Tuve hambre, y me disteis de comer.

Presidente Gordon. B. Hinckley

Dondequiera que hayan surgido necesidades de cualquier índole, allí ha habido representantes de la Iglesia… Yo he sido testigo personal de la eficacia de nuestros esfuerzos humanitarios.

En 1936, hace sesenta y ocho años, una de las secretarias del Quórum de los Doce me comentó lo que un miembro de ese quórum le había dicho, que en la siguiente conferencia general se iba a anunciar un nuevo programa que se llegaría a reconocer como algo aún más notable que la llegada de los pioneros a estos valles.

Haciendo un paréntesis, nunca deben comentarle a su secretaria nada que se suponga que deba ser confidencial, y ella no debería compartir con nadie ninguna información confidencial que se le haya dado.

Eso sucedió en aquel entonces, pero con toda seguridad que ya no sucede hoy. ¡Claro que no! Debo agregar que mis capaces secretarias nunca han sido culpables de semejante abuso de confianza.

Como bien lo saben quienes estén familiarizados con la historia, en aquel momento se anunció el Plan de Seguridad de la Iglesia, al que más adelante se le dio el nombre de Programa de Bienestar de la Iglesia.

Me preguntaba en aquellos días cómo lo que hiciera la Iglesia podría eclipsar en la mente de persona alguna la histórica congregación de nuestra gente en estos valles del oeste de los Estados Unidos. Aquel fue un acontecimiento de dimensiones tan extraordinarias que pensé que nada llegaría jamás a ser tan digno de mención, pero he descubierto algo interesante en los últimos tiempos.

En la Oficina de la Primera Presidencia recibimos a muchos visitantes distinguidos, entre ellos, jefes de estado y embajadores de naciones. Hace pocas semanas nos visitó el alcalde de una de las ciudades más reconocidas del mundo y después el vicepresidente y el embajador de Ecuador, el embajador de Lituania, el embajador de Bielorrusia y otros. En nuestras conversaciones, ni uno solo de ellos hizo referencia al gran éxodo de nuestros pioneros, pero cada uno, en forma independiente, habló con gran admiración de nuestro programa de bienestar y de nuestros esfuerzos humanitarios.

Así que, al dirigirme a ustedes en esta gran reunión del sacerdocio, quisiera decir algunas cosas sobre nuestra labor a favor de los necesitados en varias partes del mundo, ya sea que fueren miembros de la Iglesia o no.

Cuando el programa de bienestar como lo conocemos hoy fue puesto en marcha, tenía como fin atender las necesidades de nuestra propia gente. En años subsiguientes, decenas de miles de personas han recibido asistencia. Obispos y presidentas de Sociedad de Socorro han podido disponer de alimentos, ropa y otros artículos de primera necesidad para hacerlos llegar a los necesitados. Una cantidad incalculable de miembros de la Iglesia ha prestado servicio voluntario en la producción de lo que se requería. Ahora tenemos en funcionamiento 113 almacenes, 63 granjas, 105 plantas de enlatado y centros de almacenamiento doméstico, 18 plantas de procesado y distribución de alimentos y muchas otras instalaciones.

No sólo se han satisfecho las necesidades de miembros de la Iglesia, sino que la ayuda se ha extendido a muchos más. Aquí mismo, en la comunidad de Salt Lake City, muchos desposeídos son alimentados a diario por instituciones no afiliadas a la Iglesia pero que emplean nuestras provisiones de bienestar.

Aquí, en esta ciudad, así como en un buen número de otros lugares, operamos magníficos establecimientos donde no hay cajas registradoras ni se hacen transacciones monetarias al poner alimentos, ropa y otros artículos a disposición de los necesitados. No creo que se pueda encontrar mejor leche, carne ni harina en los estantes de ningún mercado que las que se distribuyen desde los almacenes del obispo.

Los principios sobre los cuales operan estos establecimientos son básicamente los mismos que los del comienzo.

Se espera que los necesitados hagan todo cuanto puedan para abastecerse a sí mismos. Después, sus respectivas familias tal vez puedan ayudarles y por último, entran en juego los recursos de la Iglesia.

Creemos en las palabras de nuestro Señor y las tomamos muy en serio. Él dijo:

“Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

“estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mateo 25:34–36).

Es así como el Señor vela por los necesitados, a quienes, dijo Él, “siempre tendréis con vosotros” (véase Mateo 26:11).

Los que están en condiciones, trabajan en forma voluntaria en bien de aquellos que no están en condiciones. El año pasado se donaron 563.000 días de trabajo en instalaciones de bienestar, el equivalente a un obrero que trabaja 8 horas diarias durante 1.542 años.

En una reciente edición del Church News se publicó un artículo sobre un grupo de granjeros en una pequeña comunidad del estado de Idaho. Permítanme leerles parte del mismo:

“Son las 6:00 de la mañana de un día de otoño y la helada se siente en el aire sobre las plantaciones de remolacha en Rupert, Idaho.

“Los largos brazos de las máquinas remolacheras se extienden por encima de las doce hileras de plantas para cortar las hojas. Detrás de las remolacheras, las cosechadoras clavan sus dedos de metal en la tierra y extraen la remolacha, colocándola sobre una cinta que la transporta hasta un camión…

“Estamos en la Granja de Bienestar de Rupert, Idaho y quienes están trabajando hoy aquí son voluntarios… Por momentos vemos más de sesenta máquinas trabajando al unísono… todas de propiedad de granjeros locales”.

El trabajo prosigue a lo largo del día.

“Son las 7:00 de la tarde… el sol ya se ha puesto, dejando la tierra nuevamente a oscuras y fría. Los granjeros se marchan a sus hogares, exhaustos y felices.

“Otra jornada llega a su reconfortante fin.

“Esos hombres han cosechado las remolachas del Señor” (Neil K. Newell, “A Harvest in Idaho”, Church News, 20 de marzo de 2004, pág. 16).

Ese magnífico servicio voluntario se lleva a efecto constantemente para mantener abastecidos los almacenes del Señor.

Desde sus mismos comienzos, el programa no se ha limitado a la ayuda a los necesitados sino que también ha instado a las familias de la Iglesia a estar preparadas. Nunca se sabe cuándo pueda sobrevenir una catástrofe; o enfermedades, desempleo o accidentes.

El año pasado el programa ayudó a familias a almacenar 8.165 toneladas métricas de alimentos básicos para tiempos de necesidad. Es de esperar que esos tiempos nunca lleguen, pero el saber que tales alimentos están almacenados nos trae tranquilidad y nos proporcionan la satisfacción de haber obedecido el consejo que se nos dio.

Ahora se ha añadido otro objetivo al programa de bienestar. Comenzó hace algunos años cuando la sequía en África causó hambre y muerte a una innumerable cantidad de personas. Se invitó a los miembros de la Iglesia a contribuir a un gran esfuerzo humanitario para satisfacer las necesidades de esa gente sumida en la pobreza. Las contribuciones de ustedes han sido numerosas y generosas. El trabajo ha continuado pues hay graves necesidades en muchos otros lugares. El alcance de esta ayuda se ha transformado en un milagro. Millones de kilogramos de comida, medicamentos, mantas, tiendas, ropa y otros artículos han servido para prevenir hambruna y desolación en varias partes del mundo. Se han cavado pozos, se han plantado cultivos y se han salvado vidas. Permítanme darles un ejemplo.

Neil Darlington es un ingeniero químico que trabajó para una prestigiosa firma industrial de Ghana y con el tiempo se jubiló.

Él y su esposa fueron entonces llamados a servir una misión y fueron enviados a ese país. El hermano Darlington dijo: “Estábamos como representantes de la Iglesia en zonas de hambruna, enfermedad y disturbios sociales, extendiendo una mano de ayuda a los indigentes, los hambrientos y los afligidos”.

En pequeños poblados perforaron nuevos pozos y repararon algunos que ya estaban viejos. Quienes disfrutamos de agua fresca y potable en abundancia ni siquiera podemos imaginarnos las circunstancias de aquellos que no la tienen.

¿Pueden visualizar a este devoto matrimonio misionero Santo de los Últimos Días? Ellos perforan la tierra seca y el taladro llega a la capa de agua y el milagroso líquido brota en la superficie y humedece el suelo seco y sediento. Entonces hay regocijo y también lágrimas. Ahora hay agua para beber, agua con la cual lavar, agua para los cultivos. No hay nada más atesorado en una tierra seca que el agua. Qué cosa tan hermosa es el agua que brota de un nuevo pozo.

En una ocasión, cuando los jefes de la tribu y los ancianos del poblado se reunieron para agradecerles, el hermano Darlington y su esposa preguntaron si estaría bien si les cantaran una canción. Miraron en los ojos de aquellos hombres y mujeres de tez oscura que tenían delante de sí y cantaron: Soy un hijo de Dios, como una expresión de hermandad entre ellos.

Este matrimonio, a través de sus esfuerzos, ha llevado agua a cerca de 190.000 personas en remotos poblados y campamentos de refugiados. Piensen en el milagro de este logro.

Y ahora, literalmente miles de matrimonios como ellos, matrimonios que pudiendo haberse entregado hasta el fin de sus vidas a actividades sin mayor valor, han servido y sirven de muchas formas en muchos lugares. Han trabajado y siguen trabajando en zonas empobrecidas del continente americano; han trabajado y siguen haciéndolo en la India y en Indonesia, en Tailandia y en Camboya, en Rusia y los países bálticos, y así la obra sigue creciendo.

Uniéndonos al esfuerzo de otras instituciones, la Iglesia ha facilitado recientemente sillas de ruedas a unas 42.000 personas inválidas. Piensen en lo que esto significa para quienes hasta ahora habían tenido que arrastrarse para desplazarse de un lugar a otro. Con la colaboración de abnegados médicos y enfermeras, se brindó capacitación sobre resucitación de neonatos a cerca de 19.000 profesionales tan sólo en el año 2003. Como consecuencia de ello se salvará la vida de miles de recién nacidos.

El año pasado se diagnosticó a unas 2.700 personas con problemas en la vista y se capacitó a 300 especialistas de diferentes lugares en cuanto a nuevos procedimientos. Literalmente, se les devolvió la vista a los ciegos.

Donde hubo inundaciones, donde se verificaron desastrosos terremotos, donde el hambre sigue azotando la tierra, dondequiera que hayan surgido necesidades de cualquier índole, allí ha habido representantes de la Iglesia. El año pasado se hicieron contribuciones por un valor aproximado a los 98 millones de dólares en efectivo y en especie, llevando la suma total de donativos a los 643 millones de dólares en sólo 18 años.

Yo he sido testigo personal de la eficacia de nuestros esfuerzos humanitarios. Al viajar por el mundo, he estado con quienes se han beneficiado con nuestra generosidad. En 1998 visité las zonas de Centroamérica que fueron destruidas por el Huracán Mitch. Allí la distribución de alimentos y ropa fue rápidamente organizada y el proceso de limpieza y reconstrucción de hogares destrozados y de vidas despedazadas fue un milagro para nosotros.

No hay tiempo para seguir haciendo un recuento del alcance de estos extraordinarios programas. Al dar nuestra ayuda no hemos preguntado si los damnificados eran o no miembros de la Iglesia pues sabemos que todos los seres humanos somos hijos de Dios, dignos de recibir ayuda en momentos de necesidad. En gran medida hemos hecho todo cuanto hicimos sin que la mano izquierda estuviera enterada de lo que hacía la derecha. No buscamos reconocimientos ni agradecimientos. Es compensación suficiente el saber que cuando ayudamos a uno de los más pequeños de los hijos de nuestro Padre Celestial, lo hemos hecho también a Él y a Su Hijo Amado (véase Mateo 25:40).

