La palabra de Sabiduría

Jed Woodworth

Al igual que muchas otras revelaciones de la Iglesia en sus primeros tiempos, la sección 89, que hoy se conoce como la Palabra de Sabiduría, se recibió como respuesta a un problema. En Kirtland, muchos hombres de la Iglesia fueron llamados a predicar en diversas partes de los Estados Unidos; debían proclamar el arrepentimiento al pueblo y congregar a los elegidos del Señor. A fin de preparar a estos conversos recientes para su importante labor, José Smith estableció una escuela de capacitación llamada la Escuela de los Profetas, que se inauguró en Kirtland en el segundo piso de la tienda de Newel K. Whitney en enero de 1833.

Todas las mañanas después del desayuno, estos hombres se reunían en la escuela para escuchar la instrucción de José Smith. El salón era muy pequeño y había más de veinticinco élderes que ocupaban todo el espacio. Lo primero que hacían después de sentarse era “encender una pipa, comenzar a hablar acerca de las grandes cosas del reino y seguir fumando”, contó Brigham Young. Las nubes de humo eran tan gruesas que a duras penas los hombres podían ver a José. Una vez terminadas las pipas, “se ponían a mascar por un lado, y quizá por ambos, y después todo quedaba por el suelo”. En este lugar tan sucio, José Smith procuraba enseñar a estos hombres cómo ellos y sus conversos podían llegar a ser santos, “sin mancha” y dignos de la presencia de Dios.

El tabaco

Este episodio tuvo lugar en la tienda de Whitney, en medio de una enorme transformación de la cultura occidental. En 1750, la higiene y el aseo personal eran prácticas poco frecuentes, ocasionales y le interesaban sobre todo a los ricos y aristócratas. En 1900, el baño frecuente se había convertido en una costumbre para una gran parte de la población, especialmente en las clases medias, que habían adoptado los buenos modales como un ideal. El escupir tabaco pasó de ser una práctica públicamente aceptable entre la mayoría de los segmentos de población a ser percibido como un hábito inmundo e impropio de la dignidad de la sociedad bien educada. En medio de este cambio cultural, en el preciso momento en que las personas comunes y corrientes comenzaron a preocuparse por su propia higiene y salud corporal, la Palabra de Sabiduría llegó para iluminar el camino.

La escena de la Escuela de los Profetas habría bastado para preocupar a cualquier persona no fumadora como José Smith. Emma, la esposa de José, le dijo que ese ambiente le preocupaba. Emma y él vivían en la tienda de Whitney, y la tarea de limpiar los escupitajos del piso recaía sobre sus hombros cansados. Quizá se quejara de que se le pidiera realizar esta tarea tan ingrata, pero también había una consideración más práctica: “Ella no conseguía que el piso quedara decente”, recordaba Brigham Young. Las manchas eran imposibles de quitar. Toda esa situación no parecía la ideal para los que habían sido llamados por Dios, como estos élderes, especialmente si recordamos que el salón con el piso sucio era el “cuarto de traducción” de José, el mismo lugar donde recibía revelaciones en el nombre de Dios. José comenzó a preguntar al Señor qué se podía hacer, y el 27 de febrero, apenas un mes después de la inauguración de la escuela, recibió la revelación que más tarde formaría parte de las Escrituras como Doctrina y Convenios 89. La respuesta fue inequívoca. “El tabaco no es para el cuerpo ni para el vientre, y no es bueno para el hombre” (véase D. y C. 89:8).

Las bebidas fuertes

El tabaco era solamente una de las muchas sustancias relacionadas con la higiene y salud corporal cuyos méritos se debatían acaloradamente a ambos lados del océano Atlántico en el momento en que se recibió la Palabra de Sabiduría. Las deliberaciones eran sumamente frecuentes, ya que el abuso de estas sustancias estaba muy generalizado. Frances Trollope, la novelista británica, afirmó con desdén en 1832 que, en todos sus viajes recientes por los Estados Unidos, nunca había conocido a un hombre que no fuera “mascador de tabaco o bebedor de whisky”.

