Como superar las barreras idiomaticas

Por Melissa Merrill

Revistas de la Iglesia

Por todo el mundo hay miembros que oran al Señor en busca de las formas de comunicarse con sus hermanos y hermanas en el Evangelio.

Cuando Kazue Horikami era joven y se trasladó de Japón, su tierra natal, a Hawai, no tuvo necesidad de aprender inglés: en su casa hablaba en japonés, hacía las compras en una zona donde había gran concentración de japoneses y después empezó a trabajar como guía de turistas japoneses. El único lugar donde a veces encontraba una barrera idiomática era en la Iglesia, algo que les sucedía a muchos otros Santos de los Últimos Días. Sin embargo, incluso allí se sintió a gusto después de hacer amistad con tres o cuatro hermanas que hablaban la misma lengua que ella.

Pero, después de veinticinco años de vivir en Hawai, la hermana Horikami fue llamada para ser presidenta de la Sociedad de Socorro de su barrio, una perspectiva que la abrumaba. “La mayoría de las hermanas hablaba sólo inglés, y había algunas que hablaban únicamente samoano o tagalo”, comenta. “En aquellos días, yo ya podía entender otros idiomas bastante bien, pero no sentía confianza al hablarlos. Aunque comprendía la mayor parte de lo que mis hermanas decían, pensaba en cómo sería posible prestarles servicio si ni siquiera podía mantener una conversación con ellas”.

Sabía que no tenía la alternativa de tomar lecciones de idiomas, porque sencillamente no contaba con el tiempo. Durante la entrevista de la recomendación para el templo con el presidente de la estaca le expresó su preocupación. “Le dije que sentía inquietud no sólo ante la responsabilidad, sino también por la posibilidad de que hubiera malos entendidos”, dice. El presidente se quedó pensativo, reflexionando, y luego le respondió que no se preocupara por la cuestión de los idiomas, por lo menos por el momento. “Dedíquese a su tarea lo mejor que pueda”, le dijo, y ella le prometió que lo haría.

A los pocos días, mientras la hermana se hallaba en el templo, le vino a la memoria el relato de Pedro, cuando caminó sobre el agua (véase Mateo 14:22–33). “Me di cuenta de que mientras me aferrara al temor, me hundiría”, comenta; “pero que si ponía mi fe en el Salvador, Él me ayudaría a hacer lo imposible”.

”Lo imposible” comenzó con intentos sencillos pero esforzados. La hermana Horikami menciona que pasaba largos ratos estudiando la lista de miembros de la Sociedad de Socorro. “Al examinar uno por uno los nombres de las hermanas, me daba cuenta de que se me ocurrían ideas sobre esa hermana en particular y sentía impresiones de la mejor manera de prestarle servicio. Después, cuando seguía esas impresiones, me asombraba al descubrir cuán específicas y personales eran.

“Así fue como comencé”, continúa. “Al cabo de varios meses, esos pequeños actos se convirtieron en lazos de cuidado y atención, no sólo de mí hacia ellas, sino también de ellas hacia mí”.

Finalmente, la hermana Horikami aprendió inglés, pero se apresura a asegurar que lo que la ayudó a prestar servicio fue el Espíritu, no su capacidad para aprender idiomas. “Aprendí que el Espíritu no está limitado por el idioma”, afirma, “sino que nos habla a todos de manera que podamos entender”.

Tal como ella, miembros de la Iglesia por todo el mundo han experimentado la frustración y el aislamiento que traen consigo las barreras idiomáticas. Pero, como la hermana Horikami, ellos y sus líderes pueden acudir al Señor en busca de ayuda. Las ideas que se ofrecen a continuación para superar la barrera del idioma provienen de miembros y líderes de todas partes del mundo.

Aceptemos el concepto de que el idioma es secundario

En la Estaca de Francfort, Alemania, cuyos miembros provienen de más de ochenta naciones, la dificultad en superar las barreras idiomáticas es un hecho con el que están familiarizados. Pero el idioma, según dice Axel Leimer, Presidente de la estaca, es de importancia secundaria.

El presidente Leimer, cuya familia no sabía alemán cuando se mudaron a Francfort, comenta que sus hijos y los de otras familias son tal vez el mejor ejemplo de esa realidad. “Nunca los desanimó el hecho de no entenderse los unos con los otros”, dice, “y de todos modos jugaban con los demás niños. Para ellos, la diferencia de idiomas no tenía ninguna importancia; todavía no habían aprendido a tener prejuicios ni temores”.