Y seguiremos adelante con esta obra, pues siempre habrá necesidades. El hambre y las tragedias siempre estarán entre nosotros y siempre habrá personas a cuyo corazón haya entrado la luz del Evangelio y que estén dispuestas a servir y trabajar y alentar a los necesitados de la tierra.

Como parte de una labor similar, establecimos el Fondo perpetuo para la educación, el cual se ha hecho realidad gracias a las generosas contribuciones de ustedes. Está ahora en funcionamiento en 23 países. Los préstamos se otorgan a jóvenes dignos de ambos sexos con miras a su educación. De no existir este fondo, ellos seguirían atrapados en la misma pobreza que conocieron sus antepasados por generaciones. Llega a más de 10.000 el número de personas que reciben esta ayuda y la experiencia hasta el presente nos indica que con esa educación ahora ganan tres o cuatro veces más de lo que antes les era posible ganar.

El Espíritu del Señor guía esta obra. Esta actividad de bienestar es de naturaleza secular y se manifiesta a sí misma por medio de granos, cobijas, ropa y medicamentos, de empleo y de educación. Pero esta obra llamada secular no es más que una expresión exterior de un espíritu interior: el Espíritu del Señor de quien se dijo que “anduvo haciendo bienes” (véase Hechos 10:38).

Que los cielos hagan prosperar este gran programa y que las bendiciones celestiales descansen sobre todos cuantos sirven en él, lo ruego humildemente en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Conferencia General, Abril 2004

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Pensamientos sobre los templos, la retencion de conversos y el servicio misional.

Presidente Gordon. B. Hinckley

“Que consideren la Iglesia como su gran y buena amiga, su refugio cuando el mundo parezca cerrarse a su alrededor, su esperanza cuando los cosas se vuelvan tenebrosas, su columna de fuego.”

Hermanos, ahora que tengo el privilegio de dirigirles la palabra, repetiré algunas de las cosas que se han dicho durante esta conferencia con la esperanza de hacer hincapié en la importancia de ellas. Esta ha sido una reunión maravillosa; si prestamos oído y obedecemos los consejos que hemos recibido, nos beneficiaremos mucho.

Creo que ningún miembro de la Iglesia recibe lo fundamental que esta Iglesia tiene para dar mientras no reciba sus bendiciones del templo en la casa del Señor. Por consiguiente, estamos haciendo todo lo que sabemos hacer para acelerar la obra de la construcción de estos sagrados edificios y poner las bendiciones que allí se reciben al alcance de mas personas.

Tras la dedicación del Templo de St. Louis, que tuvo lugar en junio de este año, tenemos 50 templos en funcionamiento. Pronto dedicaremos el Templo de Vernal, Utah. La próxima dedicación de un templo esta programada para junio de 1998 y será el Templo de Preston, Inglaterra.

Me complace comunicarles que los templos de Colombia; de Ecuador; de la República Dominicana; de Bolivia; de España; de Recife y de Campiñas, Brasil; de México; de Boston; de Nueva York y de Albuquerque siguen adelante ya sea en planificación o en diversas etapas de construcción. El plan de construir un templo en Venezuela, lo cual anunciamos antes, también sigue adelante y tenemos esperanzas de adquirir un terreno en un futuro muy cercano. Y seguimos en la tarea de conseguir los diversos tipos de permisos, contra alguna oposición,

para la construcción de los templos de Billings, Montana y de Nashville, Tennessee.

En esta ocasión tengo el placer de anunciar que hemos resuelto edificar un templo en Houston, Texas, y uno en Porto Alegre, Brasil. Todo esto pone de manifiesto el gran interés que tenemos en hacer avanzar con vigor esta importante obra. Pienso que en total tenemos unos 17 templos en alguna etapa de su construcción, lo cual es una tarea prodigiosa.

Sin embargo, hay muchas áreas distantes y aisladas de la Iglesia, donde el numero de miembros es pequeño y donde no es probable que este aumente mucho en el futuro cercano. ¿Se han de negar a los que viven en esos lugares las bendiciones de las ordenanzas del templo? Mientras visitábamos una de esas áreas hace unos pocos meses, meditamos en esa pregunta y oramos al respecto. Creemos que recibimos la respuesta con toda claridad.

En algunas de esas áreas construiremos templos pequeños, edificios que cuenten con todas las instalaciones necesarias para administrar todas las ordenanzas. Se edificarían de acuerdo con el nivel que corresponde a los templos, el cual es mucho mas elevado que el de los centros de reuniones. Contendrían todo lo necesario para efectuar bautismos por los muertos, el servicio de la investidura, los sellamientos y todas las demás ordenanzas que se deben realizar en la casa del Señor tanto para los vivos como por los muertos.

Presidirían esos templos, cuando ello fuera posible, hombres de la localidad que serian llamados como presidentes de templo, del mismo modo que son llamados los presidentes de estaca, y tendrían un periodo indefinido de designación de servicio en el cargo; vivirían en el área, en su propia casa. Uno de los consejeros seria el registrador del templo y el otro, el ingeniero o técnico del templo. Todos los obreros de las ordenanzas serian personas locales que ocuparían otros cargos en sus respectivos barrios y estacas.

Se esperaría que los participantes tuvieran su propia ropa del templo, y de ese modo no haría falta construir lavaderos muy costosos. Un lavadero sencillo podría encargarse de la ropa bautismal. No habría instalaciones para comer.

Esos edificios se abrirían de acuerdo con lo que fuese necesario, quizá uno o dos días a la semana, lo cual quedaría a criterio del presidente del templo. Cuando fuera posible, construiríamos el edificio en el mismo terreno de un centro de estaca y los dos edificios utilizarían el mismo estacionamiento, con lo cual se ahorraría mucho dinero.

Uno de esos templos pequeños se puede construir casi por lo mismo que cuesta mantener un templo grande en un solo año; se puede edificar en un tiempo relativamente breve, o sea, en varios meses. Repito que no faltaría ninguno de los elementos esenciales y podrían efectuarse en cl todas las ordenanzas de la casa del Señor. Esos edificios pequeños tendrían por lo menos la mitad de la capacidad que tienen algunos de nuestros templos mucho mas grandes, y podrían ampliarse cuando fuera preciso.

Ahora bien, creo que, al oírme ustedes decir esto, los presidentes de estaca de muchas áreas dirán que eso es exactamente lo que necesitan. Y bien, hágannos saber de lo que necesiten y nosotros lo tomaremos en consideración con detención y con oración; pero les ruego que no esperen que todo ocurra de inmediato, puesto que nos hace falta ganar un poco de experiencia para esta empresa.

El funcionamiento de esos templos requerirá cierta medida de sacrificio de parte de los fieles santos locales a los que sirvan; ellos no sólo prestaran servicio como obreros de las ordenanzas, sino que se esperara que limpien los edificios y cuiden de ellos. Pero la carga no será pesada; si se tienen en cuenta las bendiciones, la tarea será en verdad liviana. No habrá empleados remunerados: todo el trabajo del funcionamiento representará fe, devoción y dedicación.

Estamos proyectando esos edificios ahora mismo para Anchorage, Alaska; para las colonias sud del norte de México y para Monticello, Utah. En las áreas donde el numero de miembros de la Iglesia es mayor, construiremos mas de los templos tradicionales; sin embargo, estamos elaborando planes encaminados a reducir los gastos sin que se reduzca la obra que en ellos se llevara a cabo. Hemos tomado la resolución, hermanos, de hacer llegar los templos a las personas y brindarles así todas las oportunidades de recibir las valiosísimas bendiciones que brinda la adoración en el templo.

Por ahora, baste con eso sobre ese tema. Lo que diré en seguida ya me lo han oído decir antes y han oído a otras personas hablar de ello. Espero que sigamos hablando del tema y que hagamos algo al respecto. Lo hago porque es algo que me preocupa muchísimo.

Junto con el aumento de la obra misional en todo el mundo, debe haber un aumento comparable en la labor de hacer que cada converso se encuentre a gusto en su barrio o rama. Llegara a la Iglesia este año un numero suficiente de personas para constituir mas de 100 nuevas estacas de un tamaño promedio. Lamentablemente, junto con esta aceleración en la tarea de la conversión, estamos descuidando a algunos de estos miembros nuevos. Confío en que se despliegue un gran esfuerzo en toda la Iglesia, en todo el mundo, para retener a cada converso que llegue a la Iglesia.

Esto es asunto serio. No hay razón para realizar la obra misional si no conservamos los frutos de esa labor; ambas tareas deben ser inseparables.

Quisiera leerles una carta, que es de las que recibimos de vez en cuando. Es de un hombre y dice:

“Me siento obligado a escribirle después de haber leído los comentarios que usted hizo en la conferencia general de abril. Me conmovió particularmente lo que decía con respecto a los ‘conversos y hombres jóvenes’. Leí el articulo en la red Internet y me enternecieron sus palabras. Su percepción de los conversos

y de las necesidades especiales de ellos me emocionó de un modo muy hondo puesto que yo fui converso a la Iglesia. He querido escribirle para decirle que estoy de acuerdo con todo lo que usted señalaba y que, si mas miembros de la Iglesia hubiesen sido conscientes de las necesidades de un converso, probablemente yo habría permanecido en la Iglesia.

“Me convertí a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días en 1994. Eso ocurrió después de un largo tiempo en el que yo había estado buscando la Iglesia verdadera. Había investigado casi todas las religiones e iglesias pero nunca había hallado lo que buscaba. Desde el primer contacto que tuve con los misioneros, supe que me enseñaban algo que cambiaría mi vida. Al escucharlos, oí lo que había estado buscando durante todos esos años. No se si habrá palabras para describir lo que sentí después de haber oído el mensaje de ellos. Por fin me sentí en paz. Todo ello tenia sentido. De todo corazón estudie la Iglesia y sentí como si hubiese hallado un ‘hogar’. Resolví ser bautizado el 8 de octubre de 1994. Fue uno de los días mas grandes de mi vida.

“Sin embargo, después de mi bautismo, las cosas con respecto a la Iglesia cambiaron. De pronto me vi lanzado a un ambiente en el que se suponía que yo supiera todos los detalles. Deje de ser el centro de atención para ser tan solo un miembro mas. Me trataron como si yo hubiese estado en la Iglesia desde hacia años.

“Me habían dicho que se me darían seis charlas después de que me uniera a la Iglesia, pero eso nunca se llevó a cabo. En ese mismo tiempo, mi prometida me presionaba intensamente para que no estuviera en la Iglesia; era sumamente antimormona [en sus] creencias y no quería que yo fuese parte de ella. A menudo nos peleábamos por la Iglesia. Pense que podría hacerla comprender mis creencias. Pense que si tan sólo tuviese mas tiempo para participar en la Iglesia, ella no la consideraría como algo tan malo ni como una secta. Pense que vería por mi ejemplo que esta era la Iglesia verdadera y que llegaría a aceptarla.

“Me valí de los misioneros que me apoyaron mucho; ellos me ayudaron … a pensar en las formas de convencer a mi novia de que yo había tomado la decisión acertada. Todo eso anduvo bien hasta que a los misioneros los trasladaron a otro sitio; se fueron y yo me quede básicamente solo. Al menos, eso fue lo que pense. Busque apoyo en los miembros, pero no lo encontré. El obispo me ayudó, pero no le era posible hacer mas. Poco a poco fui perdiendo mi ‘cálida sensación’ con respecto a la Iglesia. Me sentí como un extraño y comencé a dudar de la Iglesia y de su mensaje. Con el tiempo, empece a prestarle mas oído a mi novia. Entonces concluí que quizá me había apresurado demasiado en unirme a la Iglesia. Le escribí al obispo y le pedí que se quitara mi nombre de los registros de la Iglesia. Permití que eso se hiciera. Ese fue un tiempo de desesperación en mi vida.

