Toda prueba puede traer mayor fe

Por Giorgia Murgia

Cuando a los siete años me enteré de que mi padre había muerto en un accidente, oré por un milagro.

De niña, uno de mis momentos predilectos del día era esperar a que papá llegara del trabajo. Al asomarme por la ventana y verlo venir, contaba cada uno de sus pasos hasta que llegaba a casa, esperando entusiasmada la alegría que nos traía. Nunca pensé que tendría que vivir sin ese sentimiento.

Un día, cuando yo tenía siete años, en lugar de papá llegó un hombre con cara seria que se paró a la puerta y nos dijo que mi padre había muerto en un accidente.

Ese día permanecí en silencio; miré a mi hermano de cuatro años y a mi madre, tan jóvenes y solos, y no lloré; no pensaba que pudiera ser cierto, de modo que fui hasta la ventana y me quedé viendo la calle. Empecé a sentir una fuerza abrumadora sobre los hombros, un peso que no me permitía respirar normalmente, una presión que me sofocaba.

Poco después de la muerte de mi padre, me fui sola a mi habitación con la luz tenue del atardecer y, tal como se me había enseñado, oré a mi Padre Celestial; le supliqué que me permitiera ver a mi amado padre una vez más, para darle un abrazo. En el corazón tenía la certeza de que mi Padre Celestial podría concederme ese milagro.

Ese día no vi a mi padre ni lo abracé, pero se me concedió mucho más; fue como si hubiese sentido las manos del Salvador sobre mis hombros. Su presencia fue casi tangible al quitarme el peso que me oprimía el pecho.

Ahora, más de veinte años después, nunca he dejado de sentir ese alivio. A veces he sentido tristeza, pero nunca vacío por la pérdida de mi padre. Puedo mirar hacia atrás y ver las muchas veces que el Espíritu ha venido a consolarme, ayudarme y mostrarme cómo seguir los benditos pasos del Salvador. Siento Su presencia en mi vida gracias a esa primera prueba, lo cual me ayuda a ver los problemas cotidianos con una perspectiva eterna. Sé que el tener el Evangelio en nuestra vida es lo que nos permite sentir la caricia invisible de la mano del Salvador.

Contraje matrimonio por la eternidad, y ahora mi esposo y yo tenemos tres niñas, quienes han traído un toque del cielo a nuestro hogar. Cuando las veo, me regocijo en la paz y el conocimiento de que toda aflicción, prueba y desafío de la vida puede brindar mayor fe, un nuevo testimonio y milagros maravillosos. Me regocijo en la profunda certeza de que cuando ellas necesiten algo que esté más allá de lo que mi esposo y yo podamos concederles, ellas serán protegidas, consoladas y salvas, tal como lo fui yo.

El Salvador puede sanar y fortalecer

“…gracias a Su infinito y eterno sacrificio (véase Alma 34:14), [el Salvador] tiene perfecta empatía y nos puede extender Su brazo de misericordia. Él puede tendernos la mano, conmovernos, socorrernos, sanarnos y fortalecernos para ser más de lo que podríamos ser y hacer lo que no podríamos si nos valiésemos únicamente de nuestro propio poder…

“Las cargas particulares de nuestra vida personal nos ayudan a confiar en los méritos, la misericordia y la gracia del Santo Mesías (véase 2 Nefi 2:8). Testifico y prometo que el Salvador nos ayudará a soportar nuestras cargas con facilidad (véase Mosíah 24:15)”.

Élder David A. Bednar, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Soportar sus cargas con facilidad”, Liahona, mayo de 2014, pág. 90.

Aprender de las pruebas

Si bien es importante orar para pedir fortaleza y ayuda durante las pruebas, también es importante orar para aprender de esas pruebas. Ustedes pueden orar para tener “ojos para ver [y] oídos para oír” (Deuteronomio 29:4) las tiernas misericordias y gracia del Señor en su vida (véase Éter 6:12).

Consideren la posibilidad de escribir en su diario personal algunas de las lecciones que hayan aprendido y algunas de las evidencias del amor del Padre Celestial que hayan sentido durante un tiempo difícil de su vida.

Comprender mejor el Evangelio mediante la maternidad

Por Katy McGee

La maternidad nos brinda oportunidades singulares de aprender la doctrina del Señor por medio del Espíritu.

Toda madre sabe que el modo de administrar el tiempo cambia drásticamente después de que llegan los hijos a la familia. Mientras volvía a aprender la forma de administrar mi tiempo con cuatro pequeños, pasé por momentos desalentadores, especialmente en lo que respecta al estudio del Evangelio. Es un tanto difícil programar el estudio de las Escrituras y asegurarse de que sea significativo; pero algunas experiencias me han enseñado que si soy obediente y oro con fervor, el Señor me enseñará de otras maneras.