Por otra parte, agrega que los muchos matrimonios misioneros extranjeros que prestan servicio en llamamientos de los barrios de la estaca tampoco se sienten intimidados por las diferencias idiomáticas. “Muchos de ellos no hablan alemán, pero traen consigo una vasta experiencia para sus asignaciones, y sus contribuciones son considerables”, dice. “Las hermanas han prestado servicio en la guardería, en clases de la Primaria y como bibiliotecarias, incluso organizaron una biblioteca donde nunca había habido una; y algunos de los hermanos han sido líderes de grupo de los sumos sacerdotes, secretarios financieros y maestros orientadores. Participan en las clases (y alguien traduce sus comentarios) y a veces hasta enseñan.

“Muchas veces, todo lo que la gente necesita es la base común del Evangelio”, continúa el presidente Leimer. “He observado en los pasillos a personas que conversan, a pesar de que ninguna de las dos habla el idioma de la otra; pero de algún modo encuentran la forma de comunicarse. Cualquiera que sea el idioma, es posible comunicar los asuntos importantes: ‘Amo al Señor. Mis hermanos y hermanas son importantes para mí. Estoy aquí para ayudarles’”.

Contribuyamos a que las personas se sientan a gusto

En muchos casos, los barrios y las ramas pueden hacer arreglos de modo que las personas se sientan a gusto. Por ejemplo, en el Barrio McCully, de la Estaca Honolulú, Hawai, las clases de la Escuela Dominical se enseñan en ocho idiomas diferentes (trukés, inglés, japonés, coreano, marshalés, pohnpeiano, español y tagalo) a fin de que la mayoría de los miembros escuche el Evangelio en su propia lengua. Más aún, aquellos a quienes se llama para orar en la reunión sacramental o en las clases lo hacen en su idioma natal si no están preparados para orar en el idioma que habla la mayoría de los miembros.

Mientras que las clases separadas de la Escuela Dominical cumplen una función importante, en el Barrio McCully también se trata de planear actividades que brinden a todos un sentido de unidad. Hay presentaciones periódicas, como un festival anual de comida internacional, programas culturales de la Mutual, un coro micronesio (además del coro del barrio) y una noche trimestral “ohana” (de familia) de todo el barrio, con las que se celebran los patrimonios culturales de los miembros y se destaca el legado espiritual que tienen en común.

”Todos somos hijos de nuestro Padre Celestial”, dice Marlo López, obispo del Barrio McCully. “En Sus ojos no hay distinción de raza ni de idiomas. El amor de Dios es para todos y nosotros sólo somos Sus instrumentos para enseñar esa verdad”.

Adoptemos las costumbres del lugar donde vivamos

Aunque muchas personas desean conservar la habilidad de hablar su propio idioma y los elementos nobles de su cultura, los miembros también se benefician al aprender el idioma y la cultura del lugar en el que vivan. Ésta es una idea que promueve Eric Malandain, Presidente de la Estaca París Este, Francia, que incluye miembros de todo el mundo. “Generalmente, los líderes aconsejan a los miembros que viven aquí que aprendan francés”, dice, “pues eso les ayudará a mejorar desde el punto de vista profesional, personal y espiritual”.

A los miembros de la Estaca San Francisco Oeste, California, también se les exhorta a desarrollar sus habilidades idiomáticas. Además de los barrios de habla inglesa, la estaca tiene tres unidades de otros idiomas (chino, samoano y tagalo) para que los miembros que los hablan aprendan el Evangelio en su propia lengua; por otra parte, los líderes de la estaca y de los barrios los alientan a participar en grupos para aprender conversación. Los grupitos se juntan dos veces por semana y practican el inglés básico; las lecciones se concentran en la enseñanza de frases como “¿Por dónde se va al hospital?” o “¿Dónde está la parada del autobús?”. Y puesto que muchos de los miembros de la estaca son los primeros de su familia en convertirse a la Iglesia, también reciben algunas lecciones en inglés sobre temas del Evangelio, como la oración o la forma de dirigir la noche de hogar.

“El asunto del idioma es un problema importante para nosotros”, explica Ronald Dillender, Presidente de la estaca, “pero nos esforzamos por resolverlo y vamos mejorando poco a poco. Seguiremos trabajando en ello, enseñando, dando a los miembros acceso a toda conferencia de estaca, a todo espectáculo de talentos, a toda reunión de capacitación, a todas las funciones. Queremos que todos reciban el beneficio total de lo que la Iglesia y el Evangelio tienen para ofrecer. Eso es extremadamente importante”.

Trabajemos juntos

El presidente Brent Olson, de la Estaca Filadelfia, Pensylvania, comenta que las diferencias de idioma presentan muchos obstáculos en diversos aspectos, desde llevar a cabo una entrevista de recomendación para el templo hasta traducir discursos y oraciones en la reunión sacramental. El hecho de adoptar una actitud amable y tolerante ha sido de gran beneficio para los miembros de la estaca.