El consumo de alcohol y el mascar tabaco obviamente estaban ya fuera de control. Durante siglos, casi todos los estadounidenses habían consumido grandes cantidades de bebidas alcohólicas, como también hacían los europeos. Los puritanos llamaban al alcohol la “buena creación de Dios”, una bendición del cielo para ingerir con moderación. Se consumía alcohol en prácticamente todas las comidas, en parte debido a que el agua no purificada de aquel tiempo era muy insalubre. La cerveza casera era una de las bebidas preferidas y, después del año 1700, los colonos británico-americanos comenzaron a tomar jugo de durazno (melocotón) fermentado, sidra y ron importado de las Indias occidentales o destilado de la melaza que se preparaba allí. Para 1770, el consumo por persona de licores destilados, sin contar la cerveza ni la sidra, alcanzaba los catorce litros al año.

La Revolución de los Estados Unidos no hizo sino exacerbar esta dependencia al alcohol. Una vez que se suspendieron las importaciones de melaza, los estadounidenses buscaron sustituir el ron por el whisky. Los agricultores que cultivaban cereales en la zona oeste de Pensilvania y Tennessee encontraban más barato fabricar whisky que enviar y vender granos, los cuales no se conservaban bien. Como consecuencia, el número de destilerías creció con rapidez a partir de 1780, impulsado por el establecimiento del cinturón maicero en Kentucky y Ohio, y por las grandes distancias que lo separaban de los mercados del este de los Estados Unidos. Ante el asombro de observadores como Trollope, todos los estadounidenses, tanto hombres como mujeres y niños, tomaban whisky todo el día. El consumo de licores destilados en los Estados Unidos creció sin freno, de casi diez litros por persona en 1790, a más de veintiséis en 1830, alcanzando el tope máximo de toda la historia estadounidense y triplicando la tasa de consumo actual.

Ese elevado consumo de alcohol ofendía a las sensibilidades religiosas. Ya en 1784, los cuáqueros y los metodistas aconsejaban a sus miembros que se abstuvieran de todas las bebidas fuertes y evitaran participar en su venta y fabricación. Un movimiento más firme en pos de la sobriedad comenzó a arraigarse entre las iglesias de las primeras décadas del siglo XIX. El alcohol pasó a verse más como una peligrosa tentación que como un don de Dios. En 1812, las iglesias congregacionales y presbiterianas de Connecticut recomendaban leyes estrictas de licencia para limitar la distribución de alcohol. Lyman Beecher, un líder de este movimiento reformista, defendió medidas aún más extremas y fomentó la abstinencia total de las bebidas alcohólicas. La idea pronto se convirtió en un componente central de la sociedad estadounidense para la sobriedad (ATS, por sus siglas en inglés), que se organizó en Boston en 1826. A las personas se les instaba a firmar una promesa de sobriedad, no sólo para moderar su consumo de alcohol sino para abstenerse totalmente. Junto a los nombres de aquellos que lo hicieron se inscribió una “T” mayúscula, de la palabra “temperance” en inglés, y de allí surgió la palabra “teetotaler”, que significa abstemio. A mediados de la década de 1830, la sociedad ATS había crecido hasta alcanzar más de un millón de miembros, muchos de ellos abstemios.

Alentados por la ATS, aparecieron miles de sociedades locales para la sobriedad por todo el ámbito rural de los Estados Unidos. Kirtland tenía su propia sociedad para la sobriedad, al igual que muchos pueblos pequeños. Precisamente debido a que se debatía y analizaba tanto la reforma sobre el alcohol, y que cada uno de los habitantes tenía una opinión al respecto, los santos necesitaban una manera de determinar qué era lo correcto. Además de rechazar el consumo del tabaco, la Palabra de Sabiduría también se pronunció contra las bebidas alcohólicas: “Que si entre vosotros hay quien beba vino o bebidas fuertes, he aquí, no es bueno ni propio a los ojos de vuestro padre” (véase D. y C. 89: 5).

