El amor versus la lujuria

Por Joshua J. Perkey

Revistas de la Iglesia

Si podemos entender lo que en verdad es la lujuria, podemos aprender a evitarla y tomar decisiones que nos acerquen más al Espíritu Santo.

Lujuria

Sin duda, es una palabra desagradable. Muchos de nosotros no queremos pensar en ella, y mucho menos aprender más acerca de ella. El término invoca un sentimiento sórdido, algo oscuro; atrayente, pero malo.

Hay una buena razón para ello. Si “el amor al dinero es la raíz de todos los males” (1 Timoteo 6:10), definitivamente, la lujuria es su aliada secreta; es vil y degradante. La lujuria torna a la gente, a las cosas e incluso a las ideas en objetos que se poseen o adquieren para satisfacer un fuerte deseo. Si ya sabemos eso, ¿por qué necesitamos saber más sobre ella?

Porque si podemos entender mejor lo que en verdad significa la lujuria, podemos aprender a moldear los pensamientos, los sentimientos y las acciones a fin de evitar y superar sus manifestaciones. Eso nos conducirá a tener una relación más estrecha con el Espíritu Santo, lo cual purifica los pensamientos y las intenciones, y nos fortalece; a su vez, eso nos conducirá a una vida más feliz, tranquila y dichosa.

Cómo definir la lujuria

Mayormente, tendemos a pensar en la lujuria como los sentimientos intensos e inapropiados de atracción física hacia otra persona; pero es posible desear o codiciar casi cualquier cosa: dinero, propiedades, objetos y, por supuesto, a otras personas (véase la Guía para el Estudio de las Escrituras, “Codiciar”).

La lujuria induce a una persona a procurar algo que es contrario a la voluntad de Dios; abarca cualquier sentimiento o deseo que haga que una persona se centre en las posesiones mundanas o en prácticas egoístas —intereses, deseos, pasiones y apetitos personales— en vez de guardar los mandamientos de Dios.

En otras palabras, desear cosas que van en contra de la voluntad de Dios o desear poseer cosas en una manera que sea contraria a Su voluntad es lujuria, y esta conduce a la desdicha.

El peligro de la lujuria sexual

Aunque se nos ha advertido sobre la lujuria como una forma de codicia en general, en su contexto sexual es particularmente peligrosa. El Salvador advirtió: “… cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mateo 5:28).

Los apóstoles de la antigüedad advirtieron en forma extensa contra la lujuria en ese sentido. Solo un ejemplo de ello es lo que dijo el apóstol Juan: “Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:16; véanse también versículo 17; Romanos 13:14; 1 Pedro 2:11).

Las advertencias continúan hoy en día. El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explica: “¿Por qué la lujuria es un pecado capital? Y bien, además del impacto espiritual destructor total que ejerce sobre nuestras almas, pienso que es un pecado porque profana la más elevada y la más santa relación que Dios nos da en la vida mortal: el amor que un hombre y una mujer se tienen el uno por el otro y el deseo que esa pareja tiene de traer hijos a una familia con la mira de ser eterna”.

Permitir que germine el deseo lujurioso ha sido la raíz de muchos hechos pecaminosos. Lo que empieza con lo que parece una mirada inocente puede convertirse en una sórdida infidelidad con todas sus consecuencias desastrosas. Eso es debido a que la lujuria hace que el Espíritu Santo se aleje y nos deja vulnerables a otras tentaciones, vicios y artimañas del adversario.

Las decisiones trágicas del rey David son un triste ejemplo de lo poderosa y mortal que esa emoción puede ser. Por casualidad, David vio a Betsabé, que se estaba bañando, y la deseó. La lujuria trajo como resultado la acción; él hizo que la trajeran ante él y se acostó con ella. Entonces, en un esfuerzo insensato por esconder su pecado, David ordenó al esposo de Betsabé que fuera a la batalla, donde estaba seguro que lo matarían (véase 2 Samuel 11). Como resultado de ello, David perdió su exaltación (véase D. y C. 132:38–39).