“Ya han pasado dos años desde que deje la Iglesia. He vuelto a [mi antigua Iglesia] y no he tenido nada que ver con La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días desde entonces. Constantemente le pido a Dios en oración que me guíe. Se muy dentro de mi que El me guiara a Su Iglesia verdadera. No obstante, no se si esa es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días ni siquiera si existirá. Lamento haber dejado la Iglesia y haber solicitado que se quitara mi nombre de los registros, pero cuando lo hice, pensaba que no me quedaba otro camino. El haberlo hecho me produjo una mala impresión que seria difícil borrar.

“Al prepararse la Iglesia para poner en marcha un programa de retención de nuevos conversos, he deseado hacerle saber a usted … que es probable que muchos conversos nuevos tengan experiencias semejantes a la mía. Se que hay personas que se están uniendo a la Iglesia en contra del consejo de amigos y de familiares. Ese es un gran paso que ellos dan y se les debe apoyar en esa ocasión critica. Se por lo que a mi me ocurrió que si hubiera recibido el apoyo que me hacia falta no estaría ahora escribiéndole esta carta.

“Gracias por el tiempo dedicado a leerla”, y firma la carta.

¡ Que tragedia! ¡Que terrible tragedia! Creo que el autor de esa misiva todavía tiene un testimonio de esta obra. Ese testimonio lo ha tenido desde que se bautizó, pero se sintió solo y penso que no tenia importancia para nadie.

Alguien falló y falló de manera lamentable. Digo a los obispos de todo el mundo que, pese a todo lo que ustedes tienen que hacer y reconocemos que es mucho no pueden hacer caso omiso de los conversos. La mayoría de ellos no necesitan mucho; como ya lo he señalado, necesitan un amigo, necesitan algo que hacer, una responsabilidad. Ellos necesitan ser nutridos por la buena palabra de Dios. Llegan a la Iglesia con entusiasmo por lo que han encontrado. Debemos valernos de inmediato de ese entusiasmo para fortalecerlos. Ustedes tienen personas en sus respectivos barrios que pueden ser amigas de todos los conversos; pueden escucharlos, guiarlos, contestar a sus preguntas y estar cerca de ellos para prestarles ayuda en todas las circunstancias y en todas las condiciones. Hermanos, esta perdida debe parar; es innecesaria. Estoy convencido de que el Señor no esta complacido con nosotros. Los invito, a todos y a cada uno de ustedes, a hacer de esto un asunto de primera prioridad en su trabajo administrativo. Invito a todos los miembros a acercarse con amistad y con afecto a los que lleguen a la Iglesia en calidad de conversos.

Van a oír mucho acerca de esto en los meses que vienen. Lo menciono ahora sólo para destacar que lo respaldo con el mayor entusiasmo.

Permítanme hablar en seguida de otro asunto. Deseo dirigirme a todos los muchachos que me estén escuchando en esta oportunidad. Expreso agradecimiento por lo que las demás Autoridades Generales les han dicho.

Primero, deseo puntualizar que los honramos y los respetamos a ustedes, los hombres jóvenes. Ustedes representan una generación portentosa en esta Iglesia. He indicado una y otra vez que creo que esta es la mejor generación que hemos tenido. Ustedes y las mujeres jóvenes son formidables. Estudian las Escrituras. Oran. Asisten a seminario a costa de sacrificios. Procuran hacer lo correcto. Tienen un testimonio de esta obra, y la mayoría de ustedes viven de acuerdo con el. ¡Los felicito de todo corazón! Les expreso el gran amor que les tenemos. Sólo deseo especificar una o dos cosas, como añadidura a lo que he dicho anteriormente, lo cual espero sea alentador para ustedes al seguir adelante en la vida.

No podría desear nada mejor para ustedes que el que sean totalmente leales a la Iglesia, que tengan fe absoluta en la divina misión de ella, un amor total por la obra del Señor con el deseo de sacarla adelante y una dedicación total al cumplir con sus deberes como miembros del Sacerdocio Aarónico.

Viven ustedes en un mundo de espantosas tentaciones. La pornografía con su sórdida inmundicia azota la tierra como una horrorosa y pavorosa marejada. Es veneno. No la vean ni la lean. Los destruirá si lo hacen. Les quitara el respeto por ustedes mismos. Les robara la sensación de las bellezas de la vida. Los derribara y los arrastrara al lodazal de los malos pensamientos y posiblemente de los malos actos. Mantenganse alejados de ella. Evítenla como rehuirían una enfermedad horrorosa, puesto que es igual de mortal. Sean virtuosos de pensamiento y de obra. Dios ha plantado en ustedes, por un propósito, un instinto divino que puede ser fácilmente trastrocado a fines malignos y destructivos. Mientras son jóvenes, no salgan con una sola señorita como novios. Cuando lleguen a la edad en que piensen en casarse, entonces podrán hacerlo. Pero ustedes, los jóvenes que están en la escuela secundaria, no deben hacerlo ni tampoco las jóvenes.

Constantemente recibimos cartas que tienen que ver con personas que, bajo las presiones de la vida, se casan cuando todavía son muy jóvenes. Hay un antiguo adagio que dice: “Cásate de prisa y tendrás mucho tiempo para lamentarlo” Eso es muy cierto.

Pasen ratos agradables con las jóvenes. Realicen actividades juntos, pero no piensen en algo demasiado serio demasiado pronto. Tienen por delante el campo misional y no pueden permitirse el correr el riesgo de perder esa gran oportunidad y responsabilidad.

El Señor ha dicho: “… deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente …” (D. y C. 121:45).

Aléjense del alcohol. La graduación de la escuela secundaria no es motivo para celebrar con cerveza. Es preferible mantenerse alejados y que los demás piensen que son mojigatos a ir a tales celebraciones y pasarse la vida lamentándolo después. Aléjense de las drogas. No se pueden permitir tocarlas, pues si lo hacen, estas los destruirán totalmente. La euforia pasara pronto y los estranguladores tentáculos de este mal los atraparan. Llegaran a ser esclavos, esclavos del vicio. Perderán el control de su vida y de sus actos. No experimenten con ellas. ¡Manténganse libres de ellas!

Anden en la luz del sol, de la fortaleza y de la virtud del autodominio y de la integridad absoluta.

Cursen todos los estudios que puedan. La instrucción académica es la llave que abre la puerta de las oportunidades. Dios ha mandado a los de este pueblo adquirir conocimiento “tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118; véase también 109:7, 14).

Ustedes son un pueblo adquirido por Dios. Desde luego que lo son. Ustedes han evitado las cosas del mundo y se hallan en el camino que conduce a algo mas elevado y mejor. Tienen que adquirir instrucción. Tienen por delante el matrimonio como una gran y sagrada oportunidad en la casa del Señor.

Tienen que ir al campo misional. Cada uno de ustedes debe pensar prestar servicio misional. Tal vez tengan dudas. Quizás tengan temores. Enfrenten sus dudas y sus temores con fe. Prepárense para ir a la misión, pues no sólo tienen la oportunidad; tienen la responsabilidad. El Señor los ha bendecido y los ha favorecido de un modo notable y asombroso. ¿Es pedirles demasiado que dediquen totalmente dos años de su vida al Señor?

Mis jóvenes hermanos, ustedes son algo especial. Deben elevarse por encima de lo común. Deben vestirse de toda la armadura de Dios y vivir con virtud. Ustedes saben lo que es el bien y saben lo que es el mal; saben cuando y cómo escoger el bien. Saben que hay un poder en el cielo al cual pueden acudir en los momentos de extrema necesidad. Oren con fervor y con fe. Oren al Dios del cielo que les ama y al que ustedes aman. Oren en el nombre de Jesucristo, que dio Su vida por ustedes. Levántense y vivan como corresponde a los hijos de Dios.

Los queremos mucho. Oramos por ustedes. Contamos mucho con ustedes, muchísimo. Que el Señor los cuide, los proteja y los bendiga.

En seguida quisiera decir algo a los obispos y a los presidentes de estaca con respecto al servicio misional. Se trata de un asunto delicado. Parece estar creciendo en la Iglesia la idea de que todas las mujeres jóvenes al igual que todos los hombres jóvenes deben ir a la misión.

Necesitamos a algunas jóvenes; ellas realizan un trabajo extraordinario y pueden llegar a los hogares a los que los élderes no pueden llegar.

Confieso que tengo dos nietas en el campo misional. Son jóvenes inteligentes y bellas; trabajan arduamente y realizan mucho bien. Por sus obispos y sus padres, se sabe que ellas mismas tomaron la decisión de ir a la misión. A mi no me lo dijeron sino hasta después de haber enviado los formularios para la misión. Yo no tuve nada que ver con esa decisión de ellas.

Ahora bien, tras haber hecho esa confesión, deseo decir que los miembros de la Primera Presidencia y del Consejo de los Doce estamos unidos al indicar a nuestras hermanas jóvenes que no tienen la obligación de ir al campo misional. Confío en que pueda decir lo que tengo que decir de tal manera que no sea insultante para nadie. Las mujeres jóvenes no deben pensar que tienen un deber comparable al de los hombres jóvenes. Algunas tendrán muchos deseos de ir a la misión. De ser así, deben consultar con su obispo y con sus padres. Si la idea persiste, el obispo sabrá lo que ha de hacer.

Digo lo que ya se ha dicho antes, que la obra misional es esencialmente una responsabilidad del sacerdocio, por lo que nuestros hombres jóvenes deben llevar el peso principal. Esta es la responsabilidad y la obligación de ellos.

No pedimos que las mujeres jóvenes consideren la misión como parte esencial del programa de su vida. A lo largo de muchos años, hemos conservado un nivel de edad mayor para que las hermanas vayan a la misión a fin de mantener el numero relativamente bajo. De nuevo digo a las hermanas que se les respetara mucho, se les considerara que cumplen con su deber y sus esfuerzos serán aceptables para el Señor y para la Iglesia ya sea que vayan o no a la misión.

De continuo recibimos cartas de mujeres jóvenes en las que nos preguntan por que la edad de las misioneras no es la misma que la de los élderes. Sencillamente les explicamos las razones de ello. Sabemos que se sienten desilusionadas. Sabemos que muchas han puesto el corazón en el servir en una misión. Sabemos que muchas de ellas desean vivir esa experiencia antes de casarse y de seguir adelante en su vida de personas adultas. Ciertamente no deseo decir ni insinuar que los servicios de ellas no se necesitan; sencillamente digo que la misión no es necesaria como parte de la vida de ellas.

Quizás parezca un tanto extraño especificar eso en una reunión del sacerdocio, pero lo digo aquí porque no se en que otro lugar decirlo. Los obispos y los presidentes de estaca de la Iglesia han oído ahora esto y ellos deben ser los que juzguen en este asunto.

Con eso es suficiente sobre ese asunto.