El presidente Olson agrega: “Tenemos un lema que solemos repetir en nuestra estaca: quienquiera que entre por las puertas de la capilla ha sido enviado por el Señor. Al adoptar esa actitud de aceptación, nos damos cuenta de que el empeño que pongamos en contribuir para que alguien participe no es una carga; es simplemente vivir el Evangelio”.

Aunque se puede decir que el Barrio Clendon, de la Estaca Manurewa Auckland, Nueva Zelanda, es una unidad de habla inglesa, hay miembros que hablan maorí, niueano, samoano, tongano, algunos dialectos locales y varios otros que se hablan en las Islas Cook. Los líderes del barrio tratan de ser como el Buen Pastor, que conoce a cada uno en Su rebaño, “sea cual sea el idioma que hable”, dice el obispo Hans Key.

Por ejemplo, al considerar las asignaciones de orientación familiar y de maestras visitantes y orar al respecto, se pueden formar algunos pares de compañeros con un hermano que hable sólo su lengua natal y otro que hable ésta y también inglés. Al trabajar juntos en la orientación familiar, el primero puede ir aprendiendo inglés y, más adelante, quizás acepte la asignación de hablar en una reunión sacramental.

Reconozcamos que el Señor nos habilita para Su obra

A los veintiún años, Francisco Ayres Hermenegildo se convirtió a la Iglesia en Río de Janeiro, Brasil, su ciudad natal, y más tarde cumplió una misión en São Paulo. Después que él y su esposa, Kallya, se casaron, en 2002 se mudaron a Sydney, Australia. En 2006 lo llamaron para ser presidente de la Rama Hyde Park, de jóvenes adultos solteros. El presidente Hermenegildo se sintió abrumado no sólo porque todavía estaba aprendiendo a hablar en inglés, sino también porque los miembros de la rama provenían de más de diez países y muchos estaban, como él, también en el proceso de aprenderlo.

“La verdad es que nos sentimos ineptos cuando nos llamaron para que nos encargáramos de la Rama Hyde Park”, comenta. “La barrera del idioma nos parecía enorme y oramos para suplicar la ayuda del Señor. Pero estoy aprendiendo que el Señor inspira, habilita y fortalece a aquellos que están embarcados en la edificación de Su reino”.

Aparte de reconocer la guía que el Señor le da, el presidente Hermenegildo la ve además en la vida de los miembros de la rama, muchos de los cuales son, como él, los primeros de su familia en convertirse a la Iglesia.

“Cada uno de nosotros ha sido conducido aquí en esta época de nuestra vida por una razón”, dice; y explica que todos los miembros tienen la oportunidad de que su testimonio aumente, de prestar servicio en llamamientos y de compartir el mensaje del Evangelio con amigos y seres queridos.

“Creemos que las profecías relacionadas con el hecho de que el Evangelio cubriría la tierra se están cumpliendo”, agrega. “Los miembros de la rama son y serán líderes adondequiera que vayan en el mundo. Es un gran privilegio el preparar a esos líderes, que es lo que hacemos cada vez que enseñamos y alentamos a los miembros de la rama”.

Seamos uno en corazón y en voluntad

“Creo que el servicio que prestamos y la labor que realizamos en un barrio que tiene tanta diversidad de culturas e idiomas es una bendición y no una dificultad”, dice el obispo Hans Key, del Barrio Clendon. “Dios confundió las lenguas de la gente durante la construcción de la Torre de Babel, pero nosotros podemos empeñarnos en alcanzar lo que la ciudad de Enoc logró: ser uno en corazón y voluntad y vivir en rectitud” (véase Génesis 11:1–9; Moisés 7:18).

El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) también puso énfasis en esa unidad cuando dijo: “Nos hemos convertido en una gran Iglesia mundial y ahora es posible que la gran mayoría de nuestros miembros participe… como una gran familia, que habla muchos idiomas, que se encuentra en muchas tierras, pero que son todos de una fe, una doctrina y un bautismo”..

Cuando Kazue Horikami era joven y se trasladó de Japón, su tierra natal, a Hawai, no tuvo necesidad de aprender inglés: en su casa hablaba en japonés, hacía las compras en una zona donde había gran concentración de japoneses y después empezó a trabajar como guía de turistas japoneses. El único lugar donde a veces encontraba una barrera idiomática era en la Iglesia, algo que les sucedía a muchos otros Santos de los Últimos Días. Sin embargo, incluso allí se sintió a gusto después de hacer amistad con tres o cuatro hermanas que hablaban la misma lengua que ella.