La situación de David quizás parezca extrema, pero sin duda demuestra la verdad: la lujuria es una tentación poderosa. Rendirse a ella puede hacer que participemos en cosas que nadie, en su sano juicio, haría. El hecho de que sea tan insidiosa, que se despierte tan fácilmente y que sea tan eficaz para tentarnos a apartarnos del Espíritu Santo y ceder nuestra voluntad a algo prohibido la hace mucho más peligrosa. El ver pornografía, escuchar la letra de canciones explícitas o participar de intimidad inapropiada pueden provocarla. Al mismo tiempo, los sentimientos lujuriosos pueden inducir a una persona a que procure ver pornografía. Esa relación cíclica es extremadamente poderosa y peligrosa.

La lujuria de naturaleza sexual degrada y debilita todas las relaciones, siendo una de las más importantes la relación personal con Dios. “Y de cierto os digo, como ya he dicho, el que mira a una mujer para codiciarla, o si alguien comete adulterio en su corazón, no tendrá el Espíritu, sino que negará la fe y temerá” (D. y C. 63:16).

Como enseñó el élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles: “La inmoralidad sexual crea una barrera que aleja la influencia del Espíritu Santo con toda su capacidad de elevar, iluminar y fortalecer. Además, produce un poderoso estímulo físico y emocional; con el tiempo, esto crea un apetito insaciable que arrastra al transgresor a pecados más serios”.

Lo que no es lujuria

Habiendo considerado lo que es la lujuria, también es importante comprender lo que no es, y tener cuidado de no catalogar los sentimientos y deseos apropiados como lujuria. La lujuria es un tipo de deseo, pero hay también deseos justos. Por ejemplo, podemos desear cosas buenas y adecuadas que nos ayudarán a llevar a cabo la obra del Señor.

Piensen en:

El deseo de tener dinero. En sí mismo, el desear dinero no es malo. Pablo no dijo que el dinero fuera la raíz de todos los males. Él dijo: “… el amor al dinero es la raíz de todos los males” (1 Timoteo 6:10; cursiva agregada). Las enseñanzas de Jacob añaden una aclaración adicional: “Pero antes de buscar riquezas, buscad el reino de Dios. Y después de haber logrado una esperanza en Cristo obtendréis riquezas, si las buscáis; y las buscaréis con el fin de hacer bien: para vestir al desnudo, alimentar al hambriento, libertar al cautivo y suministrar auxilio al enfermo y al afligido” (Jacob 2:18–19).

Tener sentimientos sexuales apropiados hacia el cónyuge. Esos sentimientos que Dios nos ha dado ayudan a fortalecer, reforzar y unir al matrimonio; sin embargo, es posible tener sentimientos inapropiados hacia un cónyuge. Si buscamos satisfacción solo para nuestro bien, o solo para gratificar nuestros propios y fuertes deseos, podríamos estar cediendo a los deseos lujuriosos, y eso puede dañar la relación matrimonial. La clave para procurar y mantener la intimidad física apropiada en el matrimonio es una intención pura y afectuosa.

El principio importante es procurar las cosas con el propósito correcto: edificar el Reino de Dios y aumentar la bondad en el mundo. En cambio, la lujuria nos insta a salir de los límites apropiados, donde los deseos pueden degradar a Dios, hacer que tratemos a las personas como objetos, y convertir a los objetos, la riqueza e incluso el poder en monstruosidades que anulan nuestra sensibilidad y dañan nuestras relaciones.

Por qué con frecuencia cedemos a la lujuria

Dado lo dañina y peligrosa que es la lujuria, ¿por qué es tan tentadora y frecuente? ¿Por qué permitimos que nos domine con frecuencia? En apariencia, puede parecer que el egoísmo o la falta de control sean la causa central de la lujuria; esos son factores contribuyentes, pero la raíz profunda de la lujuria a menudo es el vacío. Es posible que las personas sucumban a la lujuria en un vano intento por llenar un vacío en la vida. La lujuria es una emoción falsa, un burdo sustituto para el amor genuino, la verdadera valía y el discipulado duradero

En cierto sentido, el control emocional adecuado es una condición del corazón: “… porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él” (Proverbios 23:7). Dondequiera que centremos nuestra atención mental y espiritual, con el tiempo llegará a ser la fuerza impulsora detrás de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Siempre que nos sintamos tentados a codiciar algo, debemos reemplazar esa tentación con algo más apropiado.