Para terminar, simplemente deseo expresar mi amor hacia cada uno de ustedes. Ustedes, los hombres y los muchachos proporcionan el liderazgo de esta gran organización, que avanza por el mundo de un modo prodigioso y milagroso. No tengo ni la mas mínima preocupación acerca del futuro. Esta Iglesia ha llegado a ser una gran formadora de lideres. Se les ve por todas partes. Conversos que llevan sólo unos pocos años en la Iglesia sirven en calidad de obispos y de presidentes de estaca, así como en otros cargos. Es magnifico lo que están llevando a cabo, mis hermanos.

Maridos, vivan el Evangelio, sean bondadosos con su esposa. No podrán servir de un modo aceptable en la Iglesia si hay conflicto en el hogar. Padres de familia, sean bondadosos con sus hijos. Sean compañeros de ellos. Por mucho que trabajen por adquirir lo indispensable de este mundo, ningún bien material podrá compararse con el amor y la lealtad de la mujer cuya mano estrecharon sobre el altar del templo ni con el afecto y el respeto de sus hijos.

Que cada uno de ustedes sea bendecido en sus actividades laborales cualesquiera estas sean, en tanto sean honorables. Que consideren la Iglesia como su gran y buena amiga, su refugio cuando el mundo parezca cerrarse a su alrededor, su esperanza cuando las cosas se vuelvan tenebrosas, su columna de fuego de noche y su columna de nube de día al seguir el camino de la vida. Que el Señor los tenga presentes y sea misericordioso y bondadoso con ustedes. Que hallen mucho regocijo en lo que hagan al servicio del Señor es mi humilde oración, junto con mi expresión de cariño y de afecto para cada uno de ustedes, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Conferencia General, Octubre 1997.

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¿El fútbol o la misión?

POR ALEXANDRE MACHADO VASCONCELOS

Como les sucede a otros futuros misioneros, Lohran Saldanha Queiroz tuvo que decidir si serviría o no en una misión. Pero además de decidir si debía dejar la escuela, el trabajo, la familia y los amigos durante dos años, Lohran se enfrentó a otra decisión difícil: ¿servir en una misión o aprovechar la oportunidad de jugar profesionalmente al fútbol en Brasil?

Lohran, miembro del Barrio Barra da Tijuca, Estaca Jacarepaguá, Río de Janeiro, Brasil, lleva el fútbol en la sangre. A su padre, Milton, se le conoce como “Tita” en todo Brasil. Jugó profesionalmente en cinco países y ganó muchos títulos. Llegó a ser el máximo goleador del estado y jugó en el equipo nacional.

Tita se dio cuenta del talento de su hijo desde muy joven. “Crecí con una pelota de fútbol siempre cerca de mí”, recuerda Lohran. “Mi padre siempre me ha animado. Comencé a acompañarle a sus entrenamientos cuando tenía tres o cuatro años y he seguido en contacto con jugadores profesionales desde entonces”.

Lohran comenzó sus entrenamientos formales a los 6 años en México, país en el que jugaba su padre en aquella época; a los 12 ya jugaba en competiciones importantes con los mejores jugadores de Brasil, y a los 17 entró en la liga de juveniles, la perfecta plataforma para dar el salto al fútbol profesional. Lohran parecía destinado a estar entre los grandes del fútbol, pero pronto cumpliría 18 años y comenzó a pensar seriamente en el servicio misional.

Lohran explica el dilema: “Quería ser jugador de fútbol y quería ser misionero. En el mundo del fútbol, se espera que los jugadores pasen directamente del equipo juvenil a la liga profesional. Dejar de jugar durante dos años y después pretender que le contraten a uno a los 21 años resulta casi inconcebible”.

A los 17 años, Lohran tomó ciertas decisiones que le condujeron a lo que él considera el comienzo de su conversión. Se fijó la meta de leer el Libro de Mormón diariamente, de ayunar y de orar. Asistió a la Mutual, a las charlas fogoneras y a otras actividades de la Iglesia con mayor frecuencia, y cuando comenzó a trabajar con regularidad con los misioneros, experimentó un gran amor por las personas que visitaba y por las cuales oraba. Deseaba que disfrutaran de las bendiciones del Evangelio. Su deseo de servir en una misión empezó a crecer. Pero, ¿cuándo sería el mejor momento para servir? ¿Y qué sería de su carrera futbolística tras una interrupción de dos años?

Lohran procuró averiguar la voluntad de Dios mediante el ayuno y la oración. Aquella misma semana, vio el último número de la revistaLiahona en su casa y comenzó a hojearlo. Le atrajo el artículo “Sueños sobre hielo”, que trataba de Chris Obzansky, quien interrumpió una prometedora carrera en el patinaje sobre hielo para servir en una misión a los 19 años, con lo cual perdió la oportunidad de competir en las Olimpíadas de Invierno de 2006.

Una parte del artículo le llamó en particular la atención: Mientras Chris se hallaba en la reunión sacramental escuchando el discurso del presidente de los Hombres Jóvenes acerca de su propio llamamiento misional, el Espíritu le susurró: “Debes servir en una misión cuando cumplas 19 años o vas a tener una vida dura”. Chris dijo: “El mensaje fue tan claro que me di vuelta para ver si había alguien ahí. La impresión volvió más fuerte unas diez veces más y sabía que tenía que irme a la misión” 1 .

Lohran sonríe. “Cuando leí aquello, sentí que se había escrito para mí. Los 19 años es la edad prescrita por el Señor. Me di cuenta de que ésta era la respuesta que necesitaba, y fue como si me quitaran un enorme peso de encima”. El momento de servir para Lohran en una misión era ahora. Habló con su obispo, hizo los preparativos necesarios y nunca echó la vista atrás. “Ni siquiera me fue difícil tomar la decisión de dejar atrás el fútbol”, dice, “porque supe que era el momento de hacerlo”.

Lohran sirvió en la capital de su país, en la Misión Brasil Brasilia. Le llamaban “el élder Feliz” por su entusiasmo contagioso. “Me siento excepcionalmente feliz sirviendo a los demás, compartiendo con ellos lo que sé que es verdadero”, dice. “Es una gran satisfacción ver cómo cambia la vida de las personas después de conocer el Evangelio”.

No obstante, como todos los misioneros, también experimentó momentos difíciles. “Obviamente, en la vida misional no todo es de color rosa”, dice. “Hay dificultades, momentos de debilidad y soledad, pero todo eso no es nada en comparación con los tesoros de la misión. Son años que nunca olvidaré, que siempre llevaré en la mente, y lo que es más, en el corazón”.

Hace unos meses terminó su misión con éxito. Al encontrarse de nuevo en casa, se ha incorporado a un equipo de fútbol de Río de Janeiro y cree que se le presentarán aún más oportunidades de continuar con su carrera futbolística. Con gran fe dice: “Ahora estoy a la espera de que lleguen oportunidades, las oportunidades con las que nuestro Padre Celestial desee bendecirme”.

Liahona, Junio  2007

Referencias

1. Citado en Shanna Ghaznavi, Liahona, enero de 2004, págs. 45–46.

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¿Es usted un santo?

Elder. Quentin L. Cook

Del Quorum de los Doce Apostoles.

Si vamos a ser santos en nuestros días, debemos alejarnos de la conducta malvada y de los fines destructivos que imperan en el mundo.

Hace ya algunos años, me encontraba en Atlanta, Georgia, como abogado representando a un hombre que deseaba comprar un negocio. Después de varios días de negociaciones, llegamos a un acuerdo y firmamos los documentos finales. Esa noche, uno de los vendedores nos invitó a cenar para celebrar el “cierre” del negocio. Al llegar, me ofreció una bebida alcohólica, la cual rechacé. Entonces me dijo: “¿Es usted un santo?” Como yo no comprendía bien lo que quería decir, él repitió: “¿Es usted Santo de los Últimos Días?” y le respondí: “Sí, lo soy”. Dijo que había estado observando mi comportamiento durante las negociaciones y que había llegado a la conclusión de que o bien era miembro de la Iglesia o tenía un problema estomacal. Ambos reímos. Después me contó que sólo había conocido a otro miembro de la Iglesia en persona: a David B. Haight. Ambos habían sido directivos en una gran cadena de tiendas, terminada la Segunda Guerra Mundial. Me habló sobre la influencia significativa que el élder Haight había tenido en su vida y del gran respeto que sentía por él.

Mientras volaba de regreso a San Francisco, reflexioné en lo ocurrido, especialmente en dos aspectos: me sorprendió el modo en que me sentí cuando me preguntaron si era un “santo”, y me impactó la influencia positiva que un extraordinario ejemplo, el del élder Haight, tuvo en ese buen hombre.

¿Qué significa ser santo? En la Iglesia del Señor, los miembros son Santos de los Últimos Días y tratan de emular al Salvador, de seguir Sus enseñanzas y recibir las ordenanzas salvadoras con el fin de llegar a vivir en el reino celestial con Dios el Padre y nuestro Salvador, Jesucristo 1 . El Salvador dijo: “…éste es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis;…” 2 .

No es fácil ser Santo de los Últimos Días; ése no fue el objetivo. La meta primordial de vivir en la presencia de Dios el Padre y de Su Hijo, Jesucristo, es un privilegio imposible de comprender.

Entre las pruebas más grandes que la Iglesia ha debido afrontar, se encuentra el martirio del profeta José Smith y después la expulsión de los santos de Nauvoo. Mientras cruzaban las planicies bajo circunstancias sumamente adversas, William Clayton compuso el extraordinario himno: “¡Oh, está todo bien!”, que les conmovió el alma y les hizo recordar su sagrada misión. ¿Quién de nosotros no se emociona al pensar en su sacrificio, valentía y cometido mientras cantamos: “…Aunque morir nos toque sin llegar, ¡oh, qué gozo y paz!”? 3

Ese himno les brindó consuelo, solaz y esperanza en momentos de gran dificultad y de obstáculos casi insuperables. Les levantó el espíritu y resaltó el hecho de que esta vida terrenal es un viaje entre la vida preterrenal y la vida eterna: el gran plan de felicidad. El inspirador himno del hermano Clayton hace hincapié en los sacrificios y en lo que significa realmente ser un santo. Nuestros miembros pioneros tuvieron que afrontar los desafíos de ser santos en su época.

En griego, la palabra santo significa “apartado”, “separado y consagrado” 4. Si vamos a ser santos en nuestros días, debemos alejarnos de la conducta malvada y de los fines destructivos que imperan en el mundo.

Se nos acosa con imágenes de violencia e inmoralidad. La música inapropiada y la pornografía se toleran cada vez más; y el uso de las drogas y del alcohol está fuera de control. Se hace cada vez menos hincapié en la honradez y en la buena reputación. Se exigen los derechos individuales pero se desatienden los deberes, las responsabilidades y las obligaciones. Ha aumentado el lenguaje grosero y la ostentación hacia lo despreciable y vulgar. El adversario ha sido implacable en sus esfuerzos por destruir el plan de felicidad. Si nos apartamos de esa conducta mundana, tendremos el Espíritu en nuestra vida y experimentaremos el gozo de ser Santos de los Últimos Días dignos.

Como santos debemos también evitar la adoración a los dioses del mundo. El presidente Hinckley ha expresado el deseo de que “… toda persona disfrutara de algunas de las cosas buenas de esta vida…”, pero advirtió: “La obsesión con las riquezas es la que corrompe y destruye” 5 .

En 1630, John Winthrop habló a sus compañeros de viaje, a bordo del buque Arbella, acerca de una visión del nuevo mundo (América), que se llegó a conocer como el sermón de “La ciudad asentada sobre un monte”. En su último párrafo, Winthrop mencionó Deuteronomio 30 y amonestó acerca del adorar y servir a otros dioses, e hizo particular hincapié en “los placeres y las ganancias” 6 . Hace algún tiempo, el presidente Kimball explicó que incluso las casas, los botes, las credenciales, los títulos e intereses similares se adoran como a ídolos cuando nos alejan del amor y el servicio a Dios 7 .