Pero, después de veinticinco años de vivir en Hawai, la hermana Horikami fue llamada para ser presidenta de la Sociedad de Socorro de su barrio, una perspectiva que la abrumaba. “La mayoría de las hermanas hablaba sólo inglés, y había algunas que hablaban únicamente samoano o tagalo”, comenta. “En aquellos días, yo ya podía entender otros idiomas bastante bien, pero no sentía confianza al hablarlos. Aunque comprendía la mayor parte de lo que mis hermanas decían, pensaba en cómo sería posible prestarles servicio si ni siquiera podía mantener una conversación con ellas”.

Sabía que no tenía la alternativa de tomar lecciones de idiomas, porque sencillamente no contaba con el tiempo. Durante la entrevista de la recomendación para el templo con el presidente de la estaca le expresó su preocupación. “Le dije que sentía inquietud no sólo ante la responsabilidad, sino también por la posibilidad de que hubiera malos entendidos”, dice. El presidente se quedó pensativo, reflexionando, y luego le respondió que no se preocupara por la cuestión de los idiomas, por lo menos por el momento. “Dedíquese a su tarea lo mejor que pueda”, le dijo, y ella le prometió que lo haría.

A los pocos días, mientras la hermana se hallaba en el templo, le vino a la memoria el relato de Pedro, cuando caminó sobre el agua (véase Mateo 14:22–33). “Me di cuenta de que mientras me aferrara al temor, me hundiría”, comenta; “pero que si ponía mi fe en el Salvador, Él me ayudaría a hacer lo imposible”.

”Lo imposible” comenzó con intentos sencillos pero esforzados. La hermana Horikami menciona que pasaba largos ratos estudiando la lista de miembros de la Sociedad de Socorro. “Al examinar uno por uno los nombres de las hermanas, me daba cuenta de que se me ocurrían ideas sobre esa hermana en particular y sentía impresiones de la mejor manera de prestarle servicio. Después, cuando seguía esas impresiones, me asombraba al descubrir cuán específicas y personales eran.

“Así fue como comencé”, continúa. “Al cabo de varios meses, esos pequeños actos se convirtieron en lazos de cuidado y atención, no sólo de mí hacia ellas, sino también de ellas hacia mí”.

Finalmente, la hermana Horikami aprendió inglés, pero se apresura a asegurar que lo que la ayudó a prestar servicio fue el Espíritu, no su capacidad para aprender idiomas. “Aprendí que el Espíritu no está limitado por el idioma”, afirma, “sino que nos habla a todos de manera que podamos entender”.

Tal como ella, miembros de la Iglesia por todo el mundo han experimentado la frustración y el aislamiento que traen consigo las barreras idiomáticas. Pero, como la hermana Horikami, ellos y sus líderes pueden acudir al Señor en busca de ayuda. Las ideas que se ofrecen a continuación para superar la barrera del idioma provienen de miembros y líderes de todas partes del mundo.

Aceptemos el concepto de que el idioma es secundario

En la Estaca de Francfort, Alemania, cuyos miembros provienen de más de ochenta naciones, la dificultad en superar las barreras idiomáticas es un hecho con el que están familiarizados. Pero el idioma, según dice Axel Leimer, Presidente de la estaca, es de importancia secundaria.

El presidente Leimer, cuya familia no sabía alemán cuando se mudaron a Francfort, comenta que sus hijos y los de otras familias son tal vez el mejor ejemplo de esa realidad. “Nunca los desanimó el hecho de no entenderse los unos con los otros”, dice, “y de todos modos jugaban con los demás niños. Para ellos, la diferencia de idiomas no tenía ninguna importancia; todavía no habían aprendido a tener prejuicios ni temores”.

Por otra parte, agrega que los muchos matrimonios misioneros extranjeros que prestan servicio en llamamientos de los barrios de la estaca tampoco se sienten intimidados por las diferencias idiomáticas. “Muchos de ellos no hablan alemán, pero traen consigo una vasta experiencia para sus asignaciones, y sus contribuciones son considerables”, dice. “Las hermanas han prestado servicio en la guardería, en clases de la Primaria y como bibiliotecarias, incluso organizaron una biblioteca donde nunca había habido una; y algunos de los hermanos han sido líderes de grupo de los sumos sacerdotes, secretarios financieros y maestros orientadores. Participan en las clases (y alguien traduce sus comentarios) y a veces hasta enseñan.

“Muchas veces, todo lo que la gente necesita es la base común del Evangelio”, continúa el presidente Leimer. “He observado en los pasillos a personas que conversan, a pesar de que ninguna de las dos habla el idioma de la otra; pero de algún modo encuentran la forma de comunicarse. Cualquiera que sea el idioma, es posible comunicar los asuntos importantes: ‘Amo al Señor. Mis hermanos y hermanas son importantes para mí. Estoy aquí para ayudarles’”.