La ociosidad también puede provocar pensamientos lujuriosos. Cuando no estamos muy ocupados en la vida, tendemos a ser más susceptibles a las influencias del mal. Conforme procuremos en forma activa estar anhelosamente consagrados a causas buenas (véase D. y C. 58:27) y nos esforcemos por usar nuestro tiempo de manera productiva, estaremos menos propensos a tener sentimientos lujuriosos o a otras influencias negativas.

Como el élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explica, que los deseos a los que elegimos adherirnos no solo afectan nuestras acciones, sino también quiénes llegaremos a ser con el tiempo: “Los deseos dictan nuestras prioridades, las prioridades afectan nuestras decisiones y las decisiones determinan nuestras acciones. Los deseos sobre los que actuamos determinan las cosas que cambiamos, lo que logramos y lo que llegamos a ser”.

En otras palabras, debemos controlar no solo las emociones que nos permitimos sentir, sino también los pensamientos que esos sentimientos precipitan o causan. Como enseñó Alma, si nuestros sentimientos son impuros, “nuestros pensamientos también nos condenarán” (Alma 12:14).

El antídoto: un amor semejante al de Cristo

La lujuria no es inevitable. Debido a que el Padre Celestial nos da el albedrío, tenemos el control sobre nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. No tenemos que proseguir con los pensamientos y sentimientos lujuriosos; si las tentaciones se presentan, podemos elegir no seguir esos caminos.

¿Cómo superamos la tentación de codiciar algo? Para comenzar, establecemos una relación adecuada con nuestro Padre Celestial y elegimos servir a los demás; participamos en prácticas religiosas diarias, incluso la oración y el estudio de las Escrituras, que invitan la influencia del Espíritu Santo en nuestra vida. En definitiva, el ingrediente secreto es un amor semejante al de Cristo: un amor puro, sincero, honesto y con un deseo de edificar el Reino de Dios y de mantener la mira puesta únicamente en Su gloria. Ese amor solo es posible si tenemos la compañía del Espíritu Santo.

Eliminar la lujuria requiere de la oración sincera en la que pidamos a Dios que elimine esos sentimientos y otorgue, en su lugar, un amor benévolo (véase Moroni 7:48). Eso es posible, al igual que el arrepentimiento, mediante la gracia de la expiación de Jesucristo. Gracias a Él, podemos aprender a amar de la manera en la que Él y nuestro Padre Celestial nos aman.

Cuando nos centramos constantemente en nuestro Padre Celestial, vivimos de acuerdo con los dos primeros grandes mandamientos —amar a Dios y a nuestros semejantes como a nosotros mismos (véase Mateo 22:36–39)— y hacemos todo lo que podamos por vivir como Él nos ha enseñado, las intenciones puras y honestas influyen en nuestra vida con cada vez mayor intensidad. Al unificar nuestra voluntad con la voluntad del Padre, las tentaciones y los efectos de la lujuria disminuyen, y el amor puro de Cristo los sustituye; entonces somos llenos de un amor divino que reemplaza los deseos inmorales de este mundo con la belleza de edificar el Reino de Dios.

Cómo definir el amor y la lujuria

El amor ennoblece, la lujuria degenera. El amor abraza la verdad, la lujuria abraza las mentiras. El amor edifica y fortalece, la lujuria destruye y debilita. El amor es armonioso, la lujuria es discordante. El amor trae paz, la lujuria trae conflicto. El amor inspira, la lujuria entorpece. El amor sana, la lujuria debilita. El amor vigoriza, la lujuria destruye. El amor ilumina, la lujuria ensombrece. El amor llena y sustenta, la lujuria no puede ser satisfecha. El amor está íntimamente relacionado con la promesa, la lujuria encuentra su lugar en el orgullo.

Cinco sugerencias para una vida pura

El élder Jeffrey R. Holland da cinco sugerencia de cómo mantener una vida pura:

Sepárense de las personas, los materiales y las circunstancias que los dañarán.

Busquen ayuda.

Desarrollen y ejerciten el autocontrol para eliminar las malas influencias.

Remplacen los pensamientos lascivos con imágenes de esperanza y recuerdos de gozo.