El profeta Moroni, al hablar de nuestra época, advirtió acerca del amor al dinero y a los bienes materiales y dio a entender que los amaríamos “… más de lo que amáis a los pobres y los necesitados, los enfermos y los afligidos” 8 .

Si vamos a ser santos dignos, debemos velar por los demás y cumplir la admonición del Salvador de amar a Dios y a nuestros semejantes.

El apartarse de las maldades del mundo debe ir de la mano con la santidad. Un santo ama al Salvador y lo sigue por medio de la santidad y la devoción 9 . La consagración y el sacrificio son una evidencia de esa clase de santidad y devoción. El presidente Hinckley enseñó: “Sin el sacrificio no existe la verdadera adoración de Dios…” 10 . El sacrificio es la prueba suprema del Evangelio; y significa consagrar el tiempo, los talentos, las energías y los bienes materiales para llevar adelante la obra de Dios. En Doctrina y Convenios 97:8 se afirma: “Todos los que… están dispuestos a cumplir sus convenios con sacrificio, sí, cualquier sacrificio que yo, el Señor, mandare, éstos son aceptados por mí”.

Los santos que respondan al mensaje del Salvador no permitirán que los intereses que distraen y son destructivos los pierdan, y estarán preparados para hacer los sacrificios requeridos. El sacrificio expiatorio del Salvador, el cual es el núcleo del Evangelio, es un ejemplo de la importancia del sacrificio para quienes deseen ser santos 11 .

Volviendo a la pregunta original de mi conocido en Atlanta que preguntó: “¿Es usted un santo?”, permítanme sugerirles tres preguntas que les ayudarán en una autoevaluación.

Primero, ¿concuerda la forma en que vivimos con lo que creemos y, se dan cuenta nuestros amigos y conocidos, como lo hizo el amigo del élder Haight, de que nos hemos apartado de las maldades del mundo?

Segundo, ¿nos distraen de seguir, adorar y servir al Salvador en nuestra vida diaria los placeres mundanos, las ganancias e intereses similares?

Tercero, con el fin de servir al Señor y ser santos, ¿hacemos sacrificios que concuerdan con nuestros convenios?

¡Qué maravillosa bendición es ser Santo de los Últimos Días! Me gusta mucho la letra de las últimas estrofas del himno: “Oh Santos de Sión”:

Oh Santos de Sión, sigan por el mismo sendero que sus fieles padres siguieron.
Eleven en gratitud su corazón y al Dios viviente sirvan hasta el fin 12 .

Testifico que el evitar los fines malvados y destructivos, y sacrificarnos con el fin de prestar servicio, nos hará merecedores de experimentar el gozo de ser Santos de los Últimos Días dedicados y, como lo prometen las Escrituras, de recibir la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero 13 . En el nombre de Jesucristo. Amén.

Conferencia General, Octubre 2003

Referencias

1.Véase 2 Nefi 9:18.
2.3 Nefi 27:21.
3. Himnos, Nº 17.
4.En Daniel H. Ludlow, ed., Encyclopedia of Mormonism, pág. 1249. Traducción.
5.Gordon B. Hinckley, “No codiciarás”, Liahona, febrero de 1991, pág. 6.
6.“A Model of Christian Charity,” en Robert L. Ferm, ed., Issues in American Protestantism,1969, pág. 11. Traducción.
7.Véase El Milagro del Perdón, págs. 38–40.
8.Mormón 8:37.
9.Véase élder William Grant Bangerter, Ensign, mayo de 1987, pág. 11.
10.Teachings of Gordon B. Hinckley, pág. 565; citado por Carol B. Thomas en “El sacrificio: una inversión eterna”, Liahona, julio de 2001, pág. 77.
11.Véase Alma 34:8–16.
12.Hymns of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, Nº 39.
13.D. y C. 59:23

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Los pastores de Israel.

Presidente Gordon B. Hinckley

Hermanos, en esta ocasión haré algo poco común: repetiré algunas partes de un discurso que pronuncié hace 15 años en una reunión general del Sacerdocio. Hablaré sobre los obispos de la Iglesia y también les hablaré a ellos, ese maravilloso grupo de hombres que en un sentido muy real son los pastores de Israel.

Todos los que participamos en esta conferencia rendimos cuenta a un obispo o a un presidente de rama. Enorme es el peso que ellos llevan sobre sus hombros, e invito a todo miembro de la Iglesia a hacer todo lo posible para que resulten más livianas las cargas que tienen nuestros obispos y presidentes de rama en su labor.

Debemos orar por ellos; ellos necesitan ayuda al llevar esa pesada carga. Podemos apoyarles más y ser menos dependientes de ellos; podemos ayudarles de muchas maneras y agradecerles todo lo que hacen por nosotros. Los estamos agotando en poco tiempo debido a las cargas que imponemos sobre ellos.

Tenemos más de 18.000 obispos en la Iglesia y cada uno de ellos ha sido llamado por el espíritu de profecía y revelación, y ha sido apartado y ordenado por medio de la imposición de manos. Cada uno de ellos tiene las llaves de la presidencia de su barrio; cada uno es sumo sacerdote, el sumo sacerdote presidente de su barrio; cada uno tiene sobre sus hombros tremendas responsabilidades de mayordomía; cada uno se erige como el padre de su gente.

Ninguno recibe sueldo por el servicio que presta; ningún obispo de barrio recibe compensación de la Iglesia por su trabajo como obispo.

Los requisitos de un obispo en la actualidad son los mismos que en los días de Pablo, que escribió a Timoteo:

“…es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;

“no dado al vino, no pendenciero [esto es, que no tiene que ser matón ni violento], no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro;

“que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad

“(pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?);

“no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo” (1 Timoteo 3:2–6).

En su carta a Tito, Pablo agrega que “es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios…

“retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (Tito 1:7, 9).

Estas palabras describen bien a un obispo de la actualidad en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Ahora quisiera hablar directamente a los miles de obispos que están escuchándome esta noche. Primero, quiero que sepan que les amo por su integridad y su bondad. Ustedes deben ser hombres íntegros y ser ejemplos a las congregaciones que presiden; deben tener principios elevados para poder elevar a otras personas; deben ser completamente honrados porque manejan los fondos del Señor, los diezmos de la gente, las ofrendas que provienen de esos ayunos y las contribuciones que hacen de sus limitados recursos. ¡Cuán grande es la confianza que se ha depositado en ustedes como guardianes del dinero del Señor!

Su bondad debe ser como un estandarte a su gente. Deben ser impecables en lo que respecta a lo moral. Las artimañas del adversario les embestirán porque él sabe que si puede destruirlos, herirá a todo un barrio; deben ser prudentes en todos sus tratos para que nadie vea nada que indique un pecado moral en el reflejo de sus actos. No deben sucumbir a la tentación de leer literatura pornográfica, ni ver videos pornográficos en la intimidad de su propio hogar. Su fortaleza moral debe ser tal que si alguna vez se les llamara a juzgar la conducta dudosa de otras personas, puedan hacerlo sin poner en tela de juicio su propia conducta y sin avergonzarse.

No deben valerse de su cargo de obispo para promover sus propios intereses comerciales, no sea que, de ocurrir algún percance financiero, surja alguna acusación en contra de ustedes de parte de aquellos a los que hubiesen persuadido a invertir dinero en algún negocio.

No pueden tener cualidades dudosas si van a ser jueces comunes en Israel. Es una responsabilidad muy grande y muy difícil actuar como juez de las personas. Algunas veces se les pedirá que juzguen si alguien es digno de ser miembro de la Iglesia; otras, si una persona es digna de entrar en la casa del Señor, si es digna de bautizarse, si es digna de recibir el sacerdocio, si es digna de servir una misión o si es digna de enseñar o de ser oficial de una de las organizaciones. Deben juzgar si en momentos de necesidad la gente es digna de recibir ayuda del fondo de ofrendas de ayuno o de recibir comestibles del almacén del Señor. Ninguna persona bajo su jurisdicción debe pasar hambre ni tener falta de ropa o techo, aunque ellas mismas no se animen a pedirlo. Deben conocer la situación de todo el rebaño que presiden.

Deben ser su consejero, su consolador, su ancla y fortaleza en momentos de tristeza y dificultades. Deben ser fuertes con esa fortaleza que proviene del Señor. Deben ser sabios con esa sabiduría que proviene del Señor. Su puerta debe estar siempre abierta para escuchar el llanto de los miembros y su espalda debe ser fuerte para llevar las cargas de ellos; su corazón debe ser sensible para discernir sus necesidades, su amor piadoso debe ser amplio y fuerte de manera de recibir incluso al pecador y al crítico; deben ser hombres pacientes, dispuestos a escuchar y a esforzarse por entender. Ustedes son el único a los que algunos pueden acudir, y deben estar allí cuando todo otro recurso les haya fallado. Permítanme leerles una carta que recibió un obispo:

“Estimado obispo:

“Han pasado casi dos años desde que, desesperado, lo llamé para pedirle ayuda. En aquel momento estaba listo para quitarme la vida. No tenía a nadie a quien recurrir; no tenía dinero, ni trabajo, ni amigos. Me habían quitado la casa y no tenía dónde vivir. La Iglesia era mi última esperanza.

“Como bien sabe, me había apartado de la Iglesia a los 17 años y había desobedecido casi todas las reglas y mandamientos en búsqueda de felicidad y de satisfacción. En lugar de felicidad, mi vida estaba llena de sufrimiento, angustia y desesperación; no tenía esperanzas ni futuro. Incluso le rogaba a Dios que me dejara morir para librarme de mi aflicción. Sentía que ni siquiera Él me quería, y que Él también me había rechazado.

“Entonces me dirigí a usted y a la Iglesia…

“Usted me escuchó, me comprendió, me aconsejó, me guió y me ayudó.

“Empecé a progresar y comencé a entender y a conocer mejor el Evangelio. Me di cuenta de que tenía que hacer cambios básicos en mi vida que serían muy difíciles de hacer, pero que, en el fondo, sabía que yo tenía el valor y la fortaleza para llevarlos a cabo.

“Entonces descubrí que a medida que vivía el Evangelio y me arrepentía, me deshacía del temor y me llenaba de paz interior. Las nubes de la desesperación se esfumaban. Merced a la Expiación, mis debilidades y pecados fueron perdonados por Jesucristo y por el amor que Él siente por mí.

“Él me ha bendecido y fortalecido; ha abierto puertas para mí, me ha guiado y me ha mantenido a salvo. He descubierto que, al superar cada obstáculo, mi negocio comenzó a crecer, lo que benefició a mi familia y me hizo sentir que había logrado algo de valor.

“Obispo, usted me ha dado apoyo y comprensión en estos dos años. Nunca hubiera llegado a donde estoy si no hubiera sido por su amor y su paciencia. Gracias por ser un buen siervo del Señor y por ayudarme a mí, un hijo descarriado”.

Obispos: ustedes son “el atalaya de la torre” del barrio que presiden. En el barrio, hay muchos maestros, pero ustedes deben ser el maestro principal de entre ellos. Deben asegurarse de que no se difundan doctrinas falsas entre la gente; deben asegurarse de que la gente progrese en la fe y el testimonio, en integridad y en rectitud, y en el sentido del servicio. Deben asegurarse de que el amor que ellos sientan por el Señor se fortalezca y se manifieste en demostraciones de amor crecido del uno para con el otro.

