía de mucho.

Uno de ellos tenía la asignación de hacer las visitas con su padre y el otro con un miembro de la presidencia del quórum de élderes. Mi padre servía en el obispado y en aquel entonces no tenía ninguna asignación de visitas. ¿Qué podía hacer un compañero de 14 años?

 

Decidí que mis sentimientos de culpa tenían que ser responsabilidad del hermano Jensen, quien había sido el asesor de mi quórum de diáconos y nos había enseñado la importancia de la orientación familiar. También me explicó que es deber de los maestros del Sacerdocio Aarónico el ser fieles maestros orientadores. Nos había advertido que quizás tendríamos que recordar y animar a nuestro compañero mayor para hacer las visitas. En fin, mis opciones eran bastante sencillas. Podía aguardar a que mi compañero mayor me llamara y hacer todo lo posible para no sentirme culpable, o bien podía ir a su casa, presentarme y hacer los arreglos para las
visitas.

Por otro lado, él era el compañero mayor y se suponía que era él el que debía encargarse de todo. ¿No estaría yo
asumiendo demasiada autoridad al ponerme en contacto con él? Incluso podría ofenderse. Sería mejor esperar,
pensé. Entonces recordé las palabras del hermano Jensen. “Si su compañero mayor no se pone en contacto con
usted”, había dicho, “póngase usted en contacto con él y hágale saber que está disponible para hacer las visitas”.
Nos explicó que si aún así el compañero mayor no iba a hacer las visitas de orientación familiar, la responsabilidad
recaería sobre él. Hasta que no hiciera el esfuerzo de ir, yo tenía que asumir mi parte del fracaso.
Finalmente me armé de valor para ir a mi compañero y presentarme a él.
El domingo, durante las reuniones, comencé a sentirme más y más nervioso. ¿Qué pensaría mi compañero?
¿Se echaría a reír? Quizás se enfadaría y me echaría de su casa. Sentía que no podría hacerlo, pero había prometido
llegar hasta el final e intentarlo. Si él reaccionaba negativamente, por lo menos yo habría hecho mi parte.
Al acercarme a su casa me di ánimos para llegar hasta la entrada e hice una oración muy sencilla y directa:
Señor, ayúdame por favor. Mis temores se fueron por el momento, subí los peldaños con rapidez y llamé a la puerta.
Sabía que alguien iba a contestar porque oía ruidos como de fiesta en el interior. El temor regresó, pero era
demasiado tarde para echarse a correr. La puerta se abrió y una mujer me preguntó qué quería.

Pudo haber sido cortés, grosera, sensible o hasta brusca. Pero no lo sé porque estaba intentando recordar por
qué estaba allí. “¿Está el hermano Johnson?”, alcancé a preguntar tímidamente. “Un momento, por favor”. Creí oír unas risas, pero no estaba seguro. Ni siquiera me dio tiempo de respirar cuando un hombre muy alto apareció en la puerta. Tenía cara de pocos amigos. “¿Sí?”, dijo.
Estoy seguro de que yo estaba asustado, porque él esbozó una pequeña sonrisa. Me calmé lo suficiente como para ofrecer en mi mente una pequeña oración por última vez. “Me llamo John”, dije en un tono que no me pareció
asustado, “y soy su compañero de orientación familiar. Me preguntaba cuándo podríamos hacer
nuestras visitas”. No sé si le causó gracia o sorpresa, pero no me echó de su casa. Un buen comienzo, pensé.
Sonrió y dijo: “Dame tu número de teléfono y te llamaré”.

Volví a casa con un buen sentimiento; me había esforzado y si él no llamaba, podría decir que lo había intentado. Cuando llegué a casa le conté a mis padres lo ocurrido, aunque no creo que ellos esperaran que recibiese la llamada.
Aquella misma noche me llamó el hermano Johnson, mi compañero.“¿Podrías hacer las visitas el martes a las 7:00  de la tarde?”, preguntó. “Claro”, balbuceé.
“Entonces pasaré a recogerte. Adiós”. Y colgó.

El martes por la noche fuimos a hacer las visitas. Tiempo después supe que después de mi visita de aquel domingo, él llamó al presidente del quórum de élderes para obtener los nombres de las familias que se nos había asignado visitar, y luego concertó las citas.

Fijamos una rutina. El tercer domingo de cada mes yo pasaba por su casa y luego él concretaba las citas. Muy
rara vez se nos pasaba visitar a alguien en los dos años que fuimos compañeros. También llegamos a ser muy
buenos amigos. Incluso asistió a las reuniones en varias ocasiones, pues dijo que quería ver si el presidente del
quórum se desmayaba de la sorpresa. Aprendí dos lecciones importantes. La primera es que un poseedor del Sacerdocio Aarónico puede tener una influencia positiva en la orientación familiar; y segunda, que un hermano menos activo puede ser un maestro orientador muy activo. Como maestro orientador, el hermano Johnson me enseñó muchas cosas.

Liahona, Noviembre 2001

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