Las necesidades ante nosotros

 Bonnie L. Oscarson

Algunas de las necesidades más importantes que podemos encontrar están en nuestras propias familias, nuestros amigos, en nuestros barrios y comunidades.

Recientemente hemos presenciado un gran número de desastres naturales, en México, Estados Unidos, Asia, el Caribe y África. Eso ha sacado a relucir lo mejor de las personas a medida que miles han intervenido para ayudar a quienes están en peligro o necesidad y quienes han sufrido pérdidas. Me ha maravillado ver a jovencitas en Texas y Florida quienes, junto con muchos otros, se han puesto las camisetas amarillas de Manos Mormonas que Ayudan y están colaborando para quitar los escombros de casas tras los recientes huracanes. Muchos miles más irían gustosamente a centros donde más los necesitan si no fuera por la distancia. En cambio, ustedes han brindado generosas donaciones para aliviar el sufrimiento; su generosidad y compasión son inspiradoras y cristianas.

Hoy quiero mencionar un aspecto del servicio que creo que es importante para todos, sin importar dónde estemos. Para nosotros que hemos visto las noticias de acontecimientos recientes y nos hemos sentido incapaces de saber qué hacer, la respuesta podría estar en realidad ante nosotros.

El Salvador enseñó: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, este la salvará”1. El presidente Thomas S. Monson dijo de este pasaje: “Creo que el Salvador nos está diciendo que a menos que nos perdamos en dar servicio a los demás, nuestra propia vida tiene poco propósito. Aquellos que viven únicamente para sí mismos al final se marchitan y, en sentido figurado, pierden la vida, mientras que aquellos que se pierden a sí mismos en prestar servicio a los demás progresan y florecen… y en efecto salvan su vida”2.

Vivimos en una cultura donde más y más nos centramos en la pequeña pantalla que está en nuestras manos que en las personas a nuestro alrededor. Hemos sustituido enviar textos y tweets por mirar en realidad a alguien a los ojos y sonreír o, incluso más raro, por tener una conversación cara a cara. A menudo nos preocupa más cuántos “seguidores” y “me gusta” tengamos que en poner el brazo alrededor de un amigo y mostrar amor, preocupación e interés tangibles. Tan asombrosa como puede ser la tecnología moderna para difundir el mensaje del evangelio de Jesucristo y ayudarnos a mantenernos en contacto con familiares y amigos, si no estamos alertas sobre cómo usamos los dispositivos personales, nosotros también podemos comenzar a centrarnos solo en nosotros mismos y olvidar que la esencia de vivir el Evangelio es el servicio.

Siento gran amor y fe por aquellos de ustedes que están en su adolescencia y juventud. He visto y sentido sus deseos de servir y hacer una diferencia en el mundo. Creo que la mayoría de los miembros consideran que el servicio es el núcleo de sus convenios y discipulado, pero también creo que a veces es fácil no ver algunas de las oportunidades más grandes de servir a los demás debido a que estamos distraídos obuscando maneras ambiciosas de cambiar el mundo y no vemos que algunas de las necesidades más importantes que podemos satisfacer están en nuestras propias familias, nuestros amigos, en nuestros barrios y comunidades. Nos conmueve cuando vemos el sufrimiento y las grandes necesidades de quienes están al otro lado del mundo, pero quizás no veamos que en nuestra clase hay una persona sentada justo a nuestro lado que necesita nuestra amistad.

La hermana Linda K. Burton contó la historia de una presidenta de la Sociedad de Socorro quien, al trabajar con otras personas, recolectó acolchados para personas necesitadas durante la década de 1990. “Ella… [condujo] con su hija un camión lleno de esos acolchados desde Londres hasta Kosovo. Al regresar a casa, recibió una clara impresión espiritual que le llegó profundamente al corazón. Fue la siguiente: “Lo que has hecho es algo muy bueno; ahora ve a casa, cruza la calle, y presta servicio a tu vecino’”3.

¿De qué sirve salvar al mundo si descuidamos las necesidades de aquellos más cercanos a nosotros y aquellos a quienes más amamos? ¿Qué vale arreglar el mundo si las personas que nos rodean están en dificultades y no nos damos cuenta? El Padre Celestial quizás haya puesto cerca de nosotros a quienes nos necesitan, sabiendo que somos los más indicados para satisfacer sus necesidades.