Deben ser sus confesores y partícipes de sus más íntimos secretos, y guardar en la más absoluta confidencia lo que les digan. Esa clase de comunicación es un privilegio que debe respetarse y cuidarse a toda costa. Pueden presentarse tentaciones de contar, pero no deben sucumbir a ellas.

A menos que sea específicamente requerido por la ley en casos de maltrato o abuso sexual, todo aquello que les sea dicho en forma confidencial, debe permanecer en ustedes. La Iglesia cuenta con una línea telefónica a la que pueden llamar cuando les sea reportado un caso de maltrato o abuso sexual.

Ustedes presiden el Sacerdocio Aarónico del barrio. Son su líder, su maestro, su ejemplo, ya sea que quieran serlo o no. Son el sumo sacerdote presidente, el padre de la familia del barrio, que puede ser llamado a arbitrar en disputas como defensor del acusado.

Ustedes presiden reuniones en las que se enseña doctrina y son responsables de la espiritualidad de esas reuniones; además de la administración de la Santa Cena a los miembros para que ellos recuerden los sagrados convenios y obligaciones que tienen los que han tomado sobre sí el nombre del Señor.

Deben ser el amigo fiel de la viuda y del huérfano, del débil y del desventurado, del ofendido y del desvalido.

El sonido de su trompeta debe ser certero e inequívoco. En su barrio, ustedes están a la cabeza del ejército del Señor, y lo llevan a la victoria en la conquista del pecado, de la indiferencia y la apostasía.

Sé que el trabajo a veces es muy difícil, que nunca alcanzan las horas del día para hacerlo. Las llamadas son numerosas y frecuentes y es cierto que tienen otras cosas que hacer. No deben robarle tiempo ni energía al empleo, porque al empleador le corresponden; ni deben robarle a la familia el tiempo que le pertenece, pero, como muchos de ustedes ya saben, si procuran la guía divina, recibirán bendiciones adicionales de sabiduría, y con fortaleza y capacidad que no sabían que tenían. Es posible organizar su tiempo de forma de no dejar de lado al empleador, ni a la familia ni a su rebaño.

¡Que Dios bendiga a los buenos obispos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días! Quizás, de vez en cuando, tengan la inclinación a quejarse de lo abrumador de ese oficio, pero también conocen el gozo de ese servicio. Por más pesada que sea la carga, saben que éste es el llamamiento más dulce y remunerador que existe, y lo más importante que hayan hecho fuera de los muros de su propio hogar.

Doy gracias a Dios por ustedes. Le doy gracias al Señor por los buenos obispos de esta Iglesia en todo el mundo. Oro por ustedes, por todos los 18.000 obispos que tenemos. Ruego que sean fuertes; ruego que sean leales; ruego que sean firmes en sus propias vidas y firmes en las metas que fijen para los demás. A pesar de tener días largos y tediosos, ruego que descansan plácidamente y que, en sus corazones, encuentren la paz que proviene sólo de Dios a aquellos que le sirven.

Les doy mi testimonio de la fortaleza y de la bondad de los obispos de esta Iglesia. Rindo honor a los consejeros que los ayudan y a todos los que sirven bajo su dirección en los llamamientos que ellos les hayan hecho.

No esperamos lo imposible de ustedes, sólo les pedimos que cumplan de la mejor manera. Deleguen a otras personas todo aspecto de sus responsabilidades que puedan legítimamente delegar y después dejen las cosas en las manos del Señor.

Algún día serán relevados y se sentirán tristes, pero sentirán consuelo al recibir el agradecimiento de la gente. Ellos nunca les olvidarán, sino que les recordarán y hablarán de ustedes con aprecio por muchos años, porque ustedes están más cerca de ellos que cualquier otro oficial de la Iglesia. Se les ha llamado, ordenado y apartado como pastores del rebaño. Se les ha otorgado discernimiento, capacidad de juzgar y amor para bendecir la vida de los miembros y, en el proceso, ustedes mismos serán bendecidos.

Les doy testimonio de la naturaleza divina de su llamamiento y de la manera magnífica en la que cumplen con él. Ruego que sus consejeros, sus esposas y sus hijos sean bendecidos a medida que ustedes sirvan a los hijos del Señor, y lo hago humildemente en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Conferencia general,  Octubre 2003

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¿No todas somos madres?

L. DEW

“La maternidad es más que dar a luz hijos. Se trata de la esencia de quiénes somos como mujeres”.

Este verano, cuatro sobrinas y yo compartimos una tensa tarde de domingo cuando nos dirigíamos desde un hotel, situado en el centro de la ciudad que estábamos visitando, hacia una capilla cercana donde yo tenía que hablar. Yo había realizado ese trayecto varias veces, pero aquella tarde nos encontramos repentinamente en medio de un nutrido grupo de personas bebidas que acababan de presenciar un desfile. Aquél no era el mejor lugar para cuatro jovencitas ni para la tía de éstas; pero con las calles cerradas al tránsito no teníamos más opción que seguir caminando. Por encima del griterío alcancé a decir a las chicas: “No se alejen de a mí”. Mientras nos abríamos paso entre el gentío, lo único que me preocupaba era la seguridad de mis sobrinas.

Por fin llegamos a la capilla, pero durante una hora, comprendí lo que deben sentir las madres que hacen a un lado su seguridad personal para proteger a un hijo. Mis hermanas me habían confiado a sus hijas, a las cuales amo, y habría hecho cualquier cosa para guiarlas a lugar seguro. De igual modo, nuestro Padre ha confiadoSushijos a nosotras, las mujeres, y nos ha pedido que los amemos y los guiemos de regreso a casa, protegiéndolos de los peligros de la vida terrenal.

Amoryguía. Estas palabras resumen no sólo la extraordinaria tarea del Padre y del Hijo, sino la esencia de nuestra labor, que es la de ayudar al Señor en Su obra. ¿De qué manera podemos ayudar mejor al Señor en Su obra las mujeres piadosas de los últimos días?

Los profetas han dado respuesta a esa pregunta en repetidas ocasiones, como hizo la Primera Presidencia hace seis décadas, cuando llamó a la maternidad “el servicio más sublime y más sagrado. . . asumido por la humanidad”1.

¿Se han preguntado alguna vez por qué los profetas han enseñado la doctrina de la maternidad —yesdoctrina— una y otra vez? Yo sí. He reflexionado mucho en la obra de las mujeres de Dios. He luchado por saber qué significado tiene la doctrina de la maternidad paratodasnosotras. Eso me ha llevado a arrodillarme, me ha conducido a las Escrituras y al templo, donde se enseña la enaltecedora doctrina sobre nuestra función más importante como mujeres. Es una doctrina que debe quedar clara si esperamos ser “firmes e inmutables”2con respecto a los asuntos de debate que giran de continuo en torno a la mujer, pues Satanás ha declarado la guerra a la maternidad. él sabe que las que mecen la cuna pueden acabar con su imperio terrenal, y sabe también que si no hay madres rectas que amen y guíen a la nueva generación, el reino de Dios se vendrá abajo.

Cuando llegamos a comprender la gran importancia de la maternidad, se hace evidente por qué los profetas han sido tan protectores con la función más sagrada de la mujer. Aunque solemos equiparar exclusivamente la maternidad con el tener hijos, según la emplea el Señor, la palabramadretiene diversos significados. De entre todas las palabras que pudieron haber utilizado para definir su función y su esencia, tanto Dios el Padre como Adán llamaron a Eva “la madre de todos los vivientes”3, y lo hicieronantesde que tuviera hijo alguno. Al igual que Eva, nuestra maternidad se inició antes de nacer. Así como los varones justos fueron preordenados para recibir el sacerdocio en la vida terrenal4, las mujeres justas fueron dotadas en la existencia preterrenal del privilegio de la maternidad5. La maternidad es más que dar a luz hijos. Se trata de la esencia de quiénes somos como mujeres. Define nuestra identidad, nuestra estatura y naturaleza divinas, así como los rasgos exclusivos que nos ha dado nuestro Padre.

El presidente Gordon B. Hinckley dijo que “Dios plantó en cada mujer algo divino”6. Ese algo es el don y los dones de la maternidad. El élder Matthew Cowley enseñó que “los hombres precisan recibir algo [en esta vida] que los convierta en salvadores de hombres, pero no así las madres, no las mujeres. [Ellas] nacen con el derecho y la autoridad inherentes de ser salvadoras de almas humanas. . . y constituir la fuerza regeneradora en la vida de los hijos de Dios”7.

La maternidad no es un resto de lo que quedó después de que nuestro Padre Celestial bendijera a Sus hijos con la ordenación al sacerdocio. Era el atributo más enaltecedor que podía conceder a Sus hijas, una confianza sagrada que dio a la mujer una función sin precedentes a la hora de ayudar a Sus hijos a guardar su segundo estado. Como dijo el presidente J. Reuben Clark, hijo, la maternidad “es de origen divino y eternamente tan importante en el lugar que ocupa como lo es el sacerdocio mismo”8.

No obstante, el asunto de la maternidad es bastante delicado, pues evoca algunas de nuestras mayores dichas y de nuestros más grandes pesares como mujeres. Esto ha sido así desde el principio. Eva se “regocijó” tras la Caída al darse cuenta de que, de no haber ocurrido así, “nunca habríamos tenido posteridad”9. Y pese a ello, imaginen su angustia con lo sucedido entre Caín y Abel. Algunas madres padecen por causa de los hijos que han tenido; otras sufren por no haber tenido hijos en esta vida. El élder John A. Widtsoe fue muy claro al respecto: “Las mujeres que, sin culpa alguna de su parte, no pueden ejercer el don de la maternidad, pueden hacerlo de forma vicaria”10.

Por motivos que el Señor conoce, a algunas mujeres se les requiere esperar a tener hijos. Ese retraso puede resultar incómodo a cualquier mujer recta; pero el horario que el Señor dispone para cada una de nosotras no anula nuestra naturaleza. Por lo tanto, algunas simplemente debemos buscar otras formas de ser madres, y todos los que están a nuestro alrededor son los que necesitan ser amados y guiados.

Eva dio el ejemplo. Además de dar a luz hijos, fue la madre de toda la humanidad cuando tomó la decisión más valiente que mujer alguna haya tomado jamás, y junto con Adán, abrió el camino para nuestro progreso. Dio el ejemplo como mujer que los hombres deben respetar y las mujeres deben seguir, al destacar las características de que se nos ha dotado como mujeres: una fe heroica, una intensa sensibilidad al Espíritu, el aborrecimiento de lo malo y una abnegación absoluta. Al igual que el Salvador, “el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz”11, Eva, por el gozo de contribuir al inicio de la familia humana, sufrió la Caída. Ella nos amaba lo bastante como para guiarnos.

Como hijas de nuestro Padre Celestial, y como hijas de Eva, todas somos madres y siempre lo hemos sido. Cada una tiene la responsabilidad de amar y guiar a la nueva generación. ¿Cómo aprenderán nuestras jóvenes a vivir como hijas de Dios si no ven lo que visten, ven y leen las mujeres de Dios; en qué pasamos el tiempo y enfrascamos nuestras mentes; cómo hacemos frente a la tentación y a la incertidumbre; dónde hallamos el verdadero regocijo, y por qué la modestia y la feminidad son características de la mujer recta? ¿Cómo aprenderán nuestros jovencitos a apreciar a las mujeres de Dios si no les mostramos la virtud de nuestras virtudes?