Cultiven el Espíritu del Señor y estén donde Él esté.

De Jeffrey R. Holland, “No hay lugar para el enemigo de mi alma”, Liahona, mayo de 2010, págs. 44–46.

Anuncios

La raíz de la doctrina cristiana

Por Thomas B. Griffith

El presidente Gordon B. Hinckley ha enseñado que debemos esforzarnos más para que el Evangelio se afirme en nuestro corazón y en el corazón de las personas a las que amamos y servimos, y creo que una manera de cumplir con ese reto es centrarnos en la expiación de Jesucristo.

Hace años, el presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, habló de la misericordia que nos ofrece el Mediador Jesucristo: “Esa es la raíz misma de la doctrina cristiana. Mucho pueden saber del Evangelio al ramificarse desde allí, pero si sólo conocen las ramas y esas ramas no tocan la raíz, si han sido cortadas del árbol de esa verdad, no habrá vida, ni sustancia, ni redención de ellas”.

Ofrezco aquí tres sugerencias sobre cómo conectarnos a esa raíz y, en el transcurso de ello, hacer que el Evangelio se arraigue profundamente en nuestro corazón y en el de las personas a las que amamos y servimos.

Participen de los emblemas de Su sufrimiento

En la entrevista de la recomendación para entrar en el templo, se nos pregunta: “¿Tiene un testimonio de la expiación de Cristo y de Su función como Salvador y Redentor?”. En mi experiencia como obispo y presidente de estaca, puedo decir felizmente que todos me han contestado con un sí a esa pregunta. Sin embargo, desde hace tiempo me preocupa que no se tenga una comprensión plena de esta pregunta. Considero significativo que de las muchas funciones de Cristo, sólo se nos pregunte por las funciones de Salvador y Redentor. Algo debe de haber en ellas que sea particularmente importante para el templo, un lugar donde Él nos ciñe a Sí mismo mediante convenios.

Como presidente de estaca, me preocupaba por que los miembros de mi unidad tuvieran “un testimonio de la expiación de Cristo y de Su función como Salvador y Redentor”. Me daba la impresión de que la mayoría de ellos amaba a Cristo —que no es cosa insignificante— pero me inquietaba que no muchos lo conocieran como su Salvador (Alguien que los había salvado) ni como Su Redentor (Alguien que los había comprado). Cierto día, mientras meditaba al respecto, me hallaba leyendo 3 Nefi 11 y noté ciertas cosas que anteriormente había pasado por alto.

Las personas de las que leemos en ese capítulo son el remanente justo, aquellos que habían dado oído a las amonestaciones de los profetas y estaban preparados para comparecer ante el Señor. Cuando el Señor resucitado se apareció ante ellos, les “extendió la mano” para que pudieran ver Sus heridas, el símbolo y la evidencia de Su sacrificio. Entonces “habló al pueblo, diciendo:

He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo” (3 Nefi 11:9–10).

Lo siguiente que dijo fue: “Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo; y he bebido de la amarga copa que el Padre me ha dado, y he glorificado al Padre, tomando sobre mí los pecados del mundo, con lo cual me he sometido a la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio” (3 Nefi 11:11).

Ése fue Su mensaje: Él es el Ungido, de quien los profetas habían testificado. Es el Creador. Él padeció por nosotros.

Fíjense en la reacción del pueblo: “…cuando Jesús hubo hablado estas palabras, toda la multitud cayó al suelo; pues recordaron que se había profetizado entre ellos que Cristo se les manifestaría” (3 Nefi 11:12).

Lo que sigue es para mí la parte más sagrada de esa experiencia. Jesús les manda que se acerquen de uno en uno y hagan algo difícil: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo” (3 Nefi 11:14).

Aquellas personas tuvieron un contacto físico con estos emblemas de Su padecimiento: “Y aconteció que los de la multitud se adelantaron y metieron las manos en su costado, y palparon las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies; y esto hicieron, yendo uno por uno, hasta que todos hubieron llegado” (3 Nefi 11:15), unas 2.500 personas.

Vean lo que aconteció después:

“Y cuando todos hubieron ido y comprobado por sí mismos, exclamaron a una voz, diciendo:

“¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios! Y cayeron a los pies de Jesús, y lo adoraron” (3 Nefi 11:16–17).