Nuestro Padre Celestial

Un día en el que estaba planchando, mi hijita de un año empezó a llorar en la cuna. Era la hora de la siesta y yo sabía que si me apresuraba a darle el chupete [chupón], se volvería a dormir. Lucy, la pequeña de tres años, estaba jugando en el cuarto donde yo estaba planchando; vacilé por un momento, pero luego decidí dejar la plancha encendida, pues sabía que me ausentaría tan solo unos momentos. “Lucy, ¿ves la plancha sobre mi tabla alta?”, le pregunté. “Está MUY caliente. Tengo que ir a darle el chupete a Claire; por favor no toques la plancha mientras yo no esté, o te harás daño”.

Estaba segura de que Lucy me había entendido, así que, apresurándome, salí de la habitación. Regresé un momento después y oí un gemido detrás del sillón.

“¿Lucy?”, le pregunté. “¿Dónde estás?”.

No contestó.

“¿Estás bien?; ¿dónde te has escondido?”.

Me dirigí hacia detrás del sillón y me senté en el suelo. Ella escondía su rostro entre las manos. Después de negarse varias veces a decirme lo que había pasado, por fin dijo: “Mami, toqué la plancha”.

Al principio me sentí confusa de que no hubiese prestado atención a mi advertencia; pero después me sentí afligida de que se escondiera de mí por cometer un pequeño error, temerosa de que hubiese perdido mi amor y mi confianza. Yo sabía que ella no podía hacer nada para aliviar el dolor, y que solo yo podía hacer algo para curarle el dedo quemado. Consolé a Lucy, y mientras la llevaba de prisa al lavabo del baño para calmarle el dolor, el Espíritu le susurró a mi corazón: “Así es como se siente el Padre Celestial cuando Sus hijos no prestan atención a Sus advertencias y no le permiten aliviarles el dolor cuando más lo necesitan”. En ese momento sentí regocijo por ese conocimiento y sentí confianza en el deseo del Señor de enseñarme.

La verdadera caridad

Unos años más tarde se me llamó como consejera de la presidencia de la Sociedad de Socorro del barrio. Me sentía inepta para desempeñar tal llamamiento, de modo que empecé a estudiar el principio de la caridad. Oré para desarrollar una caridad más semejante a la de Cristo por las hermanas a quienes prestaba servicio, pero no estaba segura de cómo se manifestaría ese don espiritual o de cómo se sentiría tenerlo.

Un día, mientras preparaba el almuerzo, estaba preocupada pensando en ello. Mi tercera hija, Annie, se encontraba sentada en el descanso de las escaleras, absorta en la imaginación de una niña de dos años. La vi inclinarse hacia adelante para alcanzar un juguete, perder el equilibrio y caer cuatro o cinco escalones. Corrí hacia ella y traté de calmarla mientras lloraba. La tranquilicé lo suficiente para permitirme oír un pequeño sollozo que provenía de la mesa de la cocina; miré hacia allá y vi a Claire, de cinco años, que lloraba.

“Ven aquí”, le dije. “¿Qué te pasa?”.

Corrió hacia Annie y hacia mí para darnos un abrazo. Sus palabras fueron una respuesta directa a la pregunta que había suplicado en mi oración en cuanto a la caridad.

“Vi a Annie cuando se cayó, y luego vi lo triste que estaba”, dijo. “Hubiera preferido caerme yo de las escaleras en lugar de Annie y no tener que verla caer”.

De inmediato, me vino un pensamiento a la mente por medio del Espíritu: “Eso es caridad”.

Aumentar la fe

Hace poco, mi esposo enseñó a nuestros hijos la historia de Moisés. Yo comenté: “¡Creo que la fe de la madre de Moisés es extraordinaria! Ella lo puso en el río y oró al Padre Celestial para que lo protegiera. ¿Se imaginan la gran fe que tuvo que tener para confiarle su bebé al Padre Celestial?”.

Lucy preguntó: “Mami, ¿tu fe es así de grande?”.

Fue una pregunta profunda. Pensé en ella por un momento y después compartí algunas experiencias que he tenido en las que, con fe, confié plenamente en el Señor. La conversación en torno a esa pregunta fue edificante para toda la familia. Todo el tiempo pienso en la pregunta que ella hizo; es alentador saber que puedo tener fe como la madre de Moisés.

Al andar por medio de la fe, suplicar en oración, y estudiar obedientemente, el Señor utiliza mis experiencias como madre para enseñarme Su doctrina por medio del Espíritu; y me enseña con frecuencia, a pesar de las restricciones de tiempo que impone el ser padres.