Cada una de nosotras tiene la importante obligación de ser ejemplo de mujer recta, pues nuestros jóvenes pueden no verlo en ninguna otra parte. Cada hermana de la Sociedad de Socorro, que es la comunidad de mujeres más importante en este lado del velo, tiene el deber de ayudar a nuestras mujeres jóvenes a que su transición a la Sociedad de Socorro sea feliz. Eso significa que nuestra amistad con ellas debe empezar mucho antes de que cumplan dieciocho años. Cada una puede ser como una madre de alguien, comenzando por nuestra propia familia y extendiéndose mucho más allá. Cada una puede mostrar con palabras y hechos que la obra de las mujeres en el reino del Señor es magnífica y santa. Repito:Todas somos madres en Israely nuestro llamamiento es amar y guiar a la nueva generación por entre las peligrosas calles de la vida terrenal.

Pocas de nosotras alcanzaremos nuestro potencial sin el cuidadoso influjo de la madre que nos dio a luz y de las madres que nos enseñan con paciencia y amor. Hace poco me emocionó el ver por primera vez en años a una de mis líderes de cuando era joven. Cuando era adolescente y carecía totalmente de confianza en mí misma, siempre me mantenía cerca de ella porque me rodeaba con su brazo y me decía: “¡Eres la mejor!”. Me amaba y, por eso, yo la dejaba guiarme. ¿Cuántos jovencitos y cuántas jóvenes anhelan desesperadamente el amor y el liderazgo deustedes? ¿Somos plenamente conscientes de que nuestra influencia como madres en Israel es irreemplazable y eterna?

Cuando era niña, no era raro que mi madre me despertara a la medianoche y me dijera: “Sheri, toma la almohada y vete abajo”. Sabía lo que quería decir. Significaba que se acercaba un tornado y yo me llenaba de miedo. Pero entonces, mi madre me decía: “Sheri, todo va a ir bien”. Sus palabras siempre me calmaban. Hoy, décadas más tarde, cuando la vida parece abrumadora o atemorizante, llamo a mi madre para que me diga: “Sheri, todo va a ir bien”.

Los recientes sucesos horrorosos acaecidos en los Estados Unidos han puesto en evidencia el hecho de que vivimos en un mundo de incertidumbre. Nunca ha existido una mayor necesidad de madres rectas, madres que bendigan a sus hijos con un sentimiento de seguridad y confianza en el futuro, madres que enseñen a sus hijos dónde pueden hallar paz y verdad y que el poder de Jesucristo es siempre más fuerte que el poder del adversario. Cada vez que edificamos la fe o reforzamos la nobleza de una jovencita o de un joven, cada vez que amamos o guiamos a alguien aunque sólo se trate de un pequeño paso en el camino, estamos siendo fieles a nuestro atributo de madres y, al hacerlo, edificamos el reino de Dios. Ninguna mujer que entienda el Evangelio pensará jamás que existe otra labor más importante ni dirá: “Soy tansólouna madre”, puesto que las madres sanan el alma de las personas.

Miren a su alrededor. ¿Quién necesita de ustedes y de su influencia? Si en verdad queremos ejercer una influencia, lo lograremos al ser madres de aquellos a quienes hayamos dado a luz y a quienes estemos dispuestas a enseñar con paciencia y amor. Si permanecemos cerca de nuestros jóvenes, es decir, si losamamos, en la mayoría de los casos se quedarán a nuestro lado, es decir, permitirán que losguiemos.

Como madres en Israel, nosotras somos el arma secreta del Señor. Nuestra influencia procede del atributo divino que hemos recibido desde el principio. En el mundo premortal, cuando nuestro Padre describió nuestra función, me pregunto si no nos habremos quedado asombradas de que él nos bendijera con una responsabilidad sagrada tan importante para Su plan, y de que nos dotase de atributos tan vitales para amar y guiar a Sus hijos. Me pregunto si no nos habremos regocijado12al menos en parte debido a la enaltecedora importancia que nos él concedió en Su reino. El mundo no les dirá eso, pero el Espíritu sí lo hará.

Simplemente no podemos decepcionar al Señor. Y si llega el día en que seamos las únicas mujeres sobre la faz de la tierra que consideren la maternidad como algo noble y divino, que así sea, puesto quemadrees la palabra que definirá a la mujer recta hecha perfecta en el grado más alto del reino celestial, la mujer que se haya hecho merecedora de tener aumento eterno traducido en posteridad, sabiduría, dicha e influencia.

Sé, con absoluta certeza, que estas doctrinas sobre nuestra función divina son verdaderas, y que cuando se entienden brindan paz y sentido a toda mujer. Mis queridas hermanas, a quienes amo más de lo que me es posible expresar, ¿aceptarán el reto de ser madres en estos tiempos peligrosos, aunque al hacerlo sean probadas hasta la última gota de su perseverancia, su valor y su fe? ¿Permanecerán firmes e inmutables como madres en Israel y como mujeres de Dios? Nuestro Padre y Su Hijo Unigénito nos han dado una mayordomía sagrada y una corona santa en Su reino. Ruego que nos regocijemos en ello y que seamos dignas de Su confianza. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Reunión  General de la Sociedad de Socorro, Octubre 2001

Referencias
1.  “The Message of the First Presidency of the Church”,Improvement Era, noviembre de 1942, pág. 761.
2.  Mosíah 5:15.
3.  Moisés 4:26.
4.  Véase Alma 13:2 –4, 7 –8.
5.  Véase Spencer W. Kimball, “The Role of Righteous Women”,Ensign, noviembre de 1979, pág. 102.
6.  Teachings of Gordon B. Hinckley, 1997, pág. 387.
7.  Matthew Cowley Speaks, 1954, pág. 109.
8.  “Our Wives and Our Mothers in the Eternal Plan”,Relief Society Magazine,diciembre de 1946, pág. 801.
9.  Moisés 5:11.
10.  Priesthood and Church Government,comp. John A. Widtsoe, 1939, pág. 85.
11.  Hebreos 12:2.
12.  Véase Job 38:7

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Nuestro hoy, determina nuestro mañana.

Presidente Tomas S. Monson.

“Que cada uno de nosotros aprenda de Él, crea en Él, confíe en Él, le siga, le obedezca. Al hacerlo, podremos llegar a ser como Él”.

Es un gozo y un privilegio para mí estar ante ustedes, un auditorio tan vasto de poseedores del sacerdocio aquí y en otros lugares. Las reuniones generales del sacerdocio de la Iglesia siempre han sido un deleite para mí desde la época en que estaba en el Sacerdocio Aarónico hasta la actualidad. Escuchar lo que “Dios manda a los profetas, que predican la verdad ‘, como lo expresa uno de nuestros himnos, es una preciada bendición.

Sostenemos a Gordon B. Hinckley como el Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y como el Profeta, Vidente y Revelador de la Iglesia en nuestra época. Una carta que recibí de un orgulloso padre cuenta de un incidente con su hijo que entonces tenía cinco años, del amor de ese niño por el Presidente de la Iglesia y del deseo que tenía de emular su ejemplo. El padre escribió:

“Cuando Christopher tenía cinco años, se vestía casi solo para ir a la Iglesia los domingos. Un domingo en particular, decidió que iba a usar un traje y una corbata, lo que nunca había hecho antes. Buscó en su armario una corbata usada y encontró una con nudo prefabricado, para colgársela en la camisa sin tener que hacer el nudo. Se ajustó la corbata a la camisa blanca y se puso la pequeña chaqueta azul marino que había estado colgada por años en el armario de sus hermanos.

“Luego fue solo al baño y con cuidado peinó su rubio cabello a la perfección. En ese momento, yo también entre en el baño para terminar de alistarme y encontré a Christopher con una radiante sonrisa frente al espejo. Sin quitarse los ojos de encima, dijo con orgullo: ‘Mira papa: ¡Christopher B. Hinckley!” 1 . Y el padre se dio cuenta de que un niño había estado observando a un profeta del Señor.

Nuestros hijos observan: ellos absorben las lecciones eternas y moldean su futuro. ¿Qué ejemplos les estamos dando?

Hace varios años, cuando Clark, nuestro hijo menor, asistía a una clase de religión en la Universidad Brigham Young, durante la clase el maestro le preguntó: “¿Qué experiencia con tu padre es la que más recuerdas?”.

Posteriormente el instructor me escribió y se refirió a la respuesta que Clark había dado en la clase. Clark dijo: “Cuando era diácono en el Sacerdocio Aarónico, papa y yo fuimos a cazar faisanes cerca de Malad, Idaho. Era lunes, el ultimo día de la temporada de caza. Caminamos campo abierto a través de innumerables terrenos en busca de faisanes pero sólo vimos unos pocos, y no les dimos en el blanco. Papa entonces me dijo: ‘Clark, descarguemos las armas y pongámoslas en la zanja, y después arrodillémonos para orar’. Pensé que papa pediría mas faisanes, pero me equivoqué; me explicó que el élder Richard L. Evans estaba gravemente enfermo y que a las doce del mediodía de ese lunes en particular, los miembros del Quórum de los Doce, sin importar donde se encontraran en ese momento, debían arrodillarse y, de alguna manera, unirse todos en una ferviente oración de fe a favor del élder Evans. Luego de quitarnos los gorros, nos arrodillamos y oramos”.

Recuerdo bien esa ocasión, pero nunca pensé que un hijo observaba, aprendía y edificaba su propio testimonio.

Al analizar los resultados estadísticos de los que poseen el Sacerdocio Aarónico como diáconos, maestros y presbíteros, nos preocupa cuando un gran numero de diáconos cae en la inactividad y no se les puede ordenar maestros en el debido tiempo. Es lo mismo con algunos que son maestros y que no son ordenados presbíteros y, en particular, con los presbíteros que nunca reciben el Sacerdocio de Melquisedec. Hermanos, esto nunca debe suceder: tenemos una tremenda responsabilidad de guiar e inspirar a estos jóvenes en el sendero del sacerdocio para que ninguna avalancha de pecado o de error impida su progreso o los desvíe de sus metas eternas.

Obispos y consejeros de obispos, ¿podrían llevar a cabo un estudio del nivel de actividad de cada joven del Sacerdocio Aarónico y trazar su propio plan para asegurar el progreso y la actividad de cada uno de ellos?

Un obispo recién llamado, en su primera reunión con sus consejeros, declaró: “El Sacerdocio Aarónico es nuestra primera responsabilidad”. Al segundo consejero dijo: “Le ruego que se responsabilice personalmente de que todo diácono, cuando llegue a la edad indicada, sea digno y se le ordene a maestro”. Al otro consejero expreso: “¿Podría usted hacer lo mismo con respecto a los maestros, para que cuando llegue el momento sean dignos y sean ordenados presbíteros?”. Luego el obispo continuo: “Yo haré lo mismo con respecto a los presbíteros a fin de que reciban el Sacerdocio de Melquisedec y sean ordenados élderes. Juntos, y con la ayuda de Dios, podremos hacerlo”. Y lo hicieron.

Nuestra juventud necesita menos criticas y más ejemplos para seguir. Ustedes, asesores de los quórumes del Sacerdocio Aarónico, son maestros y ejemplos para los jóvenes. ¿Conocen el Evangelio? ¿Han preparado la lección? ¿Conocen a cada joven y determinan, con la ayuda de la oración, de que manera pueden llegar a su mente y a su corazón, y de ese modo ejercer una influencia en sus posibilidades futuras?