Contribuyamos a que las personas se sientan a gusto

En muchos casos, los barrios y las ramas pueden hacer arreglos de modo que las personas se sientan a gusto. Por ejemplo, en el Barrio McCully, de la Estaca Honolulú, Hawai, las clases de la Escuela Dominical se enseñan en ocho idiomas diferentes (trukés, inglés, japonés, coreano, marshalés, pohnpeiano, español y tagalo) a fin de que la mayoría de los miembros escuche el Evangelio en su propia lengua. Más aún, aquellos a quienes se llama para orar en la reunión sacramental o en las clases lo hacen en su idioma natal si no están preparados para orar en el idioma que habla la mayoría de los miembros.

Mientras que las clases separadas de la Escuela Dominical cumplen una función importante, en el Barrio McCully también se trata de planear actividades que brinden a todos un sentido de unidad. Hay presentaciones periódicas, como un festival anual de comida internacional, programas culturales de la Mutual, un coro micronesio (además del coro del barrio) y una noche trimestral “ohana” (de familia) de todo el barrio, con las que se celebran los patrimonios culturales de los miembros y se destaca el legado espiritual que tienen en común.

”Todos somos hijos de nuestro Padre Celestial”, dice Marlo López, obispo del Barrio McCully. “En Sus ojos no hay distinción de raza ni de idiomas. El amor de Dios es para todos y nosotros sólo somos Sus instrumentos para enseñar esa verdad”.

Adoptemos las costumbres del lugar donde vivamos

Aunque muchas personas desean conservar la habilidad de hablar su propio idioma y los elementos nobles de su cultura, los miembros también se benefician al aprender el idioma y la cultura del lugar en el que vivan. Ésta es una idea que promueve Eric Malandain, Presidente de la Estaca París Este, Francia, que incluye miembros de todo el mundo. “Generalmente, los líderes aconsejan a los miembros que viven aquí que aprendan francés”, dice, “pues eso les ayudará a mejorar desde el punto de vista profesional, personal y espiritual”.

A los miembros de la Estaca San Francisco Oeste, California, también se les exhorta a desarrollar sus habilidades idiomáticas. Además de los barrios de habla inglesa, la estaca tiene tres unidades de otros idiomas (chino, samoano y tagalo) para que los miembros que los hablan aprendan el Evangelio en su propia lengua; por otra parte, los líderes de la estaca y de los barrios los alientan a participar en grupos para aprender conversación. Los grupitos se juntan dos veces por semana y practican el inglés básico; las lecciones se concentran en la enseñanza de frases como “¿Por dónde se va al hospital?” o “¿Dónde está la parada del autobús?”. Y puesto que muchos de los miembros de la estaca son los primeros de su familia en convertirse a la Iglesia, también reciben algunas lecciones en inglés sobre temas del Evangelio, como la oración o la forma de dirigir la noche de hogar.

“El asunto del idioma es un problema importante para nosotros”, explica Ronald Dillender, Presidente de la estaca, “pero nos esforzamos por resolverlo y vamos mejorando poco a poco. Seguiremos trabajando en ello, enseñando, dando a los miembros acceso a toda conferencia de estaca, a todo espectáculo de talentos, a toda reunión de capacitación, a todas las funciones. Queremos que todos reciban el beneficio total de lo que la Iglesia y el Evangelio tienen para ofrecer. Eso es extremadamente importante”.

Trabajemos juntos

El presidente Brent Olson, de la Estaca Filadelfia, Pensylvania, comenta que las diferencias de idioma presentan muchos obstáculos en diversos aspectos, desde llevar a cabo una entrevista de recomendación para el templo hasta traducir discursos y oraciones en la reunión sacramental. El hecho de adoptar una actitud amable y tolerante ha sido de gran beneficio para los miembros de la estaca.

El presidente Olson agrega: “Tenemos un lema que solemos repetir en nuestra estaca: quienquiera que entre por las puertas de la capilla ha sido enviado por el Señor. Al adoptar esa actitud de aceptación, nos damos cuenta de que el empeño que pongamos en contribuir para que alguien participe no es una carga; es simplemente vivir el Evangelio”.

Aunque se puede decir que el Barrio Clendon, de la Estaca Manurewa Auckland, Nueva Zelanda, es una unidad de habla inglesa, hay miembros que hablan maorí, niueano, samoano, tongano, algunos dialectos locales y varios otros que se hablan en las Islas Cook. Los líderes del barrio tratan de ser como el Buen Pastor, que conoce a cada uno en Su rebaño, “sea cual sea el idioma que hable”, dice el obispo Hans Key.