No obstante, se requirió tiempo para terminar con las prácticas que se encontraban tan profundamente arraigadas en la tradición familiar y cultural, sobre todo en vista de que se utilizaban con frecuencia bebidas fermentadas de todas clases para fines medicinales. El término “bebidas fuertes” ciertamente incluía los licores destilados como el whisky, y los Santos de los Últimos Días por lo general evitaron su consumo a partir de entonces. Adoptaron una postura más moderada en cuanto a bebidas alcohólicas más suaves, como la cerveza y el “vino puro de la uva de la vid, de vuestra propia hechura” (véase D. y C. 89:6). Durante las dos siguientes generaciones, los líderes Santos de los Últimos Días enseñaron la Palabra de Sabiduría como un mandamiento de Dios, pero toleraron diversos puntos de vista sobre hasta qué punto debía observarse estrictamente el mandamiento. Ese periodo de incubación dio tiempo para que los santos desarrollaran su propia tradición de abstinencia en el consumo de sustancias que crean dependencia. A comienzos del siglo XX, cuando los medicamentos científicos comenzaron a estar más ampliamente disponibles y la asistencia al templo se convirtió en un elemento más habitual de la adoración de los Santos de los Últimos Días, la Iglesia se encontraba lista para aceptar una norma más exigente de observancia que eliminaría los problemas como el alcoholismo entre los miembros obedientes. En 1921, el Señor inspiró al Presidente de la Iglesia, Heber J. Grant, a hacer un llamado a todos los santos para que obedecieran la Palabra de Sabiduría al pie de la letra, absteniéndose completamente de todo tipo de alcohol, café, té y tabaco. En la actualidad, se espera que los miembros de la Iglesia vivan esa norma más elevada.

Bebidas calientes

Los reformadores estadounidenses que fomentaban la sobriedad tuvieron éxito en la década de 1830 en gran medida gracias a haber encontrado un sustituto para el alcohol: el café. En el siglo XVIII, el café se consideraba un producto de lujo y se prefería el té producido por los británicos. Después de la Revolución de los Estados Unidos, el tomar té pasó a verse como un acto antipatriota y decayó en gran medida. La vía estaba abierta para que surgiera un estimulante rival. En 1830, los reformadores persuadieron al Congreso de los Estados Unidos a que eliminara las tasas de importación del café. La estrategia funcionó; el precio del café cayó a unos diez centavos por medio kilo, lo cual equiparó el costo de una taza de café con el de un vaso de whisky y marcó el declive de éste último. En 1833, el café había pasado “en gran medida al consumo diario de casi todas las familias, tanto ricos como pobres”. El periódico Baltimore American lo incluyó “entre las cosas necesarias de la vida”. Aunque el café gozaba de una amplia aceptación a mediados de 1830, incluso dentro de la comunidad médica, algunos reformadores radicales como Sylvester Graham y William A. Alcott predicaron contra el uso de estimulantes de cualquier tipo, incluso el café y el té.

La Palabra de Sabiduría rechaza la idea de que se utilice un sustituto para el alcohol. Las “bebidas calientes” (las cuales los Santos de los Últimos Días entendían que representaban el café y el té) “no son para el cuerpo ni para el vientre”, explicaba la revelación (véase D. y C. 89:9). En vez de ello, la revelación instaba a consumir los productos de primera necesidad que habían sostenido la vida durante miles de años. La revelación elogiaba “toda hierba saludable”. “Se ha dispuesto todo grano para el uso del hombre y de las bestias, como sostén de vida… así como también el fruto de la vid, ya sea dentro de la tierra, ya sea arriba de la tierra”. En armonía con una revelación anterior que respaldaba el consumo de carne, la Palabra de Sabiduría recordó a los santos que la carne de las bestias y las aves se habían dado “para el uso del hombre, con acción de gracias”, pero añadía la advertencia de que debía “usarse limitadamente” y no en exceso (véase D. y C. 89:10-12).

“Derramaré mi espíritu sobre toda carne”

Los Santos de los Últimos Días que se enteran de los movimientos de reforma sanitaria de las décadas de 1820 y 1830 a veces quedan perplejos al escucharlo por primera vez. ¿Qué relación guardan estos movimientos con la Palabra de Sabiduría? ¿Se limitó José Smith a utilizar ideas ya existentes en su entorno y declararlas como una revelación?

Esas preocupaciones carecen de base. Haríamos bien en recordar que muchos de los primeros Santos de los Últimos Días que participaron en sociedades para la sobriedad consideraban la Palabra de Sabiduría como un consejo inspirado, “adaptada a la capacidad del débil y del más débil de los santos, que son o que pueden ser llamados santos”. Por otra parte, la revelación no cuenta con ninguna analogía exacta en los libros de su época. A menudo, los reformadores para la sobriedad intentaban asustar a quienes los escuchaban, vinculando el consumo de alcohol con una serie de terribles enfermedades o males sociales. La Palabra de Sabiduría no presentó ningún argumento de ese tipo. En cuanto a las bebidas fuertes, la revelación dice simplemente: “no es bueno”. Del mismo modo, las explicaciones de los preceptos en contra del tabaco y las bebidas calientes son breves. La revelación se puede considerar más como arbitradora que como participante del debate cultural.