Recuerden, no es suficiente el suponer que cuando ustedes enseñan el joven esta escuchando lo que dicen. Permítanme ilustrarlo:

En lo que llamamos la Sala de Conferencias Oeste del Edificio de Administración de la Iglesia se halla un precioso cuadro pintado por el artista Harry Anderson. La obra representa a Jesús sentado en un pequeño muro de piedra con numerosos niños a su alrededor que saben que son el objeto de Su amor. Cada vez que contemplo el cuadro, pienso en el pasaje de las Escrituras que dice: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” 2 .

En una ocasión, había dado una bendición del sacerdocio en esa habitación a un pequeño que pronto pasaría por una intervención quirúrgica seria. Les referí a él y a sus padres la pintura de Jesús y los niños; luego exprese unos comentarios concernientes al Salvador y Su inextinguible amor. Pregunte al niño si tenía alguna pregunta. “Si”, dijo seriamente. “Hermano Monson, ¿cómo puede un niño conseguir una cabra y una correa como las que están en el cuadro?”.

Por un momento me sorprendió la inesperada pregunta, un poco preocupado por mi habilidad de enseñar, pero después respondí: “Jesús nos da a ti y a mis dones más importantes que una cabra y una correa; nos provee de un mapa a seguir para llegar al cielo. Sus enseñanzas, Su ejemplo y Su amor son dones mucho mas grandes que los que se ofrecen en el mundo”.

“Ven, sígueme” 3 , invitó Él. ¡Y somos sabios cuando le seguimos!

Hagamos que todo hombre joven que posee el Sacerdocio Aarónico aprenda y viva las enseñanzas del Salvador y se prepare para recibir el Sacerdocio de Melquisedec.

Quisiera compartir con ustedes, hermanos, la experiencia personal que tuve cuando era presidente del quórum de maestros. El miembro del obispado que tenía la responsabilidad sobre nosotros invitó a la nueva presidencia y al secretario a su casa para una capacitación de liderazgo; quería nuestras ideas con respecto a cómo llevar a cabo las nuevas tareas que se nos habían dado. Nosotros aceptamos con la condición de que pidiera a su esposa Nettie que nos sirviera un pastel de carne por el que ella era famosa, y él estuvo de acuerdo. Hermanos, ¿no les asombra cómo los hombres comprometemos a nuestra esposa a hacer cosas, muchas veces sin avisarle? La reunión fue una de las mejores a las que he asistido. Se nos enseñó acorde con nuestro nivel de comprensión y se nos inspiró a velar por los miembros de nuestro quórum.

Luego de un delicioso pastel de carne con salsa, pedimos al consejero del obispo y a su esposa que jugaran con nosotros al Monopoly. Estoy seguro que tenían otras cosas que hacer; sin embargo, aceptaron sin problemas nuestra petición.

No recuerdo quien ganó el juego, pero nunca olvide las lecciones que aprendí esa noche con respecto al gobierno de la Iglesia y a la administración de un quórum del sacerdocio.

Durante el fervor de los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, Fritz, miembro de nuestro quórum de maestros, quería defender nuestro país, pero no quiso esperar hasta tener la edad mínima requerida para el servicio; así, mintió en cuanto a su edad y se enlistó en la Marina de los Estados Unidos. Pronto se encontró muy lejos, en medio de las batallas del Océano Pacifico. Finalmente, el barco donde servia fue hundido y muchas vidas se perdieron. Fritz sobrevivió y más tarde apareció en nuestra reunión del quórum con su uniforme completo y con sus galardones de combate. Recuerdo haberle preguntado: “¿Tienes algún consejo para nosotros?”, pues todos estábamos a punto de ser llamados al servicio militar obligatorio.

Fritz reflexionó por un momento y luego dijo: “¡Nunca mientan en cuanto a su edad ni en cuanto a nada!”. Todavía recuerdo esa respuesta de una sola frase.

Los Hombres Jóvenes de 12 a 17 años se hallan en una época de preparación y de crecimiento espiritual; en consecuencia, la finalidad de los objetivos del Sacerdocio Aarónico es ayudar a cada persona ordenada a hacer lo siguiente:
1.Convertirse al Evangelio de Jesucristo y vivir de acuerdo con sus enseñanzas;
2.Magnificar los llamamientos del sacerdocio y cumplir con las responsabilidades de su oficio en el sacerdocio;
3.Prestar verdadero servicio;
4.Prepararse para recibir el Sacerdocio de Melquisedec y las ordenanzas del templo;
5.Comprometerse, prepararse y servir una misión regular honorable;
6.Prepararse para ser un digno esposo y padre 4

En todo el mundo existe una gran fuerza misional que anda haciendo el bien, como lo hizo el Salvador. Los misioneros enseñan la verdad; disipan la obscuridad; esparcen gozo y traen almas preciosas a Cristo.

En ese día especial en que se recibe el llamamiento misional, padres, hermanos, hermanas y abuelos se reúnen alrededor del futuro misionero y perciben su nerviosismo cuando abre cuidadosamente la carta del llamamiento. Hay una pausa y luego el anuncio del lugar donde el Profeta de Señor lo ha asignado a servir. Los sentimientos se desbordan, las lágrimas se derraman con facilidad, y la familia se regocija en el vínculo de amor y en la bondad de Dios.

Los misioneros regulares y todos aquellos que se embarcan en la obra del Señor han respondido a Su llamado. Estamos en Su obra. Tendremos éxito en el solemne mandato de Mormón de declarar la palabra del Señor entre el pueblo. Mormón escribió: “He aquí, soy discípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido llamado por él para declarar su palabra entre los de su pueblo, a fin de que alcancen la vida eterna” 5 .

En 1926, el presidente Fred Tadje, presidente de la Misión Alemania-Austria, convocó una conferencia de misión a realizarse en Dresden, Alemania, en el mes de agosto. Los misioneros tenían que caminar a dicha conferencia desde sus lugares de trabajo, básicamente “sin bolsa ni alforja”, aunque si tenían que llevar un poco de dinero para que no los arrestaran por vagabundos.

El élder Alfred Lippold y su compañero, el élder Parker Thomas, tomaron la ruta norte. En alguna parte de su recorrido, los dos se detuvieron en una casa donde conocieron a una mujer y a sus ocho hijos. Ella dijo a los élderes que su marido los había abandonado y que no tenían dinero. Después de hacerlos pasar, la mujer dijo “Si ustedes viajan sin bolsa ni alforja, seguramente tienen hambre. Siéntense”. Entonces dio a cada uno una gran rodaja de pan con mermelada de ciruelas; los misioneros bendijeron el desayuno, y al bendecir los alimentos, pidieron al Señor que diera a la mujer lo que necesitara.

Después los misioneros partieron, pero tras haber caminado mas o menos un kilómetro, el élder Thomas dijo: “Tengo que volver”, hecho que procedió a hacer sin explicación.

Cuando el élder Thomas regresó, el élder Lippold le preguntó: “¿Por que volvió allá?”.

El élder Thomas explicó: “En nuestra oración pedimos que se diera a la mujer lo que necesitara. Yo tenía lo que necesitaba: un billete de 20 dólares. Estaba en mi bolsillo y regrese para dárselo; de otra manera, me hubiera quemado el bolsillo.

Hace treinta años, yo tenía la responsabilidad de supervisar gran parte de la obra el Pacifico Sur. Se llamó al hermano J. Vernon Monson, junto con su esposa, para viajar a la lejana Rarotonga, en las Islas Cook, a fin de servir como presidente de distrito.

Tiempo después me informó por carta “Estamos muy agradecidos por el progreso realizado y me gustaría mencionar especialmente la buena voluntad y las maravillosas relaciones que se han establecido con los representantes del gobierno y de la comunidad empresarial hacia nosotros y la Iglesia.

“Dicha aceptación publica es el resultado de una cosa”, escribió: “el haber tenido entre nosotros a nuestros sobrinos, el Dr. Odeen Manning y su esposa, quienes brindaron un servicio sobresaliente aquí en las Islas Cook. El Dr. Manning es oftalmólogo y le escribí para presentarle una propuesta de servicio a la gente de Rarotonga. Mi propuesta incluía lo siguiente: (1) No habría remuneración; (2) él tendría que sufragar sus propios gastos; (3) tendría que pasar su clientela a otros profesionales durante los tres meses que se ausentara; (4) les daríamos comida y alojamiento en Rarotonga, y (5) tendría que traer sus instrumentos quirúrgicos, puesto que en Rarotonga no se contaba con ellos”.

La carta del hermano Vernon Monson continua: “Los Manning enviaron por correo aéreo su respuesta de dos palabras: ‘Propuesta aceptada’. Al comenzar los preparativos, el gobierno de las Islas Cook asignó a médicos competentes para que asistieran al Dr. Manning y para que aprendieran de él. En total, se examinó a 284 pacientes, de los cuales, la mayoría necesitaba anteojos; además, cincuenta y tres de esos pacientes se sometieron a cirugías de la vista, como es el caso de cataratas.

“El programa de tres meses de duración fue maravilloso y enternecedor; fuimos tremendamente bendecidos. Se ha fortalecido a los santos, pues renovaron su orgullo por ser miembros de la fe que trajo servicios médicos a estas islas”. Allí terminó la carta.

Años mas tarde, mi esposa y yo fuimos invitados a un crucero auspiciado por la Universidad Brigham Young para visitar la Tierra Santa. Una tarde, mientras nos encontrábamos sentados en la cubierta, el hombre sentado a mi lado me dijo: “Elder Monson, me llamo Odeen Manning; soy de Woodland Hills, California. Soy oftalmólogo de profesión y serví en una breve misión médica en Rarotonga cuando mis tíos prestaban servicio allí”.

Le mencione que sabía de su sacrificio y servicio y le pregunté: “Al reflexionar en esa experiencia, ¿le gustaría contarme algunos de los sentimientos que tuvo al respecto?”.

Respondió con emoción, diciendo: “Fue la experiencia espiritual más gratificante de mi vida”.

Creo que fue mucho más que una coincidencia el hecho de que mi esposa y yo estuviéramos en ese crucero, en ese momento en particular, y en esa parte de la cubierta, sentados al lado de un hombre al que nunca habíamos conocido. El cielo estaba muy cerca cuando el Dr. Manning y yo nos abrazamos y le exprese gratitud por su servicio no sólo a los ciegos que ahora podían ver, sino también al Señor y Salvador, que declaró: “… grandes son las promesas de Señor para los que se hallan en las islas del mar” 6

De Aquel que nos libró a cada uno de la muerte sin fin, sí, de Jesucristo, testifico que es un maestro de verdad, pero es mas que un maestro; es el Ejemplo de la vida perfecta, pero es mas que un ejemplo; es el Gran Médico, pero es mas que un médico: Aquel que rescató al batallón perdido de la humanidad es literalmente el Salvador del mundo, el Hijo de Dios, el Príncipe de paz, el Santo de Israel, sí, el Señor resucitado, quien declaró: “Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre” 7 .

  • aprenda de Él;

  • crea en El,

  • confíe en Él;

  • le siga a Él;

  • lo obedezca a Él.

Si lo hacemos, podremos llegar a ser como Él. De esta verdad doy testimonio solemne, en el nombre de Jesucristo. Amen.

Conferencia General, Octubre 1998

Referencias

1.“Dios manda a profetas”, Himnos, N” 11. Letra de Joseph S. Murdock, 1 822-1 899,
2.Marcos 10:14.
3.Lucas 18:22.
4.Véase Manual para líderes del Sacerdocio Aarónico, 1991, pág. 6.
5.3 Nefi 5:13.
6.2 Nefi 10:21.
7.Doctrina y Convenios 110:4.

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