Por ejemplo, al considerar las asignaciones de orientación familiar y de maestras visitantes y orar al respecto, se pueden formar algunos pares de compañeros con un hermano que hable sólo su lengua natal y otro que hable ésta y también inglés. Al trabajar juntos en la orientación familiar, el primero puede ir aprendiendo inglés y, más adelante, quizás acepte la asignación de hablar en una reunión sacramental.

Reconozcamos que el Señor nos habilita para Su obra

A los veintiún años, Francisco Ayres Hermenegildo se convirtió a la Iglesia en Río de Janeiro, Brasil, su ciudad natal, y más tarde cumplió una misión en São Paulo. Después que él y su esposa, Kallya, se casaron, en 2002 se mudaron a Sydney, Australia. En 2006 lo llamaron para ser presidente de la Rama Hyde Park, de jóvenes adultos solteros. El presidente Hermenegildo se sintió abrumado no sólo porque todavía estaba aprendiendo a hablar en inglés, sino también porque los miembros de la rama provenían de más de diez países y muchos estaban, como él, también en el proceso de aprenderlo.

“La verdad es que nos sentimos ineptos cuando nos llamaron para que nos encargáramos de la Rama Hyde Park”, comenta. “La barrera del idioma nos parecía enorme y oramos para suplicar la ayuda del Señor. Pero estoy aprendiendo que el Señor inspira, habilita y fortalece a aquellos que están embarcados en la edificación de Su reino”.

Aparte de reconocer la guía que el Señor le da, el presidente Hermenegildo la ve además en la vida de los miembros de la rama, muchos de los cuales son, como él, los primeros de su familia en convertirse a la Iglesia.

“Cada uno de nosotros ha sido conducido aquí en esta época de nuestra vida por una razón”, dice; y explica que todos los miembros tienen la oportunidad de que su testimonio aumente, de prestar servicio en llamamientos y de compartir el mensaje del Evangelio con amigos y seres queridos.

“Creemos que las profecías relacionadas con el hecho de que el Evangelio cubriría la tierra se están cumpliendo”, agrega. “Los miembros de la rama son y serán líderes adondequiera que vayan en el mundo. Es un gran privilegio el preparar a esos líderes, que es lo que hacemos cada vez que enseñamos y alentamos a los miembros de la rama”.

Seamos uno en corazón y en voluntad

“Creo que el servicio que prestamos y la labor que realizamos en un barrio que tiene tanta diversidad de culturas e idiomas es una bendición y no una dificultad”, dice el obispo Hans Key, del Barrio Clendon. “Dios confundió las lenguas de la gente durante la construcción de la Torre de Babel, pero nosotros podemos empeñarnos en alcanzar lo que la ciudad de Enoc logró: ser uno en corazón y voluntad y vivir en rectitud” (véase Génesis 11:1–9; Moisés 7:18).

El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) también puso énfasis en esa unidad cuando dijo: “Nos hemos convertido en una gran Iglesia mundial y ahora es posible que la gran mayoría de nuestros miembros participe… como una gran familia, que habla muchos idiomas, que se encuentra en muchas tierras, pero que son todos de una fe, una doctrina y un bautismo”.

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La adversidad

Presidente Henry B. Eying

Les doy mi testimonio de que Dios el Padre vive. Él estableció para cada uno de nosotros un curso para pulirnos y perfeccionarnos a fin de vivir con Él.

Aun cuando sepan que en verdad el Señor tiene la capacidad y la bondad de liberarlos en sus tribulaciones, éstas igual podrían poner a prueba su valor y fortaleza para soportarlas. El profeta José Smith exclamó angustiado en el calabozo:

“Oh Dios, ¿en dónde estás? ¿y dónde está el pabellón que cubre tu morada oculta?

¿Hasta cuándo se detendrá tu mano, y tu ojo, sí, tu ojo puro, contemplará desde los cielos eternos los agravios de tu pueblo y de tus siervos, y penetrarán sus lamentos en tus oídos?”2

La siguiente respuesta del Señor me ha ayudado a mí y nos animará a todos en tiempos tenebrosos:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;

“y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará; triunfarás sobre todos tus enemigos.

“Tus amigos te sostienen, y te saludarán de nuevo con corazones fervientes y manos amistosas.

“No eres aún como Job; no contienden en contra de ti tus amigos, ni te acusan de transgredir, como hicieron con Job”3.

He visto cómo surgen fe y valor de un testimonio que afirma que se nos está preparando para la vida eterna. El Señor rescatará a Sus discípulos fieles; y el discípulo que acepte una prueba como una invitación para desarrollarse y, por lo tanto, merecer la vida eterna, encontrará paz en medio de sus luchas.