Todos pueden encontrar maneras de brindar servicio cristiano. Mi consejera, la hermana Carol F. McConkie, recientemente me contó sobre su nieta Sarah, de 10 años, quien, cuando se dio cuenta que su madre estaba enferma, decidió ser de ayuda. Levantó a su hermanita, la ayudó a vestirse, le cepilló los dientes, le arregló el cabello y desayunó para que su madre pudiera descansar. Discretamente llevó a cabo ese simple acto de servicio sin que se le pidiera porque vio una necesidad y decidió ayudar. Sarah no solo bendijo a su madre, sino que estoy segura que ella también sintió gozo al saber que había aligerado la carga de alguien a quien amaba y, al mismo tiempo, fortaleció su relación con su hermana. El presidente James E. Faust dijo: “El servicio a los demás puede comenzar casi a cualquier edad… No tiene que ser a grande escala, y es más noble dentro de la familia”4.

Ustedes, los hijos, ¿se dan cuenta cuánto significa para sus padres y familiares cuando buscan maneras de servir en el hogar? Para aquellos que son adolescentes, el fortalecer y servir a sus familiares deberían estar entre sus prioridades principales cuando busquen maneras de cambiar el mundo. El mostrar bondad y preocupación por sus hermanos y padres contribuye a crear un ambiente de unidad e invita al Espíritu al hogar. El cambiar el mundo comienza al fortalecer a su propia familia.

Otra esfera para centrarnos en nuestro servicio puede ser en la familia que es nuestro barrio. De vez en cuando sus hijos preguntarán: “¿Por qué tengo que ir a la Mutual? ¡En realidad no me beneficio en nada!”.

Si como padre tuviera un momento inspirado, respondería: “¿Qué te hace pensar que vas a la Mutual por lo que te beneficias?”.

Mis jóvenes amigos, les garantizo que siempre habrá una persona en cada reunión de la Iglesia a la que asistan que está sola, que está pasando por desafíos y necesita un amigo, o que siente que no encaja. Ustedes tienen algo importante que contribuir a cada reunión o actividad, y el Señor desea que miren a su alrededor, a sus compañeros y luego ministren como Él lo haría.

El élder D. Todd Christofferson ha enseñado: “Una de las razones principales por las que el Señor ha creado una Iglesia es para crear una comunidad de santos que se apoyen uno al otro en el ‘estrecho y angosto camino que conduce a la vida eterna’”. Continúa diciendo: “En esta religión no nos preocupamos solo de nosotros mismos, sino que también se nos llama a servir. Somos los ojos, las manos, los pies y otros miembros del cuerpo de Cristo”5.

Es cierto que asistimos a nuestras reuniones semanales de la Iglesia para participar de las ordenanzas, aprender doctrina y ser inspirados, pero otra razón muy importante para asistir es que, como la familia que es nuestro barrio y como discípulos del Salvador Jesucristo, cuidamos el uno del otro, nos alentamos unos a otros y buscamos maneras de servirnos y fortalecernos unos a otros. No solo recibimos y tomamos lo que se ofrece en la Iglesia; sino que se nos necesita para dar y proveer. Jovencitas y jovencitos, la próxima vez que estén en la Mutual, en lugar de tomar sus teléfonos para ver lo que están haciendo sus amigos, deténganse, miren a su alrededor y pregúntense: “¿Quién me necesita hoy?”. Ustedes pueden ser la clave para tender una mano e influir en la vida de un compañero o dar aliento a un amigo que esté teniendo dificultades en silencio.

Pidan a su Padre Celestial que les muestre aquellos a su alrededor que necesitan su ayuda y que los inspire en cuanto a cómo servirles mejor. Recuerden que el Salvador a menudo ministraba a una persona a la vez.

Nuestro nieto Ethan tiene 17 años. Me conmovió este verano cuando me dijo que, inspirado por el ejemplo de su madre, ora cada día para tener una oportunidad de servir a alguien. Al pasar tiempo con su familia, observé cómo Ethan trata a su hermano y hermanas con paciencia, amor y bondad, es servicial con sus padres y busca maneras de tender una mano a los demás. Me impresiona cuán al tanto está de las personas a su alrededor y de su deseo de servirles. Él es un ejemplo para mí. El hacer lo que Ethan hace —invitar al Señor a ayudarnos a buscar maneras de servir— permitirá que el Espíritu nos abra los ojos para ver las necesidades a nuestro alrededor, para ver a “aquel” que nos necesita ese día y saber cómo ministrarle.