La segunda vez que aquellas personas cayeron a los pies de Jesús, “lo adoraron”. Puede que la primera vez cayeran al suelo por diferentes motivos: miedo, asombro, porque eso era lo que estaban haciendo los demás. Pero la segunda vez lo hicieron para adorarle. ¿A qué se debió esa reacción tan diferente? La segunda vez clamaron al unísono: “¡Hosanna!”, que significa: “¡Sálvanos ahora!”. ¿Por qué ahora aquellas personas le pedían a Cristo que las salvara?

Permítanme sugerir una posible respuesta. Aun cuando habían sido obedientes, puede que aún no hubieran llegado a conocerle como su Salvador porque tal vez aún no habían sentido la necesidad de ser salvos. Habían llevado una vida llena de buenas obras; reconocían a Jesús como Dios y Ejemplo, pero tal vez aún no lo conocían como Salvador. No oraban diciendo: “Te damos gracias por habernos salvado en el pasado y por recordárnoslo hoy con Tu presencia entre nosotros”. No, su oración era en realidad una súplica: “¡Hosanna!”, o sea, “¡Sálvanos ahora!”, lo cual me indica que estaban empezando a conocerle como Salvador.

¿Qué fue lo que les hizo pasar de ser personas buenas y obedientes a ser personas buenas y obedientes que ahora reconocían a Jesucristo como Salvador? ¿Qué hizo que cayeran a Sus pies para adorarle? Fue el contacto físico con los emblemas de Su padecimiento.

Eso era lo que necesitaban los miembros de mi estaca para que pudieran llegar a conocer a Cristo como su Salvador y Redentor: el contacto físico con los emblemas de Su padecimiento. Pero, ¿cómo podemos lograrlo? Entonces se me ocurrió: disfrutamos de esa experiencia cada domingo al participar de la Santa Cena. Comemos el pan que ha sido partido, en señal de Su cuerpo muerto, y bebemos el agua, que representa la sangre que derramó. Éstos son los sorprendentes símbolos que tienen por objeto evocar en nosotros un profundo sentimiento de gratitud y reverencia.

Creo que al participar en el sacramento de la Cena del Señor llegaremos a exclamar en nuestro corazón: “¡Sálvanos ahora!”, y sentiremos la necesidad de caer a tierra y adorarle.

Mediten en Su sacrificio

Para que el Evangelio se afirme en nuestro corazón y en el corazón de las personas a las que servimos, debemos, además, conocer en detalle y de corazón los acontecimientos que componen la expiación de Jesucristo. En Doctrina y Convenios 19, el Señor nos ofrece una relación detallada y en primera persona del padecimiento que soportó:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten…

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar” (versículos 16, 18).

¿Qué clase de Dios es el que adoramos? Un Dios que desea que sepamos que Su amor por nosotros es infinito y eterno; un Dios que desea que sepamos que Su amor por nosotros le brindó la entereza para padecer por ustedes y por mí. Ese conocimiento debiera bastar para motivarnos a someternos a Él en señal de obediencia y gratitud.

Hace algún tiempo llegó a mis oídos una acalorada conversación entre dos personas sobre una obra de arte que contenía, impregnada de realismo, el sufrimiento de Cristo. Una de las personas desaprobaba la obra diciendo: “No quiero tener que pensar en lo mucho que Cristo ha sufrido”. Ese comentario me pareció un tanto fuera de lugar porque ninguno de nosotros tiene derecho a no pensar en lo que Él sufrió, aun cuando no entendamos plenamente cuánto padeció.

Antes de que Moroni concluyera su registro en el Libro de Mormón con la exhortación: “venid a Cristo” (Moroni 10:30, 32), compartió con nosotros una carta personal de su padre que debió haber ejercido una gran influencia en él y supongo que esperaba que produjera igual efecto en nosotros: “Hijo mío, sé fiel en Cristo; y que las cosas que he escrito no te aflijan, para apesadumbrarte hasta la muerte; sino Cristo te anime, y sus padecimientos y muerte, y la manifestación de su cuerpo a nuestros padres, y su misericordia y longanimidad, y la esperanza de su gloria y de la vida eterna, reposen en tu mente para siempre” (Moroni 9:25).