Hace poco hablé con un padre joven quien perdió su trabajo en la reciente crisis económica y sabe que hay cientos de miles de personas que tienen exactamente las mismas aptitudes que él y están desesperados buscando trabajo para mantener a su familia. Su tranquila confianza me hizo preguntarle qué había hecho para llegar a estar tan seguro de que iba a encontrar la forma de mantener a su familia; me contestó que había examinando su vida para cerciorarse de haber hecho todo lo posible por ser digno de la ayuda del Señor. Era obvio que su necesidad y su fe en Jesucristo lo conducían a ser obediente a los mandamientos de Dios cuando era difícil hacerlo. Me dijo que se percató de esa oportunidad mientras él y su esposa leían en Alma, donde dice que el Señor preparó a un pueblo para el Evangelio por medio de la adversidad.

Recordarán el momento en que Alma se volvió hacia el hombre que dirigía a un grupo de gente acongojada y el hombre le dijo que los perseguían y los rechazaban a causa de su pobreza y en el relato leemos:

“Y cuando Alma oyó esto, volvió su rostro directamente hacia él, y los observó con gran gozo; porque vio que sus aflicciones realmente los habían humillado, y que se hallaban preparados para oír la palabra.

“Por tanto, no dijo más a la otra multitud; sino que extendió la mano y clamó a los que veía, aquellos que en verdad estaban arrepentidos, y les dijo:

“Veo que sois mansos de corazón; y si es así, benditos sois”4.

La Escritura continúa elogiando a los que nos preparamos para la adversidad en los tiempos prósperos. Muchos de ustedes tuvieron fe para intentar merecer la ayuda que ahora necesitan antes de que llegara la crisis.

Alma continúa: “Sí, el que verdaderamente se humille y se arrepienta de sus pecados, y persevere hasta el fin, será bendecido; sí, bendecido mucho más que aquellos que se ven obligados a ser humildes por causa de su extrema pobreza”5.

El joven con quien recientemente hablé había hecho algo más que guardar comida y ahorrar un poco para las dificultades que los profetas vivientes habían anunciado; comenzó por preparar el corazón para ser digno de la ayuda del Señor, que sabía iba a necesitar en un futuro cercano. El día en que él perdió el empleo, cuando le pregunté a la esposa si estaba preocupada, me dijo con voz alegre: “No, acabamos de salir de la oficina del obispo; nosotros pagamos un diezmo íntegro”. Ahora bien, todavía no sabemos lo que va a pasar, pero sentí la misma confianza que ellos sentían: “La situación mejorará”. La tragedia no socavó su fe, sino que la puso a prueba y la fortaleció. Y el sentimiento de paz que el Señor ha prometido ya les ha llegado en medio de la tormenta. Con seguridad, habrá otros milagros.

A fin de fortalecer y purificar a las personas, el Señor siempre adapta el auxilio a lo que éstas necesiten. Muchas veces, la ayuda llegará en forma de inspiración para hacer algo que sea particularmente difícil para la persona que se encuentra necesitada. Una de las grandes pruebas de la vida es perder por la muerte al marido o a la esposa a quien se ama. El presidente Hinckley describió su dolor al no tener más a la esposa a su lado. El Señor sabe de las necesidades de los que quedan separados de un ser querido por la muerte; por Su experiencia terrenal, Él vio el dolor de las viudas y conocía sus necesidades. En medio del tormento de la cruz, pidió a un apóstol amado que cuidara a su madre viuda, que estaba a punto de perder a un hijo. Él ahora siente el pesar de los esposos que pierden a la esposa y el pesar de las esposas que se quedan solas por causa de la muerte.

La mayoría de nosotros conoce viudas que necesitan atención. Lo que me conmueve es haber sabido de una, ya mayor, a quien yo pensaba visitar otra vez, que tuvo la inspiración de ir a ver a una viuda más joven para consolarla. Una hermana que necesitaba consuelo fue enviada para consolar a otra. El Señor ayudó y bendijo a dos viudas al inspirarlas para animarse la una a la otra; de ese modo, prestó auxilio a las dos.

El Señor envió Su ayuda en la misma forma a los humildes y pobres de los que se habla en Alma 34, que habían respondido a la enseñanza y al testimonio de Sus siervos. Después de arrepentirse y convertirse, seguían siendo pobres, pero Él los puso a hacer por otros lo que tal vez razonablemente pensaran que no podían y lo que ellos todavía necesitaban. Ellos debían dar a los demás lo que quizás anhelaban que Él les diera. Por medio de Su siervo, el Señor dio a aquellos conversos pobres esta dura tarea: “…si después de haber hecho todas estas cosas, volvéis la espalda al indigente y al desnudo, y no visitáis al enfermo y afligido, y si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración es en vano y no os vale nada, y sois como los hipócritas que niegan la fe”6.