Además de servir a sus familias y miembros del barrio, busquen oportunidades de servir en su vecindario y comunidad. Aunque a veces se nos llama para ayudar después de un desastre natural, se nos alienta a que cada día busquemos oportunidades en nuestras propias áreas para elevar y ayudar a los necesitados. Recientemente, un Presidente de Área que sirve en un país con muchos desafíos temporales, me enseñó que la mejor manera de ayudar a los necesitados en otras partes del mundo es pagar una generosa ofrenda de ayuno, contribuir al fondo de ayuda humanitaria de la Iglesia y buscar maneras de servir a los de su propia comunidad, dondequiera que vivan. ¡Imaginen cómo sería bendecido el mundo si todas las personas siguieran ese consejo!

Hermanos y hermanas, y en especial los jóvenes, al esforzarse por llegar a ser más como el Salvador Jesucristo y vivir sus convenios, continuarán siendo bendecidos con deseos de aliviar el sufrimiento y ayudar a los menos afortunados. Recuerden que algunas de las necesidades más grandes pueden ser aquellas que estén justo frente a ustedes. Comiencen su servicio en sus propios hogares y dentro de sus propias familias. Esas son las relaciones que pueden ser eternas. Incluso, y quizás especialmente, si su situación familiar es menos que perfecta, ustedes pueden encontrar maneras de servir, elevar y fortalecer. Comiencen en donde estén, ámenlos tal cual son y prepárense para la familia que quieren tener en el futuro.

Oren por ayuda para reconocer a aquellos en la familia que es su barrio, que necesitan amor y aliento. En lugar de asistir a la capilla con la pregunta: “¿Cómo me va a beneficiar esta reunión?”, pregúntense: “¿Quién me necesita hoy? ¿Qué tengo para ofrecer?”.

Al bendecir a sus propias familias y miembros del barrio, busquen maneras de bendecir a aquellos en sus comunidades locales. Ya sea que tengan mucho tiempo para servir o puedan dar solo unas cuantas horas al mes, sus esfuerzos bendecirán vidas y también los bendecirá a ustedes en maneras que ni siquiera se pueden comenzar a imaginar.

El presidente Spencer W. Kimball enseñó: “Dios nos tiene en cuenta y vela por nosotros, pero por lo general, es por medio de otra persona que atiende a nuestras necesidades”6. Que todos reconozcamos el privilegio y la bendición de participar en el cumplimiento de la obra de nuestro Padre Celestial al satisfacer las necesidades de Sus hijos, es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Lucas 9:24.

  2. Thomas S. Monson, “¿Qué he hecho hoy por alguien?”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 85.

  3. Linda K. Burton, “Fui forastero”, Liahona, mayo de 2016, pág. 15.

  4. James E. Faust, “El ser mujer: El más alto lugar de honor”, Liahona, julio de 2000, pág. 117.

  5. D. Todd Christofferson, “El porqué de la Iglesia”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 109.

  6. Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 92.

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Tres sumos sacerdotes presidentes

William R. Walker

Conferencia General, Abril 2008.

Qué bendición y privilegio es para nosotros sostener al presidente Thomas S. Monson, al presidente Henry B. Eyring y al presidente Dieter F. Uchtdorf como la nueva Primera Presidencia de la Iglesia del Señor.

Por primera vez me di cuenta de la importancia de la Primera Presidencia, siendo niño, mientras crecía en el oeste de Canadá. Cuando iba a la casa del abuelo y de la abuela Walker, lo primero que veía era una foto de la Primera Presidencia de la Iglesia; la recuerdo bien. Parecía que eran los centinelas que daban la bienvenida a todo el que entraba.

La hermosa foto a color era del presidente George Albert Smith, con sus consejeros J. Reuben Clark Jr. y David O. McKay. La foto los mostraba de pie, junto a un gran globo terráqueo. Me encantaba esa foto. Se veían tan apuestos y majestuosos; yo los conocía como el profeta de Dios y sus consejeros.