Entre las cosas que deben reposar en nuestra mente para siempre se encuentran los “padecimientos y [la] muerte” de Cristo, así que no debiéramos evitar pensar en el precio que pagó por nuestra alma. Hasta nuestros himnos nos recuerdan esta verdad:

Y tiemblo al ver que por mí Él Su vida dio;

por mí, tan indigno, Su sangre El derramó.

No me dejes olvidar que fue por mí, oh Salvador,

que sufriste en el Calvario, padeciendo mi dolor.

Este pan emblema es de Su cuerpo que Él dio.

Esta agua signo es de Su sangre que vertió.

Le debemos recordar,

pues nos dio la libertad.

En la cruz Su vida dio;

por nosotros padeció.

Hace poco, en una reunión sacramental, yo seguía la lectura a medida que el discursante leía un conocido pasaje de las Escrituras: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (D. y C. 18:10). Entonces mi mente se concentró en una idea del versículo siguiente en la que nunca había reparado. Para demostrar el gran valor de nuestras almas, el Señor nos dijo: “porque he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él” (D. y C. 18:11; cursiva agregada).

Sus padecimientos confirman Su amor, y algo más. Ése es el medio que emplea para motivarnos a “[arrepentirnos] y venir a Él”. Cuando finalmente comprendemos lo que Él ha hecho por nosotros —y en particular lo que ha padecido por nosotros— nuestra reacción natural como hijos de Dios es desear demostrar nuestra gratitud y amor al obedecerle. En mi opinión, este versículo es la descripción más breve y profunda —procedente del Señor mismo— de cómo hacer que el Evangelio se afirme en nuestro corazón.

La mejor manera de persuadir a la gente a arrepentirse y venir a Cristo es procurar que piensen en lo que Él ha hecho por nosotros y, más particularmente, en lo que ha padecido por nosotros. Ésa es la forma en que lo hace el Señor.

Recuérdenle

Hace ya varios años, oí al élder Gerald N. Lund, de los Setenta, describir un artículo de una revista sobre escalada (Montañismo) que hablaba del sistema de escalada con asegurador, o sea, una persona que vigila el ascenso del escalador y que está sujeta a él por la misma cuerda, un sistema que protege a los escaladores. Un escalador llega hasta una zona segura, amarra la cuerda para que quede fija y luego avisa a su compañero que ya está asegurado. El director de una escuela de escalada, Alan Czenkusch, describió su experiencia con este sistema al autor del artículo:

“La escalada con asegurador le ha brindado a Czenkusch los mejores y los peores momentos de su vida como montañista. Una vez Czenkusch cayó de un alto precipicio, arrancando tres anclajes mecánicos y empujando de un saliente a la persona que lo aseguraba. Dejó de caer, estando boca abajo y a tres metros del suelo, cuando su asegurador, que tenía los brazos y las piernas extendidos, logró atajarlo y amortiguar la caída con la fuerza de sus brazos extendidos.

“‘Don me salvó la vida’, dice Czenkusch. ‘¿Cómo tratas a alguien así? ¿Le regalas una cuerda usada para Navidad? No, te acuerdas de él; siempre te acuerdas de él’”.

El presidente Gordon B. Hinckley nos dijo:

“Ningún miembro de esta Iglesia debe olvidar jamás el terrible precio que pagó nuestro Redentor, quien dio Su vida para que el género humano pudiera vivir: la agonía de Getsemaní, la farsa amarga de Su juicio, la hiriente corona de espinas que desgarró Su carne, el grito de sangre del populacho delante de Pilato, el solitario sufrimiento de la torturante caminata a lo largo del camino al calvario, el espantoso dolor que padeció cuando los grandes clavos le perforaron las manos y los pies…

“No podemos olvidar ese hecho. No debemos olvidarlo jamás, ya que fue allí donde nuestro Salvador y Redentor, el Hijo de Dios, se entregó en sacrificio vicario por cada uno de nosotros”.

Ruego que siempre nos acordemos de Él y del precio que pagó para ganar nuestras almas.

Adaptado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young el 14 de marzo de 2006.