En vez de argumentar a partir de una postura de temor, la Palabra de Sabiduría argumenta desde una postura de confianza y fe. La revelación invita a quienes la escuchan a confiar en un Dios que tiene el poder de otorgar grandes recompensas, espirituales y físicas, a cambio de la obediencia al mandato divino. La revelación dice que los que cumplan la Palabra de Sabiduría “recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos; y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos”. Esas líneas vinculan el cuerpo al espíritu, lo cual eleva el cuidado del cuerpo al nivel de un principio religioso.

En definitiva, es lógico que existan algunas coincidencias entre la Palabra de Sabiduría y el movimiento de reforma sanitaria del siglo XIX. Aquella fue una época de “refrigerio” (Hechos 3:19), un momento en la historia donde se derramaba luz y conocimiento de los cielos. Durante la noche en que José Smith recibió la visita del ángel Moroni por primera vez, en el otoño de 1823, el ángel citó una línea del libro de Joel y dijo que estaba a punto de cumplirse: “Derramaré mi espíritu sobre toda carne”, dice el pasaje (Joel 2:28; cursiva agregada). En la medida en que la reforma para la sobriedad hacía que las personas fueran menos dependientes de las sustancias adictivas, lo cual promovía la humildad y los actos justos, el movimiento ciertamente fue inspirado por Dios. “Lo que es de Dios invita e induce a hacer lo bueno continuamente”, declara el Libro de Mormón (Moroni 7:13). En vez de preocuparse por las coincidencias culturales, los Santos de los Últimos Días pueden contemplar con alegría cómo el espíritu de Dios ha conmovido a tantas personas, con tanto alcance y con tanta fuerza.

Justo después de recibir la Palabra de Sabiduría, José Smith se presentó ante los élderes de la Escuela de los Profetas y les leyó la revelación. A los hermanos no les hizo falta que les explicaran el significado de las palabras. “Inmediatamente arrojaron sus pipas al fuego”, recordó uno de los participantes. Desde ese momento, la inspiración que contiene la Palabra de Sabiduría ha demostrado su autenticidad muchas veces más en la vida de los santos, y su poder y divinidad se han ido derramando a lo largo de los años. En cierto modo, el movimiento de reforma sanitaria estadounidense ha desaparecido, mientras que la Palabra de Sabiduría sigue vigente para iluminar nuestro camino.

¿Qué debemos hacer cuando no sabemos qué hacer?

Lo que el Señor espera de nosotros es que averigüemos, estudiemos y entremos en acción aun cuando nos falte un conocimiento perfecto.

Nefi, después de que él y sus hermanos habían fracasado varias veces en su intento por conseguir las planchas de bronce que tenía Labán, se puso en camino para intentarlo por última vez “sin saber de antemano lo que tendría que hacer” (1 Nefi 4:6).

A través de las épocas, muchos profetas han enfrentado un desafío similar al tener que actuar por la fe. Adán recibió el mandamiento de ofrecer sacrificios sin saber por qué (véase Moisés 5:5–6). Abraham partió de su tierra natal hacia una nueva tierra de herencia sin saber dónde estaba ubicada (véase Hebreos 11:8; Abraham 2:3, 6). Pablo viajó hasta Jerusalén sin saber qué le pasaría cuando llegara (véase Hechos 20:22). José Smith se arrodilló en una arboleda sin saber a qué Iglesia debía afiliarse (véase José Smith—History 1:19).

También nosotros podemos encontrarnos en situaciones que nos exijan entrar en acción sin saber qué debemos hacer. Felizmente, las experiencias mencionadas nos enseñan diferentes maneras de seguir adelante a pesar de la incertidumbre.

Nefi exhortó a sus hermanos a que fueran fieles en guardar los mandamientos del Señor (véase 1 Nefi 4:1); luego actuó guiado por esa fe: entró “furtivamente en la ciudad” y se dirigió “a la casa de Labán”, “e iba guiado por el Espíritu” (1 Nefi 4:5–17). Y el Espíritu le dijo no sólo lo que tenía que hacer, sino también por qué era importante que lo hiciera (véase 1 Nefi 4:12–14).