Aquella foto, que colgaba en el pasillo de entrada de la casa de mis abuelos, tuvo una poderosa influencia en mí. Yo vivía en Raymond, un pueblito de la pradera, al igual que mis abuelos. Como podía ir caminando a la casa de ellos, los visitaba a menudo. Me acuerdo que con frecuencia me paraba solo, en silencio, en el pasillo de la entrada, frente a la foto de la Primera Presidencia, mirándola con reverencia. Recuerdo haber meditado el porqué mis abuelos pensaban que era tan importante honrar a la Primera Presidencia y que la foto ocupara un lugar destacado en su casa. Todos los que entraran, la verían; y quizá lo más importante, para sus hijos y nietos, es que era un recordatorio constante de lo que tenía suma importancia en el corazón y la vida de la abuela y el abuelo.

Años después, llegué a la conclusión de que exhibir la foto de la Primera Presidencia era semejante a la hermosas palabras de Josué: “…escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15).

Todo aquel que entró en la casa de James y Fannye Walker sabía que grabadas en el corazón de ellos estaban las palabras: “…pero nosotros y nuestra casa serviremos a Jehová”. Como nieto suyo, lo sabía y nunca lo he olvidado.

De niño, no entendía bien el significado de que hubiese tres en la Primera Presidencia en lugar de tener un solo presidente. Sabía por supuesto que Jesús había escogido a Pedro, Santiago y Juan, no sólo a Pedro. Sabía que mi padre era uno de los tres hombres del obispado, que prestaba servicio como consejero del obispo J. O. Hicken. También sabía que mi abuelo era el presidente de estaca y que tenía dos consejeros que lo apoyaban (el presidente John Allen y el presidente Leslie Palmer).

En cada caso, la presidencia no sólo consistía de un hombre que era el líder, sino de tres que dirigían juntos. En la Primaria había aprendido los Artículos de Fe y llegué a apreciarlos. Ellos ofrecen consuelo y confianza a nuestros jóvenes a medida que aprenden las doctrinas básicas de la Iglesia. Sabía que “… el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas” (Artículos de Fe 1:5).

En 1835 el Señor reveló al Profeta José Smith el orden correcto de las presidencias de la Iglesia:

“Necesariamente hay presidentes, [u]… oficiales presidentes…”.

“Del Sacerdocio de Melquisedec, tres Sumos Sacerdotes Presidentes, escogidos por el cuerpo, nombrados y ordenados a ese oficio, y sostenidos por la confianza, fe y oraciones de la iglesia, forman un quórum de la Presidencia de la iglesia” (D. y C. 107: 21– 22).

“…un quórum de tres presidentes” (D. y C. 107: 29); no un presidente y dos vicepresidentes, sino tres sumos sacerdotes presidentes, un quórum de tres presidentes, la Primera Presidencia de la Iglesia del Señor.

El mundo no se organiza de esa forma, pero ese fue el modo en que el Señor organizó y estructuró Su Iglesia.

Me recuerda el siguiente pasaje de las Escrituras:

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.

“Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8–9).

En la época de mi séptimo cumpleaños, aprendí un poco sobre la sucesión de la Presidencia, cuando falleció el presidente George Albert Smith. Poco después, la foto a la entrada de la casa de mis abuelos se reemplazó por una hermosa foto del presidente David O. Mckay y sus consejeros, Stephen L Richards y J. Reuben Clark, Jr.

De niño, sin duda no entendía el profundo significado ni el procedimiento de sucesión de la Presidencia, pero sabía que el profeta había fallecido y que nos dirigía un nuevo profeta de Dios, con dos consejeros a su lado.

A los 13 años, el obispo Murray Holt me llamó a su oficina y me extendió un llamamiento como presidente del quórum de diáconos. Me dijo que tenía que ir a casa y orar para saber quiénes debían ser mis consejeros. Me enseñó que el Señor me ayudaría a decidir, y así fue. Entonces aprendí algo sobre los consejeros y empecé a ver por qué el Señor dirige Su Iglesia por medio de presidencias y no sólo presidentes. Quería a mis consejeros del quórum de diáconos, y oramos y trabajamos mucho para ayudar a los muchachos de nuestro quórum. El obispo Holt me enseñó el modelo de las presidencias y cómo deben funcionar y actuar en la Iglesia del Señor.

Más tarde, cuando presté servicio como presidente de otros quórumes, ya sabía de la importancia de consejeros y que el Señor me ayudaría a escogerlos, como me lo había enseñado el obispo.