Es posible que parezca que es pedir demasiado a personas que en sí tienen grandes necesidades; sin embargo, conozco a un joven que fue inspirado para hacer precisamente eso cuando hacía poco que se había casado. Él y su esposa tenían apenas para sobrevivir con una entrada muy pequeña; pero él conoció a otro matrimonio más pobre y, para asombro de su esposa, él les prestó ayuda de sus escasos ingresos. Mientras todavía eran pobres, ellos recibieron una prometida bendición de paz. Después, la prosperidad que alcanzaron sobrepasaba sus más añorados sueños. Y todavía continúan la norma de socorrer al necesitado, a quien tenga menos o que esté en aflicción.

Y hay todavía otra prueba que, si se soporta bien, traerá bendiciones en esta vida y bendiciones eternas. La edad y la mala salud pueden probar a los más fuertes entre nosotros. Un amigo mío era nuestro obispo cuando mis hijas todavía vivían en casa; ellas nos contaban lo que sentían cuando él daba su sencillo testimonio alrededor de una fogata en las montañas. Él las amaba y ellas lo sabían. Después, lo relevaron; ya había sido obispo anteriormente en otro estado del país. Aquellas personas que llegué a conocer que eran del mismo barrio donde él sirvió lo recuerdan igual que mis hijas.

Yo lo visitaba de cuando en cuando en su hogar para demostrarle mi gratitud y darle bendiciones del sacerdocio. Poco a poco, su salud empezó a declinar. No recuerdo todas las dolencias que sufrió; le hicieron cirugía y tenía constante dolor. Pero cada vez que lo visitaba para consolarlo, él invertía los papeles: siempre era yo quien salía reconfortado. Los problemas de la espalda y de las piernas lo forzaban a usar un bastón para caminar; pero allí estaba, en la Iglesia, sentado cerca de la puerta de entrada para saludar con una sonrisa a los que llegaban.

Nunca olvidaré el asombro y la admiración que sentí un día, cuando al abrir la puerta de atrás lo vi venir por la entrada de nuestra cochera. Era el día en que los basureros recogían la basura y por la mañana yo la había sacado afuera en los recipientes que tienen ruedas. Y ahí estaba él, arrastrando con una mano mi recipiente de basura en la subida, mientras que con la otra se apoyaba en el bastón para equilibrarse. Estaba brindándome ayuda según lo que él pensaba que necesitaba, cuando era él quien necesitaba mucho más ayuda que yo; y él lo hacía con una sonrisa y sin que se le hubiera pedido.

Lo visité también cuando al fin necesitó el cuidado de enfermeras y médicos. Estaba en una cama de hospital, todavía con dolores y todavía sonriendo. La esposa me llamó para decirme que estaba cada vez más débil. Mi hijo y yo le dimos una bendición del sacerdocio mientras yacía conectado a un sinfín de tubos; yo sellé la bendición con la promesa de que tendría tiempo y fuerzas para hacer todo lo que Dios le tenía reservado en esta vida, y para pasar toda prueba. Cuando me aparté de la cama para irme, él extendió la mano y tomó una de las mías; me sorprendió la fuerza de su apretón y la firmeza de su voz al decirme: “Voy a estar bien”.

Me fui pensando que volvería a verlo pronto; pero en menos de un día recibí la llamada telefónica: había partido para el lugar glorioso donde iba a ver al Salvador, que es su Juez perfecto y será el nuestro. Al hablar en su funeral, pensé en estas palabras de Pablo cuando supo que iría a ese lugar adonde se fue mi vecino y amigo:

“Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.

“Porque yo estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.

“Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”7.

Tengo la seguridad de que mi vecino pasó bien su prueba y hará frente a su juez con una alegre sonrisa.

Les doy mi testimonio de que Dios el Padre vive. Él estableció para cada uno de nosotros un curso para pulirnos y perfeccionarnos a fin de vivir con Él. Testifico que el Salvador vive. Su Expiación hace posible que nos purifiquemos al guardar Sus mandamientos y los convenios sagrados que efectuamos. Sé por experiencia propia que Él nos dará fuerzas para elevarnos por encima de toda tribulación. El presidente Monson es el Profeta del Señor; él posee todas las llaves del sacerdocio. Ésta es la verdadera Iglesia del Señor en la cual estamos, apoyándonos unos a otros y siendo bendecidos por socorrer a los compañeros de sufrimiento que Él ponga en nuestro camino. En el nombre de Jesucristo. Amén.