Adán respondió siendo “obediente a los mandamientos del Señor” (Moisés 5:5). Abraham actuó movido por la fe y, como resultado llegó a “la tierra prometida” (Hebreos 11:9). Pablo decidió no temer a las “prisiones y tribulaciones”, sino llegar al fin del “ministerio que recibi[ó] del Señor Jesús” (Hechos 20:23–24). José Smith meditó sobre las Escrituras y tomó la determinación de seguir la exhortación de “pedir a Dios” (José Smith—Historia 1:13).

Tenemos la responsabilidad de entrar en acción

En las Escrituras se nos advierte que el no saber qué hacer no es excusa para no hacer nada. Nefi, que deseaba “conocer las cosas que [su] padre había visto”, reflexionó sobre ellas y fue “arrebatado en el Espíritu del Señor” (1 Nefi 11:1). Entretanto, Lamán y Lemuel pasaron el tiempo “disputando entre sí concerniente a las cosas que [Lehi] les había hablado” (1 Nefi 15:2).

Lo que el Señor espera de nosotros es que averigüemos, estudiemos y entremos en acción, aun cuando haya algunas cosas que tal vez nunca lleguemos a saber en esta vida. Una de ellas es el momento de Su Segunda Venida, de lo cual Él dijo: “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor” (Mateo 24:42). Al referirse a esa incertidumbre, el presidente Wilford Woodruff (1807–1898) aconsejó a los miembros de la Iglesia a prepararse, pero afirmó que él todavía iba a continuar plantando cerezos1.

“Cuando vives dignamente y lo que has elegido está de acuerdo con las enseñanzas del Salvador y necesitas actuar, sigue adelante con confianza”, dijo el élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles. Si somos sensibles a la inspiración del Espíritu, agregó, “recibirás el estupor de pensamiento que te indicará que lo que has escogido no es correcto, o sentirás paz o que tu pecho arde confirmándote que tu elección ha sido correcta [véase D. y C. 9:8–9]. Cuando tú vives con rectitud y actúas con confianza, Dios no permitirá que sigas adelante por mucho tiempo sin hacerte sentir la impresión de que has hecho una mala decisión”2.

Probemos al Señor

Dos experiencias que tuve, en casos en que no estaba seguro de lo que debía hacer, ilustran la importancia de obedecer los mandamientos y de seguir a los profetas vivientes. Cuando estaba en el colegio universitario, me quedé sin fondos, así que busqué un trabajo de tiempo parcial. Al recibir el primer cheque, no sabía si el dinero me iba a alcanzar hasta el próximo pago; pero recordé la promesa del Señor con respecto al diezmo: “…probadme ahora en esto… si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición…” (Malaquías 3:10).

Decidí probar al Señor; pagué primero el diezmo y Él me bendijo con lo necesario; y en el proceso aprendí a confiar en Sus promesas.

Años después, cuando mi esposa y yo teníamos niños pequeños y yo estaba comenzando en una carrera nueva, mi empleador cambió el plan de seguro médico; el que teníamos terminaba el 1º de junio y el nuevo no empezaba hasta el 1º de julio, lo cual nos dejaba un mes entero sin seguro. No sabíamos qué hacer, pero entonces recordé un discurso que había dado el presidente N. Eldon Tanner (1898–1982) en el cual aconsejaba a los miembros de la Iglesia que siempre tuvieran un seguro de salud3.

Hablé con la compañía y negocié un contrato para seguir con el seguro durante todo junio. El 28 de ese mes Matt, nuestro hijo mayor, se cayó del trampolín en la piscina de nuestro vecindario y se golpeó la cabeza contra el cemento, lo que le produjo una fractura de cráneo y conmoción cerebral. De inmediato lo llevaron en helicóptero al hospital donde los especialistas lo trataron; el costo fue astronómico y nos habría arruinado económicamente, pero felizmente el seguro de salud pagó la mayor parte del tratamiento.

¿Qué debemos hacer?

Así que, ¿qué debemos hacer cuando no sabemos qué hacer? Para recibir una respuesta, no tenemos por qué buscar más allá de los profetas, de las Escrituras y del Salvador. Esas invalorables fuentes nos enseñan a:

  1. Buscar las respuestas por medio del estudio y de la oración.

  2. Obedecer los mandamientos.

  3. Confiar en el Señor y en Sus promesas.

  4. Seguir al Profeta.

  5. Seguir adelante con fe, no con temor.

  6. Llevar a cabo nuestra misión.

Y en cada uno de esos pasos, sigamos el consejo del presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles: “Siempre, siempre sigan la inspiración del Espíritu”4.