Como presidente del quórum de diáconos y más tarde como obispo y presidente de estaca, sabía que todo conocimiento, entendimiento o capacidad que tuviera, se magnificaría considerablemente al incluir a mis consejeros en cada decisión que se tuviera que tomar. Aprendí que las ventajas de servir juntos como presidencia eran ennoblecedoras y magnificadoras.

Llegué a entender por qué el Señor designó que Su Iglesia estuviera dirigida por tres sumos sacerdotes presidentes y por qué esa forma de liderazgo se prescribiría en toda la Iglesia.

El Señor dijo: “…os daré una norma en todas las cosas, para que no seáis engañados” (D. y C. 52:14). Él nos ha dado el modelo de liderazgo. El presidente Gordon B. Hinckley enseñó: “A cada una de las organizaciones de la Iglesia la preside una presidencia de tres, con excepción de los Setenta [y los Doce]” (Teachings of Gordon B. Hinckley, 1997, pág. 94). También las organizaciones auxiliares, en todos los niveles, están dirigidas por un presidente y dos consejeros. Todas las bendiciones y los beneficios de prestar servicio juntos como presidencia, se aplican a las organizaciones auxiliares así como a los quórumes del sacerdocio

Cada uno de los que prestamos servicio en cualquier presidencia de la Iglesia, debe ver a la Primera Presidencia como el modelo y ejemplo que queremos seguir al llevar a cabo nuestra mayordomía. Debemos esforzarnos por ser como ellos y trabajar juntos en amor y armonía como ellos lo hacen.

El presidente Hinckley con frecuencia habló de la importancia de los consejeros; él dijo: “El Señor puso [a los consejeros] ahí con un propósito” (Teachings of Gordon B. Hinckley, pág. 94).

El presidente Hinckley nos instruyó más: “Todas las mañanas, salvo los lunes, la Primera Presidencia se reúne, si estamos en la ciudad. Le pido al presidente Faust que presente los asuntos que tenga, los analizamos y tomamos decisiones. Luego llamó al presidente Monson que presente sus asuntos, los analizamos y tomamos decisiones. Después, yo presento los asuntos que deseo, los analizamos y tomamos decisiones. Trabajamos juntos. No se puede funcionar sólo en una presidencia. Los consejeros— ¡qué cosa maravillosa son! Evitan que uno haga lo incorrecto, y lo ayudan a hacer lo correcto” (Teachings of Gordon B. Hinckley, pág. 95; véase también “En… [los] consejeros hay seguridad”, Liahona, enero de 1991 págs. 55–58).

Un consejero del presidente Joseph F. Smith una vez describió la forma en la que deliberaba la Primera Presidencia: “Cuando se presentaba un caso [al Presidente de la Iglesia] para evaluar, él y sus consejeros lo analizaban y lo consideraban con cuidado hasta que llegasen a la misma conclusión” (Anthon H. Lund en Conference Report, junio de 1919, pág 19; cursiva agregada).

Ése debería ser nuestro modelo en las presidencias.

Las revelaciones nos enseñan a tomar decisiones en quórumes y presidencias “con toda rectitud, con santidad y humildad de corazón, mansedumbre y longanimidad, y con fe, y virtud, y conocimiento, templanza, paciencia, piedad, cariño fraternal y caridad” (D. y C. 107:30).

El Señor nos ha dado el modelo.

Hemos sostenido hoy a los integrantes de la nueva Primera Presidencia de la Iglesia; ellos nos enseñarán y mostrarán el modelo que debemos seguir. Recibiremos sabiduría y fortaleza al mirar a la Primera Presidencia como el modelo ideal de liderazgo.

Nuestra familia recibirá grandes bendiciones al enseñar a nuestros hijos y nietos a amar y a sostener a los líderes de la Iglesia. De niño, de pie en la casa de mis abuelos, supe que nos guiaban hombres de Dios, a quienes el Señor había colocado allí para guiarnos.

También lo sé ahora. Testifico que ésta es la obra del Señor Jesucristo y que Sus apóstoles y profetas nos dirigen. Testifico que el apóstol de más antigüedad, el presidente Thomas S. Monson, ha sido llamado por Dios y que, junto con sus dos nobles consejeros, nos guiarán de acuerdo con el deseo y la voluntad del Señor, cuya Iglesia ésta es. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.